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viernes, 22 de junio de 2012

Redescubrir la Fiesta



Lectura del santo Evangelio según san Lucas (Lc 1,57-66.80)

Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella. A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: “No. Su nombre será Juan”. Ellos le decían: Pero si ninguno de tus parientes se llama así”.

Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.

Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿Qué va a ser de este niño?” Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.

El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel.


La festividad de San Juan representa el pórtico de las fiestas que a lo largo del verano se irán celebrando en nuestros pueblos. Pero, ¿qué es «hacer fiesta»? ¿qué es lo que diferencia al día de fiesta de un día ordinario? «¿Por qué unos días son mayores que otros si todo el año la luz nos viene del sol?», se pregunta el libro del Eclesiástico.

Son bastantes los que piensan que el hombre actual está perdiendo la capacidad de «celebrar fiestas». Algunos llegan a hablar de una «civilización sin fiestas». Cuando «la actividad desnuda», el trabajo y la eficacia marcan el sistema de una sociedad y nuestra vida entera, la fiesta queda como vacía de su contenido más hondo.

La fiesta se convierte entonces en día «no laborable», día de vacación. Un tiempo en el que, paradójicamente, hay que «trabajar» y esforzarse por conseguir una alegría que de ordinario no hay en nuestra vida. Entonces la fiesta deja su lugar al espectáculo, el turismo, la huida de los viajes o la ebriedad de «las salas de fiesta».

Pero la fiesta es mucho más que una «suspensión del trabajo» o una distensión física. El hombre es mucho más que un «animal laborable» o una máquina que necesita recuperación. Necesitamos algo más que unas vacaciones que nos distraigan y nos hagan olvidar las preocupaciones que tienen habitualmente nuestros días de trabajo. Algo que no puede lograr «la industria del tiempo libre» por muchas fórmulas que invente para llenar o, como se dice expresivamente, para «matar el tiempo».

Lo importante es «vivir en fiesta» por dentro. Saber celebrar la vida. Abrirnos al regalo del Creador. Despertar lo mejor que hay en nosotros y que queda oscurecido por el olvido, la superficialidad, la actividad y el ritmo agitado de cada día. Vivir con el corazón abierto a ese Padre que da sentido y valor definitivo a nuestro vivir diario. Sentirnos hermanos de los hombres y amigos de la creación entera. Dejar hablar a nuestro Dios y gustar su presencia cariñosa en nuestra existencia.

Entonces la fiesta se carga de un significado auténtico, se tiñe de una alegría que nada tiene que ver con el goce del trabajo eficaz y bien realizado, nos regenera y nos redime del hastío y el desgaste diario. Quien no lo haya descubierto seguirá confundiendo lamentablemente las vacaciones con la fiesta, sencillamente porque es incapaz de «vivir en fiesta».

¿A quién seguimos?
Los evangelios presentan un fuerte contraste entre la actuación de Juan y la de Jesús. La preocupación suprema de Juan es el pecado que está corrompiendo al pueblo entero; por eso se sale de la tierra prometida y marcha al desierto para predicar desde allí la conversión a Dios. Para Jesús, por el contrario, la primera preocupación es el sufrimiento de quienes son víctimas de esas injusticias y pecados; por eso deja el desierto y va visitando las aldeas de Galilea anunciando la Buena Noticia de un Dios que quiere una vida más humana.

La tarea de Juan es clara: denunciar los pecados, llamar a los pecadores a penitencia y ofrecer un bautismo de conversión y perdón; por eso lo llaman «Bautista», el bautizador. El quehacer de Jesús es diferente: cura a los enfermos, acoge a los pecadores y ofrece la salud y el perdón gratuito de Dios sin necesidad de bautizarse en el Jordán; por eso, lo llaman curador y amigo de pecadores.

El lenguaje del Bautista es duro y da miedo; habla de la «ira» de Dios que llega como un leñador blandiendo su hacha para cortar de raíz los árboles estériles; el pueblo ha de vivir preparándose para la llegada del juicio inminente de este Dios. Jesús, por el contrario, narra parábolas que jamás se le hubieran ocurrido al Bautista; el que llega es un Padre bueno y cercano, compasivo y perdonador. Su palabra despierta confianza y alegría. El pueblo lo ha de acoger ahora mismo creando una convivencia más justa, fraterna y compasiva.

El Bautista no hace gestos de bondad. No se compadece ante el sufrimiento: no se acerca a curar a los enfermos. No ve la marginación de los más desgraciados: no toca a los leprosos ni libera a los endemoniados. No se fija en los débiles: no abraza a los niños de la calle. No come con pecadores: vive encerrado en su vida solitaria del desierto. Jesús, por el contrario, se dedica a curar, liberar del mal, acoger, bendecir, perdonar. Lo suyo es introducir en la vida salud, perdón, paz, amistad, fraternidad.

¿De quién somos nosotros? ¿Seguimos al Bautista o a Jesús? ¿Somos «bautistas» o «cristianos»? ¿Nos hemos quedado en el precursor o vivimos acogiendo a Jesucristo?

viernes, 14 de enero de 2011

Un Cordero de mansedumbre y fortaleza

Comentario al Evangelio del próximo domingo, segundo del tiempo ordinario (Juan 1, 29-34) 
" Al día siguiente Juan vio acercarse a Jesús y dijo:
-Ahí está el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. De él yo dije: Detrás de mí viene un hombre que es más importante que yo, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero vine a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel.
Juan dio este testimonio:
-Contemplé al Espíritu, que bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él. Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar me había dicho: Aquél sobre el que veas bajar y posarse el Espíritu es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Yo lo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios."
        Retomamos el tiempo ordinario y volvemos a la trayectoria de Jesús en su vida pública que a lo largo del año litúrgico se nos propondrá. La primera escena tiene lugar a orillas del Jordán, continuando lo que vimos el domingo pasado en el Bautismo de Jesús. Juan, el precursor del Maestro, utiliza una expresión muy querida para cualquier hebreo religioso: «Al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).
         Los ojos del evangelista que relata este momento quedarán prendados, como quien encuentra finalmente a Aquél que esperaba. De hecho, tanto Juan como Andrés seguirán a ese Cordero, y preguntándole dónde vivía se quedarían con Él aquel día y para siempre. Era el encuentro que sigilará todas sus búsquedas y  que dará cumplimiento a todas sus esperas. Por ello, con una extraña anotación cargada de fidelidad, anotará muchos años después cuando escriba su evan­gelio, que este encuentro tan decisivo sucedió a las cuatro de la tarde (Jn 1,37-39). Como siempre sucede con todo verdadero amor, hace memoria emocionada del primer instante de una historia que permanece y que ha marcado el resto de la existencia.

