miércoles, 13 de marzo de 2013

Tareas para el próximo sucesor de Pedro


En mi opinión, cuando se habla de reformas de la Iglesia hay que distinguir, en primer lugar, entre reformas más urgentes y menos urgentes (que pueden no coincidir con las que más nos gustarían a nosotros). En segundo lugar hay que distinguir también entre reformas que requerirán tiempo (quizás mucho) y otras que parecen ser de factura inmediata, con sólo que un papa lo quiera. Teniendo esto presente esbozaré el siguiente programa.

1.- La reforma más urgente en la Iglesia de hoy (aunque será una reforma lenta y constante) es que aparezca como "iglesia de los pobres". Si Dios se reveló en Jesús como Dios de los pobres y de las víctimas de este mundo, una Iglesia que no haga visible esa revelación será siempre infiel a Jesucristo.

El nuevo papa, en mi opinión, debería retomar y proponer a los poderes económicos de este mundo la enseñanza (tan simple como inaceptable) de Jesús: que "es imposible servir a Dios y al dinero". Al menos para alertar a tantos seres humanos que pretenden creer en Dios pero buscan un dios compatible con el culto al Dinero que profesa nuestro mundo. Esta será una reforma constante y difícil como he dicho, pero la Iglesia deberá tener muy claro y no olvidar nunca que (como dijo Juan Pablo II) aquí se juega su fidelidad a Cristo.

2.- En segundo lugar es muy urgente una reforma de la curia romana, tan reclamada por el Vaticano II y que la curia bloqueó siempre. En esa infidelidad está, para mi, una de las raíces de la actual crisis de la Iglesia. La curia no es el órgano director de la Iglesia sino un instrumento al servicio de la autoridad eclesiástica que no reside en la curia sino en todo el colegio apostólico con Pedro a la cabeza. Al revés de lo dicho en el número anterior, aquí serían posibles unas reformas inmediatas que, a mi modo de ver, son urgentes. Enumeraré algunas:

2.1. Los miembros de la curia deberían dejar de ser obispos, porque la existencia de obispos sin iglesia es contraria a la más originaria tradición de la Iglesia, legislada ya en el canon 6 del Concilio de Calcedonia. La hipocresía de hacerlos titulares de una diócesis inexistente, no hace más que poner de relieve la mala conciencia con que se desobedece aquí a la Tradición. Tengo datos para afirmar que esa era la mentalidad de Benedicto XVI cuando llegó a la silla de Pedro; pero la curia se lo impidió.

2.2.- Derivado de lo anterior, Roma debería reinstaurar la participación de las iglesias locales en la elección de sus pastores, obedeciendo así también a toda una tradición que llena el primer milenio y que sólo se quebró por la necesidad de impedir que los poderes civiles intervinieran en la designación de los obispos.

2.3.- Y en tercer lugar deben desaparecer del entorno papal todos los símbolos de poder y de dignidad mundana que opacan la revelación de la dignidad de Dios consistente en su anonadamiento en favor de los hombres. Habría que suprimir a los llamados "príncipes de la Iglesia", título casi blasfemo para una institución que se funda en Jesús como su piedra angular. El obispo de Roma debería ser elegido (por ejemplo) por los presidentes de las diversas conferencias episcopales, añadiendo quizás un grupo de religiosos y de laicos hombres y mujeres. Esta reforma puede ser más lenta que las dos anteriores. Pero la comisión de canonistas encargados de darle carácter jurídico tiene tiempo para trabajar hasta el próximo cónclave  Y entre esos títulos de poder mundano ajenos a Cristo, el sucesor de Pedro debería dejar de ser un jefe de estado, porque eso avergonzaría a su predecesor.

3.- Roma y toda la Iglesia deben sentir como una ofensa a Dios la actual separación de las iglesias cristianas en contra de la voluntad expresa del Señor. Ya no es hora de acusaciones sino de unidad. Y aunque éste es otro punto que puede ser largo, el próximo papa podría crear una especie de Sínodo ecuménico (paralelo al actual sínodo de obispos, pero menos descafeinado que éste) que convocara periódicamente a todas las iglesias cristianas a tratar y discutir libremente los caminos hacia la unidad. Unidad en la que pueden caber grandes dosis de pluralidad, porque la verdadera unidad no es la uniformidad de lo único sino la comunión de lo plural. He hablado de un sínodo creado por Roma pero igual podría ser convocado por el Consejo Ecuménico de las Iglesias, sumándose a él la iglesia católica.

4.- Estas son las tres reformas más urgente a mi modo de ver. Hay otras que ocupan más espacio en los media. Tienen su importancia pero pueden no ser tan urgentes. Y, en mi opinión, es importante fundamentar bien las razones que llevan a ellas. De entre ellas doy prioridad en este comentario a la que me parece más fácil y que requeriría menos tiempo. Me refiero a la situación de los católicos que fallaron en su primer matrimonio y han encontrado estabilidad en una segunda unión. Urge y es posible arbitrar una solución como la que las iglesias orientales llaman "disciplina de misericordia" y que la iglesia católica nunca quiso condenar (sólo se limitó a enseñar que ella "no yerra" cuando no sigue ese camino). Pero si este "no errar" podría tener sentido en los tiempos de Trento puede que ya no tenga vigencia hoy. No se trata de contradecir para nada las razones teológicas a favor de la indisolubilidad del matrimonio. Se trata más bien de tomar en serio aquella aguda observación de Pascal: que una verdad puede convertirse en herética cuando no deja sitio a otras verdades, igualmente parciales quizás pero cuya parcialidad no les priva de su carácter de verdad. La Iglesia tiene razón al enseñar que el matrimonio es una señal (sacramento) del amor de Dios a la humanidad que es un amor fidelísimo y sin vuelta atrás. 