         El Evangelio de Juan, desarrollará este momento inicial a través de los diferentes encuentros entre el Cordero Jesús y las personas que se cruzarán en su camino. Todos ellos recibirán la liberación de su des-gracia sea cual sea su nombre (oscuridad, sed, enfermedad, confusión... pecado), con tal que la confiesen, con tal que no la maquillen ni la disfracen, y reconozcan en Jesús a quien trae la Gracia eficaz para todas sus des-gracias impotentes. Por esta razón, en aquel momento no estaban los que des­pués a lo largo del Evangelio de Juan van a aparecer como los difidentes de Jesús, los prejuiciosos de sus signos y palabras, los enemigos de su vida.

           Hay una llamada a reconocernos ante el Cordero que quita los pecados, que nos señala y nos denuncia los pecados de nuestra época y los traspiés de nuestra genera­ción: la mentira, la injusticia, el hedonismo en todas sus formas, el egoísmo disfrazado de cultura de bienestar, las corrupciones oficiales y oficiosas, la matanza de la belleza y de la vida... Y todo esto no para apabullarnos y hacernos pesimistas o reaccionarios, sino para señalarnos y anunciarnos que hay otro modo de vivir y convivir, otra ma­nera de hacer un mundo habitable, otro camino para responder a nuestras preguntas de felicidad: el que nace del reconocimiento de este Cordero y de la adhesión a su vida y su palabra. Este es el Cordero, el que quita nuestros pecados. Por eso hay esperanza.

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo

viernes, 7 de enero de 2011

Como el último, saber vivir desde Otro

Comentario al Evangelio del próximo domingo, Bautismo del Señor (Mateo 3, 13-17)

La fiesta de la Epifanía, es la fiesta de la manifestación de Jesús ante aquellos sabios de Oriente que siguiendo la estrella vinieron a adorarle. El domingo siguiente a la Epifanía celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, que es como una segunda manifestación de aquel Niño encarnado en nuestra historia, de aquella Palabra acampada en nuestros mutismos. Han pasado casi treinta años de escondimiento desapercibido en Nazaret como uno de tantos. El bautismo de Jesús concluye esa fase del Señor en la que se asemejó completamente a nosotros.


Jesús no es un enviado de Dios que acorrala, un mensajero que se ensaña con los indignos de la luz y de la gracia del Padre, sino alguien que viene a restablecer el latir de los corazones acabados. Y para ello, se pondrá el último de la fila como uno de tantos, fingiendo amorosamente una necesidad que no tenía, abrazando extremosamente un pecado que no le pertenecía. Era el abrazo a una humanidad concreta, buscadora de una felicidad que no conseguía encontrar, la humanidad frágil y pecadora por la que Él vino, a la que amó hasta el extremo, por la que dará su propia vida.

Este Jesús manifestado así humildemente, es reconocido en el escenario del Jordán por Juan el Bautista. Era un escenario doliente de tantos dramas, junto a unas aguas bañadas por lágrimas de arrepentimiento y deseo de perdón. Allí estaba Él, el justo, el santo, Dios mismo en Él manifestado.

Así, sin concesiones ni componendas, un Jesús que nació como nació en Belén, que vivió como vivió en Nazaret, quiere ahora seguir su itinerario y su misión desde la única razón de toda su existencia: hacer la voluntad de Dios, vivir desde Otro, sin fraude ni traición. No lo que le apetece, lo que señalan los sondeos al uso, o lo que dictan las conveniencias políticas... sino lo que quiere Dios, lo que el Otro, el Padre, ha diseñado como designio de amor y de salvación.

Nuestra postura ante tantas cosas debe beber y debe vivir en la que hemos aprendido de Jesús: dejar que nuestra vida sea vivida desde Otro, realizando el diseño y el designio de ese Otro, del Padre Dios, para que como Jesús también seamos hijos, y amados y predilectos, y para que el Espíritu se pose en nosotros y nosotros a nuestra vez podamos re-crear tantas cosas.

No es nuestra obra, sino la del Espíritu en nosotros, que posándose en nuestra vida como aquel día junto al Jordán, hace nuevas todas las cosas al hacernos hijos, amados y predilectos de Dios.

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

miércoles, 5 de enero de 2011

Eres Mi Hijo Amado

Mt 3, 13-17:

"Entonces fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Juan se resistía diciendo: 
-Soy yo quien necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?
Jesús le respondió:
-Ahora haz lo que te digo pues de este modo conviene que realicemos la justicia plena.
Ante esto Juan aceptó.
Después de ser bautizado, Jesús salió del agua y en ese momento se abrió el cielo y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre él; se oyó una voz del cielo que decía:
-Este es mi Hijo querido, mi predilecto."

Este domingo 9 de enero celebramos el bautismo del Señor, su unción en las aguas del Jordán. Y celebramos también nuestra unción santa, en la que el Espíritu Santo transforma a cada bautizado en “Otro Cristo”.
Este relato comienza con la resistencia que Juan muestra en bautizar a Jesús. Pero Jesús lo convence diciéndole: Bautízame, porque es necesario que cumplamos toda justicia. Y es que Jesús no quiere dejar de hacer todo aquello que lo sumerja en lo más profundo de la vida de la gente. Así como tampoco rehusará afrontar las dificultades, incluso la muerte.
El evangelista Mateo resalta tres aspectos del bautismo de Jesús: la convicción de Jesús de hacerse cercano a toda realidad humana, la apertura del Espíritu y la ternura de Dios por el Hijo.
Jesús quiere ser y vivir como gente, quiere ser hijo de aquí abajo, de la tierra. Dios Padre dirá: Éste es el Hijo que yo quiero. Porque Dios quiere a Jesús y nos quiere también a nosotros como gente, como personas que nos hacemos muy humanas y muy hermanos de todos, en especial de quien ha perdido la humanidad, su dignidad.
A partir del Bautismo, el Espíritu se convirtió en el principio de apertura al Padre por la vida filial (de hijos). Desde entonces, contamos con su Espíritu para que sea nuestra compañía, para que la soledad nunca nos invada y para que seamos capaces de hacer de este mundo la obra más hermosa de Dios.
En el Bautismo de Jesús se abrieron los cielos y una vez abiertos no se cerrarán jamás. Ya no hay más distancia entre Dios y nosotros. Esta apertura del cielo expresa la ternura de Dios, por eso la imagen del Espíritu que desciende en forma de paloma. Un signo que desde el Antiguo Testamento viene representando el amor cálido, limpio e inquebrantable de Dios (Cant. 5,2).
Sentir la ternura de Dios, abrirnos al Espíritu y hacernos cercanos a toda realidad humana y transformarla, son el destino del bautizado. Porque la gracia del bautismo se concreta en que todos alcancemos la más alta dignidad, la de hijo de Dios, en que aprendamos a vivir en la más plena libertad, liberados por Cristo de toda atadura y en la que vivamos en la más estrecha relación de solidaridad con los demás hombres y mujeres por el amor fraterno.
Todo esto se realiza cuando experimentemos el conocimiento y amistad interna con Cristo, cuya imitación y seguimiento constituye la fuente inagotable de toda superación personal y colectiva.
Gustavo Albarrán S.J.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Dichoso Tú Por Fiarte de Dios


(Mateo 11, 2-11)

Esta 3ª semana de Adviento nos coloca ante la actitud fundamental del testigo de Dios: vivir fiado en Jesús. Por eso nos propone la vida del Bautista, para que nos preguntemos sinceramente: ¿Cuál es mi nivel de apuesta por el Reino de Dios?
Juan Bautista está preso y ha oído hablar de las obras que realiza Jesús. El Bautista ha vivido haciendo presente el futuro de Dios: el cumplimiento de la justicia divina. Por eso manda preguntar a Jesús: ¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro? O en otras palabras: ¿Eres tú quién va a practicar definitivamente el juicio de Dios? Juan esperaba el juicio de Dios, tal como lo anunciaba la antigua profecía. Pero la misión de Jesús va más allá de esta justicia. Su misión se centra en la misericordia de Dios.
Jesús dirá: vayan y cuenten a Juan lo que ustedes están viendo: los ciegos ven, los cojos andan, los enfermos quedan curados, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Vayan, pues, y díganle que Dios no lo ha defraudado. Díganle que no sólo se hace realidad la justicia, sino que Dios en persona está aquí para hacer posible la vida.
Juan Bautista tuvo que haberse llenado de alegría por lo que estaba haciendo Jesús. La alegría de quien se ha fiado de Dios y ha procedido conforme a esta confianza. Pero contrasta esta alegría del Bautista con su realidad de prisionero expuesto a una muerte inminente. Una situación que lo hace estar “suspendido entre la angustia de la muerte y la esperanza de una plenitud anticipada”.
Si Juan Bautista se dedicó como mensajero de Dios a preparar el camino para la venida de Jesús, a nosotros nos toca, no la misión del Bautista, sino, continuar lo que inauguró Jesús. Es decir, lograr que en esta tierra se termine todo tipo de ceguera, sordera, parálisis, enfermedad, que desaparezca toda exclusión y marginación, y que se termine la pobreza que mata.
A esta apuesta responde la bienaventuranza dicha por Jesús: dichoso quien no se sienta defraudado por Mí. Dichoso quien no sienta que ha apostado en el vacío. Porque comprende que con Jesús ha comenzado aquí y ahora, el perdón, la misericordia y la liberación para los prisioneros de cualquier cárcel o prisioneros de sí mismos. Dichoso tú, si comienzas a vivir y practicar la Buena Nueva de Dios. 
Gustavo Albarrán, S.J.

viernes, 10 de diciembre de 2010

A - Tercer domingo de Adviento





                                      
A - Tercer domingo de Adviento Primera: Is 35, 1-6.8.10; Salmo 146; Segunda: Sant 5, 7-10; Evangelio: Mt 11, 2-11:  

Juan oyó hablar en la cárcel de la actividad del Mesías y le envió este mensaje por medio de sus discípulos:
-¿Eres tú el que había de venir o tenemos que esperar a otro?
Jesús les respondió:
-Vayan a contar a Juan lo que ustedes ven y oyen: los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben la Buena Noticia; y, ¡feliz es que no tropieza por mi causa!
Cuando se fueron, se puso Jesús a hablar de Juan a la multitud:
-¿Qué salieron a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿Qué salieron a ver? ¿Un hombre elegantemente vestido? Miren, los que visten elegantemente habitan en los palacios reales. Entonces, ¿Qué salieron a ver? ¿Un profeta? Les digo que sí, y más que profeta.
A éste se refiere lo que está escrito: 
Mira, yo envío por delante a mi mensajero para que te prepare el camino.
Les aseguro, de los nacidos de mujer no ha surgido aún alguien mayor que Juan el Bautista. Y sin embargo, el último en el reino de los cielos es mayor que él.

Nexo entre las lecturas

La liturgia del tercer domingo de Adviento subraya de modo particular la alegría por la llegada de la época mesiánica. Se trata de una cordial y sentida invitación para que nadie desespere de su situación, por difícil que ésta sea, dado que la salvación se ha hecho presente en Cristo Jesús. El profeta Isaías, en un bello poema, nos ofrece la bíblica imagen del desierto que florece y del pueblo que canta y salta de júbilo al contemplar la Gloria del Señor. Esta alegría se comunica especialmente al que padece tribulación y está a punto de abandonarse a la desesperanza. El salmo 145 canta la fidelidad del Señor a sus promesas y su cuidado por todos aquellos que sufren. Santiago, constatando que la llegada del Señor está ya muy cerca, invita a todos a tener paciencia: así como el labrador espera la lluvia, el alma espera al Señor que no tardará. El Evangelio, finalmente, pone de relieve la paciencia de Juan el Bautista quien en las oscuridades de la prisión es invitado por Jesús a permanecer fiel a su misión hasta el fin.

Mensaje doctrinal
1. El mensaje del desierto. Cuando el Antiguo Testamento veía el desierto como lugar geográfico, lo consideraba como la tierra que "Dios no ha bendecido", lugar, de tentación, de aridez, de desolación. Esta concepción cambió cuando Yahveh hizo pasar a su pueblo por el desierto antes de introducirlo en la tierra prometida. A partir de entonces, el desierto evoca, sobre todo, una etapa decisiva de la historia de la salvación: el nacimiento y la constitución del pueblo de Dios. 

El desierto se convierte en el lugar del "tránsito", del Éxodo, el lugar que se debe pasar cuando uno sale de la esclavitud de Egipto y se dirige a la tierra prometida. El camino del desierto no es, en sentido estricto, el camino más corto entre el punto de salida y el punto de llegada. Lo importante, sin embargo, es comprender que ése es el camino de salvación que Dios elige expresamente para su pueblo: en el desierto Yahveh lo purifica, le da la ley, le ofrece innumerables pruebas de su amor y fidelidad. El desierto se convierte, según el Deuteronomio (Dt 8,2ss 15-18), en el tiempo maravilloso de la solicitud paterna de Dios. 

Cuando el profeta Isaías habla del desierto florido expresa esta convicción: Dios siempre cuida de su pueblo y, en las pruebas de este lugar desolado, lo alimenta con el maná que baja del cielo y con el agua que brota de la roca, lo conforta con su presencia y compañía hasta tal punto que el desierto empieza a florecer. En nuestra vida hay momentos de desierto, momentos de desolación, de prueba de Dios, en ellos, más que nunca, el Señor nos repite por boca del profeta Isaías: fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón, sed fuertes, no temáis. Mirad que vuestro Dios viene en persona.

2. Sed fuertes, no temáis. Parece ser ésta la principal recomendación de toda la liturgia. Sed fuertes, que las manos débiles no decaigan, que las rodillas vacilantes no cedan, que el que espera en la cárcel (Juan Bautista) persevere pacientemente en su testimonio: Dios en persona viene, Dios es nuestra salvación y ya está aquí. Es preciso ir al corazón de Juan Bautista para comprender la tentación de la incertidumbre; Juan era un hombre íntegro de una sola pieza; un hombre que nada anteponía al amor de Cristo y a su misión como precursor; un hombre ascético, sin respetos humanos y preocupado únicamente de la Gloria de Dios. 

Pues bien, Juan experimenta la terrible tentación de haber corrido en vano, de sentir que las características mesiánicas de Jesús no correspondían a lo que él esperaba. Experiencia tremenda que sacude los cimientos más sólidos de aquella inconmovible personalidad. Con toda humildad manda una legación para preguntar al Señor: ¿Eres realmente Tú el que ha de venir? La respuesta de Jesús nos reconduce a la primera lectura. 

Los signos mesiánicos están por doquier: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen y a los pobres se les anuncia la buena noticia. Juan entiende bien la respuesta: ¡es Él y no hay que esperar a otro! ¡Es Él! ¡El que anunciaban las profecías del Antiguo Testamento! ¡Es Él y, por lo tanto, debe seguir dando testimonio hasta la efusión de su sangre! ¡Y Juan Bautista es fiel! ¡Qué hermoso contemplar a este precursor en la tentación, en el momento de la prueba, en el momento de la lucha y de la victoria!

3. El Señor viene en persona. Éste es el motivo de la alegría, éste es el motivo de la fortaleza. Es Dios mismo quien viene a rescatar a su pueblo. Es Dios mismo quien se hace presente en el desierto y lo hace florecer. Es Dios mismo quien nace en una pequeña gruta de Belén para salvar a los hombres. Es Dios mismo quien desciende y cumple todas las esperanzas mesiánicas. Admirable intercambio: Dios toma nuestra humana naturaleza y nos da la participación en la naturaleza divina.

Sugerencias pastorales
1. La alegría debe ser un distintivo del cristiano. La alegría cristiana nace de la profunda convicción de que en Cristo, el Señor, el pecado y la muerte han sido derrotados. Por eso, al ver que El Salvador está ya muy cerca y que el nacimiento de Jesús es ya inminente, el pueblo cristiano se regocija y no oculta su alegría. Nos encaminamos a la Navidad y lo hacemos con un corazón lleno de gozo. 

Sería excelente que nosotros recuperáramos la verdadera alegría de la Navidad. La alegría de saber que el niño Jesús, Dios mismo, está allí por nuestra salvación y que no hay, por muy grave que sea, causa para la desesperación. De esta alegría del corazón nace todo lo demás. De aquí nace la alegría de nuestros hogares. De aquí nacen la ilusión y el entusiasmo que ponemos en la preparación del nacimiento, el gozo de los cantos natalicios tan llenos de poesía y de encanto infantil. Es justo que estemos alegres cuando Dios está tan cerca. 

Pero es necesario que nuestra alegría sea verdadera, sea profunda, sea sincera. No son los regalos externos, no es el ruido ni la vacación lo que nos da la verdadera alegría, sino la amistad con Dios. ¡Que esta semana sea de una preparación espiritual, de un gozo del corazón, de una alegría interior al saber que Dios, que es amor, ha venido para redimirnos! Esta preparación espiritual consistirá, sobre todo, en purificar nuestro corazón de todo pecado, en acercarnos al sacramento de la Penitencia para pedir la misericordia de Dios, para reconocer humildemente nuestros fallos y resurgir a una vida llena del amor de Dios

2. Salimos al encuentro de Jesús que ya llega con nuestras buenas obras. Esta recomendación que escuchamos ya el primer domingo de adviento se repite en este domingo de gozo. Hay que salir al encuentro con las buenas obras, sobre todo con caridad alegre y del servicio atento a los demás. En algunos lugares existe la tradición de hacer un calendario de adviento. Cada día se ofrece un pequeño sacrificio al niño Jesús: ser especialmente obediente a los propios padres, dar limosna a un pobre, hacer un acto de servicio a los parientes o a los vecinos, renunciar a sí mismo al no tomar un caramelo, etc. 

En otros lugares se prepara en casa, según la costumbre iniciada por San Francisco de Asís, el "tradicional nacimiento". A los Reyes Magos se les coloca a una cierta distancia, más bien lejana, de la cueva de Belén. Cada buena obra o buen comportamiento de los niños hace adelantar un poco al Rey en su camino hacia Jesús. Métodos sencillos, pero de un profundo valor pedagógico y catequético para los niños en el hogar. Pero no conviene olvidar que la mejor manera de salir al encuentro de Jesús es el amor y la caridad: el amor en casa entre los esposos y con los hijos; el amor y la caridad con los pobres y los necesitados, con los ancianos y los olvidados. 

Hay que formar un corazón sensible a las necesidades y sufrimientos de nuestro prójimo. Es esto lo que hará florecer el desierto. Es esto lo que hará que nuestras rodillas no vacilen en medio de las dificultades de la vida. Nada mejor para superar los propios sufrimientos que salir al encuentro del sufrimiento ajeno.

3. La venida de Jesús es una invitación a tomar parte en el misterio de la redención de los hombres. El cristiano no es un espectador del mundo, él participa de las alegrías y gozos así como de las penas y sufrimientos de los hombres. "El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo, y nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón"(Gaudium et spes 1). 

El cristiano es por vocación, así como lo era Juan Bautista, uno que prepara el camino de Cristo en las almas. Debe participar en la vida y en la misión de la Iglesia. Debe sentir la dulce responsabilidad de hacer el bien, de predicar a Cristo, de conducir las almas a Cristo. Si alguno dice que no tiene tiempo para hacer apostolado es como si dijese que no tiene tiempo para ser cristiano, porque el mensaje y la misión están en la entraña misma de la condición cristiana. Nos conviene recuperar ese celo apostólico, nos conviene fortalecer las manos débiles, las rodillas vacilantes y dar nuevamente al cristianismo ese empuje y vitalidad que tenían las primeras comunidades cristianas. 

Veamos cómo los primeros discípulos de Cristo rápidamente se convertían en evangelizadores, llamaban a otros al conocimiento y al amor de Jesús. Veamos que el mundo espera la manifestación de los Hijos de Dios (Cfr. Rom 8,19). Espera nuestra manifestación, espera que cada uno de nosotros, desde su propio puesto, haga todo lo que pueda para preparar la venida del Señor. "¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el que hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de agudizar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos en sus instrumentos... 

El Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: "Id pues y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19). El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy a partir animados por la esperanza "que no defrauda" (Rm 5,5), (Novo Millennio Ineunte 58).

Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net 

viernes, 3 de diciembre de 2010

Arrepiéntete Porque El Reino de Dios está Cerca (Mateo 3, 1-12)

Para este segundo domingo de adviento, la liturgia nos invita directa y expresamente a la conversión como condición indispensable para recibir la venida de Dios. La convocatoria es clara: arrepiéntanse, porque el Reino de los cielos está cerca.
A partir del desierto, Juan Bautista no cesa de invitar a preparar el camino al Señor, para que así pueda experimentarse la salvación. Es una propuesta muy audaz. Pero para ello hace falta demostrar con obras que hay un cambio auténtico, revirtiendo los escollos donde se hace caer a las personas, y lograr que la gente pueda caminar sin tropiezos, sin zancadillas ni estorbos que arruinen el esfuerzo humano por salir adelante, especialmente el esfuerzo del pequeño, del frágil, el pobre.
En este evangelio (Mt. 3,1-12) se resalta la figura sencilla y franca del Bautista, en contraste con la figura de personajes importantes como los fariseos y los saduceos, quienes han tenido en sus manos las posibilidades de hacer grandes cosas en beneficio de los demás, y sin embargo se han dedicado a cansar a la gente, a explotarla, incluso a burlarla. No están dispuestos a preparar ningún camino. Su actuación ahoga toda esperanza. Por eso, el Bautista les habla a ellos y a nosotros también, diciendo: No se afiancen en que son Hijos de Abraham (o de la tradición), porque hasta de las piedras puede Dios sacar hijos de Abraham.
Juan es la voz que clama en el desierto. En medio de situaciones donde se derrumba la esperanza y donde la vida parece perderse, aparece justamente el desierto como el lugar de la escucha de la Palabra de Dios. El desierto sigue siendo el mejor ámbito para atender a la llamada de Dios a cambiar el mundo, porque nos coloca en la intemperie. Nos coloca de frente con lo más auténtico de nosotros mismos y nos dispone a mirar con nuevos ojos la realidad.
Pero la invitación del Bautista no se limita al bautismo con agua en orden a nuestro perdón. Va más allá. Apunta directamente al bautismo con Espíritu y Fuego que practicará Jesús. Un bautismo que nos convierte en personas nuevas, porque no dan cabida al rencor ni acumulan resentimientos. Un bautismo que cambia desde dentro. Desde lo más íntimo de cada quien. Pero un cambio que se traduzca en compromiso por el bienestar de los demás. Desvirtuaríamos el Evangelio si consideramos la conversión como un asunto privado y sin contribuir a que muchas personas vivan con dignidad.
Nos están convocando, pues, a la audacia de vivir como personas nuevas. Y ¡qué importante es esta convocatoria! ¡Qué significativo sería pedir perdón a quienes hemos hecho sufrir o a quienes hemos causado daño! El perdón limpia el alma, transforma el corazón, ablanda la dureza de mente, nos libera para una mayor calidad de vida: nos libera para la Salvación. 
Gustavo Albarrán, S.J.

Está cerca el reino de Dios


A - Segundo domingo de Adviento
                                                     A - Segundo domingo de Adviento


A - Segundo domingo de Adviento Primera: Is 11, 1-10; Salmo 72; Segunda: Rom 15,4-9;

Evangelio: Mt 3, 1-12: Por aquel tiempo se presentó Juan el Bautista en el desierto de Judea. En su proclamación decía: "!Vuélvase a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!"
Juan era aquel de quien Dios había dicho por medio del profeta Isaías: "Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor; ábranle un camino recto."
La ropa de Juan estaba hecha de pelo de camello, y se la sujetaba al cuerpo con un cinturón de cuero; su comida era langostas y miel del monte. La gente de Jerusalén y todos los de la región de Judea y de la región cercana al Jordán salían a oirle. Confesaban sus pecados y Juan los bautizaba en el río Jordán. 
Pero cuando Juan vio que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: "¡Raza de víboras! ¿Quién les ha dicho a ustedes que van a librarse del terrible castigo que se acerca? Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor, y no presuman diciéndose a sí mismos: "Nosotros somos descendientes de Abraham; porque les aseguro que incluso a estas piedras Dios puede convertirlas en descendientes de Abraham. El hacha ya está lista para cortar los árboles de raíz. Toda árbol que no da buen fruto, se corta y se hecha al fuego. Yo, en verdad, los bautizo con agua para invitarlos a que se vuelvan a Dios; pero el que viene después de mí los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él es más poderoso que yo, que ni siquiera merezco llevarle sus sandalias. Trae su pala en la mano y limpiará el trigo y lo separará de la paja. Guardará su trigo en el granero, pero quemará la paja en un fuego que nunca se apagará.

Nexo entre las lecturas

Está cerca el Reino de Dios. Esta afirmación del Evangelio de San Mateo (EV) parece ofrecernos un elemento unificador a las lecturas de este domingo segundo de adviento. El Reino era la más alta aspiración y esperanza del Antiguo Testamento: El Mesías debía reinar como único soberano y todo quedaría sometido a sus pies. El hermoso pasaje de Isaías (1L) ilustra con acierto las características de este nuevo reino mesiánico: "brotará un renuevo del tronco de Jesé... sobre él se posará el espíritu... habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito. Habrá justicia y fidelidad". Ante la inminencia de la llegada del Reino de los cielos se impone la conversión. Juan Bautista predica en el desierto un bautismo de conversión. Se trata de un cambio profundo en la mente y en las obras, un cambio total y radical que toca las fibras más profundas de la persona. Precisamente porque Dios se ha dirigido a nosotros con amor benevolente en Cristo, el hombre debe dirigirse a Dios, debe convertirse a Él en el amor de donación a sus hermanos: acogeos mutuamente como Cristo os acogió para Gloria de Dios (2L).

Mensaje doctrinal

1. En Cristo Jesús encuentra realización la esperanza mesiánica. El pueblo de Israel esperaba un tiempo de paz y de concordia. Se trataba de un anhelo íntimo que se fundaba en la promesa misma del Señor. No sería un reino de características humanas, sino un reino divino revestido de poder y majestad. Este reino mesiánico sería como un nuevo cielo y una nueva tierra en los que ya no habría pecado, muerte y dolor. Esta esperanza del pueblo de Israel contrastaba fuertemente con las dificultadas, luchas y pecados de su historia. Sin embargo, su esperanza nunca venía a menos. Pues bien, Juan Bautista anuncia a la casa de Israel que, en Jesús, toda aquella expectación mesiánica encontraba su cumplimiento: "Convertíos está cerca el Reino de los cielos... Preparad el camino del Señor..." 

El Señor nos había hablado por medio de los profetas, pero ahora en los últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo amado (Cfr. Hb 1,1-2) Dios, en su eterno amor, ha elegido al hombre desde la eternidad: lo ha escogido en su Hijo. Dios ha elegido al hombre para que pueda alcanzar la plenitud del bien mediante la participación en su vida misma: vida divina, mediante la gracia. Lo ha escogido desde la eternidad y de modo irreversible. Ni el pecado original, ni toda la historia de los pecados personales y de los pecados sociales han logrado disuadir al eterno Padre de su Amor. (Juan Pablo II, 8 de diciembre de 1978). En la llegada al mundo de Cristo Señor descubrimos el cumplimiento de todas las profecías. 

En Él encuentra cumplimiento la Alianza de Dios con el hombre, en Él tenemos la salvación, en Él accedemos a la participación de la naturaleza divina. ¡Cómo no correr llenos de entusiasmo hacia el portal de Belén cuando es Dios mismo quien viene al encuentro del hombre! ¿Habrá quizá alguno que se quede sentado en la ociosidad cuando es Dios mismo quien ha salido a nuestro encuentro? Juan el Bautista designa a Jesús como el que viene (ho erkómenos). Es tal el amor de Dios y tan misterioso su designio que debe ser meditado en la profundidad del corazón. Con amor eterno te amé (Jer 31,3).

2. La llegada del Reino de los cielos exige una conversión del corazón. El anuncio de Juan el Bautista coincide sustancialmente con el de Jesús: Convertíos porque está cerca el Reino de Dios (Mc 1,15). Se dirige con mucha energía a los fariseos y saduceos porque para ellos, la conversión era un hecho mental que no implicaba la totalidad de la persona. En ellos se daba una escisión interior: atendían a los mínimos detalles de la ley, pero descuidaban el precepto de la caridad; se protegían del juicio de Dios con una legalidad mal disfrazada o se sentían superiores como hijos de Abraham. Su conversión era formal y no tocaba la intimidad del corazón. 

La conversión que exige el Bautista es una conversión que pide un cambio total y radical en la relación con Dios. No es una simple conversión interior, sino una conversión también exterior que llega a las obras. Aquí aparece la imagen del árbol que produce frutos: el árbol bueno produce frutos buenos, el árbol malo produce frutos malos y se corta de raíz. Una verdadera conversión, por tanto, se traduce en una mayor rectitud de vida. Si bien las palabras del Bautista son palabras de fuego capaces de atemorizar al más osado, esconden una invitación a realizar uno de los actos más elevados de que es capaz el corazón humano: su conversión hacia el Padre de las misericordias, la retractación de la voluntad del mal cometido y el firme propósito de resurgir en el bien. 

Cuando una persona es tocada por una conversión sincera, reconoce el desorden que hay en su interior, advierte su pecado y siente una necesidad apremiante de transformación, de cambio de actitud y de comportamiento. La conversión es el momento de la verdad profunda en el que el hombre se reconoce a sí mismo en su pecado y se abre a la verdad liberadora de Dios. El hombre se siente invitado a entrar dentro de sí y sentir la necesidad de volver a la casa del Padre. Así pues, el examen de conciencia es uno de los momentos más determinantes de la existencia personal. En efecto, en él todo hombre se pone ante la verdad de la propia vida, descubriendo así la distancia que separa sus acciones del ideal que se ha propuesto (Bula Incarnationis Mysterium No.11).

3. La conversión del corazón pasa por la concordia, la sintonía de corazones. Ante las escisiones que se daban ya en tiempo de San Pablo en las primeras comunidades, el apóstol presenta el ejemplo de Cristo: se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios y acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. La concordia, la unión de corazones, estar de acuerdo entre nosotros, es lo propio del cristiano. Este es el modo de apresurar la venida del Reino de Dios: la entrega sincera de sí mismo a los demás. El cristiano, por medio de su bautismo, ha sido injertado en la muerte y resurrección de Cristo y vive una nueva vida: la vida que es donación, que es servicio para los hermanos en la fe y acoge a los hombres para llevarlos a la verdad del Evangelio.


Sugerencias pastorales

1. Poner la mirada en el futuro con esperanza. En muchas ocasiones la experiencia del propio pecado o del pecado ajeno nos puede postrar y crear un estado de desilusión o desespero. La llegada del Reino de los Cielos en Cristo Jesús nos invita a lo contrario: Que la mirada, pues, esté puesta en el futuro. El Padre misericordioso no tiene en cuenta los pecados de los que nos hemos arrepentido verdaderamente (Cf Is 38,17). Él realiza ahora algo nuevo y, en el amor que perdona, anticipa los cielos nuevos y la tierra nueva. Que se robustezca, pues, la fe, se acreciente la esperanza y se haga cada vez más activa la caridad, para un renovado compromiso cristiano en el mundo del nuevo milenio (Cfr. Bula Incarnationis Mysterium No.11). No nos dejemos llevar por el mal, más bien venzamos al mal con el bien. No perdamos el ánimo ante los pecados del mundo, más bien escuchemos la voz de Cristo que nos invita a tomar parte en la redención del mundo con nuestro propio sacrificio.

2. La conversión nunca termina. Es un hecho que en nuestro caminar hacia Dios descubrimos muchas faltas y deficiencias personales. A pesar de nuestros anhelos de santidad, tenemos que hacer las cuentas con nuestra propia debilidad. Por eso, es más saludable que la doctrina de la conversión permanente. En realidad, cada día, cada momento de nuestra vida es una nueva oportunidad para convertir el corazón, para "purificar la memoria", para elevar la mente y el corazón a Dios y pedirle: "Señor, perdóname". Este pequeño y gigantesco acto de fe nos dispone a acoger el Reino de los cielos, más aún, construye el Reino de los cielos de acuerdo con los planes de Dios. Vivamos pues ante la mirada de Dios sabiendo que Él viene y no tardará y nos juzgará por nuestras obras, no sólo por nuestras intenciones.

Autor: P. Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net 

lunes, 30 de agosto de 2010

Evangelio según San Lucas

Para los evangelios de todos estos Domingos ‘C’, seguimos el Evangelio de Lucas e igualmente para los días entre semana (lunes a sábado) ya que lo iniciamos el lunes de la pasada semana 22 con el capítulo 4 de Lucas. Esta es de nuevo la oportunidad para que nos centremos en el Evangelio de Lucas. Estamos comenzando el año escolar y puede ser muy oportuno que repitamos la lectura de la introducción al Evangelio de Lucas que pueda tener la Biblia que manejamos. Es importante el pre, el texto y el con-texto del evangelio que meditamos y celebramos. A.G.

El Evangelio según San Lucas (=Lc) muestra evidentes semejanzas con los otros dos evangelios sinópticos (Mateo y Marcos), y a la vez presenta de manera peculiar la persona y la obra de Jesucristo. Por otra parte, este evangelio forma una unidad literaria y teológica con los Hechos de los Apóstoles, como claramente se indica al comienzo de este último libro, donde el autor mismo resume el contenido de su evangelio con estas palabras: En mi primer libro... escribí acerca de todo lo que Jesús había hecho y enseñado desde el principio y hasta el día en que subió al cielo (Hch 1.1-2).

Lo mismo que Mateo, aunque, sin duda, de manera independiente, el Evangelio según san Lucas comienza con los relatos sobre la concepción y el nacimiento de Jesús (caps. 1-2). Pero lo hace de una manera especial: estableciendo un paralelismo con la concepción y el nacimiento de Juan el Bautista. De este modo, desde el principio nos muestra claramente quién es Jesús y cuál es su misión. Jesús es el Mesías esperado por el pueblo de Israel, el Hijo de Dios, cuyo origen está en Dios mismo. El paralelismo entre las dos series de relatos sirve para resaltar más la superioridad de Jesús. En estos primeros capítulos predomina un marcado ambiente israelita, y solo ocasionalmente aflora el tema de la universalidad de la salvación (cf.2.30-32), que expondrá en forma más clara en otros lugares.

A partir del cap.3, este evangelio se refiere a la actividad pública de Jesús, y entonces se manifiesta más claramente la semejanza con Mateo y Marcos, a la vez que se revelan sus rasgos propios. Así por ejemplo, Lucas inicia esta parte de su narración con la mención de los gobernantes de ese tiempo (3.1-2), y la sitúa en el marco de la historia general. En este, como en otros detalles, el autor muestra un espíritu y una cultura característicos del mundo griego.

Mateo comienza su evangelio con la lista de los antepasados de Jesús. Lucas, por su parte, coloca esta lista después del relato del bautismo (3.23-38), y la hace remontar hasta Adán, con lo que también insinúa otro aspecto importante tanto de su evangelio como de Hechos: Jesús vino a traer la salvación no sólo al pueblo de Israel sino a toda la humanidad. Este tema lo insinúa en otros lugares del evangelio, pero lo desarrollará principalmente en Hechos, al mostrar la difusión del mensaje cristiano desde Jerusalén hasta Roma.

Al narrar lo que Jesús hizo y enseñó después de su bautismo, Lucas va siguiendo sustancialmente el mismo orden de Marcos, del cual parece que depende en alguna manera. Sin embargo, Lucas incluye otras tradiciones que no se encuentran en Marcos. Así, por ejemplo, en la sección que narra la preparación de la actividad de Jesús (3.1-4.13): estos pasajes tienen, parcialmente, paralelos en Mateo.

En la sección siguiente (4.14-6.19), la semejanza con Marcos es mucho más clara. Pero después, Lucas añade un bloque de materia propia: el sermón en el llano (6.20-49) y otros relatos (7.1-8.3). Estos no se encuentran en Marcos, aunque en gran parte tienen paralelos en Mateo. En la sección 8.4-9.50 vuelve a aparecer el paralelismo con Marcos.

Más adelante viene una gran sección característica de Lucas: el viaje a Jerusalén (9.51-19.27), donde encontramos mucha materia propia. Parte de esta se haya también en Mateo, y sólo una parte pequeña (especialmente al final: Lc18.15-43) tiene paralelos en Marcos. Lucas da realce especial a este viaje a Jerusalén (véase 9.51-19.27n.), por ser el lugar donde Jesús llevará a término su obra.

En esta sección, Lucas incluye como materia propia diversos hechos y palabras de Jesús que pertenecen a los textos más apreciados de los evangelios. Entre estos podemos recordar: la parábola del buen samaritano (10.30-37), la parábola del padre que recobra a su hijo (15.11-32), la parábola del rico y del pobre Lázaro (16.19-31), el relato de la curación de diez leprosos (17.11-19), la parábola del fariseo y del cobrador de impuestos (18.9-14), el relato de Jesús y Zaqueo (19.1-10), y otros más.

La sección final, como en otros evangelios, está dedicada a la última semana de la vida terrena de Jesús, a su actividad en Jerusalén, su pasión, muerte y resurrección. Pero Lucas termina con la ascensión de Jesús al cielo, e incluye algunos relatos propios. De manera global puede decirse que cerca de la mitad de este evangelio es materia que se encuentra también en los otros dos sinópticos o al menos en alguno de ellos. La otra mitad es propia de Lucas.

Este evangelio, además de presentar a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios y Salvador de todos los hombres, hace resaltar especialmente la acción del Espíritu Santo en la historia de la salvación. Este último aspecto lo presentará el autor con especial relieve en los Hechos de los Apóstoles. El tercer evangelio destaca de manera particular la parte que tuvieron las mujeres en los acontecimientos que relata, y muestra un interés muy especial en señalar el amor de Dios por los pobres y los pecadores.

El Evangelio según San Lucas fue escrito, sin duda, por un autor cuya lengua materna era el griego. En el prólogo (1.1-4) muestra que puede escribir como los mejores literatos de su época. Sin embargo, en el resto del evangelio prefiere conservar el estilo sencillo y aun popular de las tradiciones anteriores y de los libros del Antiguo Testamento traducidos al griego, que él y sus lectores conocían bien. El evangelio parece estar destinado sobre todo a lectores cristianos de origen no judío.

Los autores cristianos del siglo II atribuyen la composición de este evangelio y de Hechos a Lucas, compañero de Pablo, mencionado en Col 4.14; 2Ti4.11y Flm 24. En Col 4.14 se le llama el médico amado.

Las principales secciones en que puede dividirse el evangelio son estas:
Prólogo (1.1-4)
I. La infancia de Juan el Bautista y la de Jesús (1.5-2.52)
     1. Los anuncios (1.5-56)
     2. Los nacimientos (1.57-2.52)
II. Preparación de la actividad de Jesús (3.1-4.13)
     1. Juan el Bautista en el desierto (3.1-20)
     2. Preparación de la actividad de Jesús (3.21-4.13)
III. Actividad de Jesús en Galilea (4.14-9.50)
IV. El viaje a Jerusalén (9.51-19.279
V. En Jerusalén (19.28-24.53)
     1. Actividad en Jerusalén (19.28-21.38)
     2. Pasión, muerte y resurrección (22.1-24.53)

Tomado de La Biblia de Estudio, Dios habla hoy