Pero (dejando estar ahora la importante consideración sociológica de que muchos sedicentes católicos se casaron sin tener ninguna conciencia del significado de lo que iban a hacer), hay que recuperar la consideración tan bíblica de que ese amor de Dios sigue en pie aun cuando la esposa haya sido adúltera o infiel. Y que Dios está dispuesto a perdonar y reconquistar y volver a llamar a la esposa que le traicionó. En las repetidas y bellas páginas de los profetas bíblicos sobre este punto, hay un fundamente teológico para esa "disciplina de misericordia".

5.-Sin salir de la disciplina matrimonial, la autoridad eclesiástica debería tomar conciencia de que la enseñanza de Pablo VI en la Humanae Vitae no ha hallado recepción suficiente en el pueblo de Dios; y no sólo en cristianos tibios sino en parejas seriamente creyentes, en presbíteros y hasta obispos de la Iglesia. En mi humilde opinión el nuevo papa debería convocar una nueva comisión como la que nombró Pablo VI para estudiar este punto. Es dato conocido que aquella comisión fue partidaria en un 90% de cambiar la enseñanza de la iglesia en este punto. Pero el miedo a que ese cambio desacreditara al magisterio eclesiástico, llevó a Pablo VI a no aceptar el veredicto de la comisión. Casi 50 años después, cabe decir que ese miedo obstinado ha desacreditado más al magisterio eclesiástico que si hubiese tenido humildad para cambiar. Y ha sido además causa de muchos abandonos de la práctica sacramental que acabaron cuajando en abandonos de la fe.

6.- El tema del celibato ministerial es uno de los que ocupan más espacio en los media. Aunque tanto en este punto como en el siguiente, comparto la reivindicación que se hace, debo añadir que al tratarlo en penúltimo lugar no lo considero tan decisivo como los dos primeros de esta lista. Desde mi experiencia particular, debo decir que las razones que me llevan a pedir este cambio no son reivindicaciones personales, sino de atención al mayor bien de las iglesias. Toda comunidad cristiana tiene un derecho a (y un mandato de) celebrar la Cena del Señor del que no se la puede privar por el afán de mantener una disciplina eclesiástica. Si no se quiere leer la actual crisis de vocaciones como una señal del Espíritu (porque los signos de los tiempos tienen siempre su ambigüedad), hay que decir que negar la eucaristía a millones de cristianos por obstinación en no cambiar una ley positiva de la Iglesia, es incurrir en el duro reproche de Jesús: "quebrantáis la voluntad de Dios por acogeros a las tradiciones de vuestros mayores". Y como los obstinados en esta postura suelen ser amigos de lecturas literalistas de la Biblia, se les puede responder con la cita clásica de uno de los documentos tardíos den Nuevo Testamento: "el obispo sea varón de una sola mujer"... Dicho todo lo anterior no tengo reparo en aceptar que esta reforma debería hacerse con suma cautela y poco a poco, dado que el terreno es resbaladizo como todo el mundo reconoce.

7.- "Last but no least", reservo el último lugar para el tema de la mujer no porque sea menos importante sino para que no desaparezca en los intermedios. Es tema muy importante y donde hay tareas que pueden ser más inmediatas y otras más de largo plazo. Me parece innegable que la situación de la mujer en la Iglesia de hoy es un grave pecado estructural, que debería intranquilizar la conciencia de quien sea el próximo papa. Creo no obstante que hay puntos de cocción lenta y que la urgencia innegable no está necesariamente en la meta final. El próximo papa, a mi entender, debería preocuparse por dar cuanto antes a la mujer una serie de accesos que la tradición y la misma legislación eclesiástica no les niegan: diaconisas, cargos en la curia reformada, participación en la elección del obispo de Roma... La cima de esta evolución sería el ministerio femenino. Roma debería comenzar por no prohibir que se hable de él y que se estudie el problema, porque eso es cerrar los únicos caminos por los que se abre paso la verdad. Creo recordar que ya en en 1976, otra comisión de teólogos y biblistas redactó un informe para el papa sobre este punto, cuya conclusión era que no se ven objeciones en la Escritura para el acceso de la mujer al ministerio eclesial. Aunque personalmente comparto esta opinión, puedo comprender a quienes no la comparten y podrían tener aquí una auténtica objeción de conciencia. Entre ellos estarían todas las iglesias orientales, creando así una gran dificultad al ecumenismo que es para mí un mandamiento muy serio. Por eso he propuesto otras veces, y lo recojo aquí, que quizás el sucesor de Pedro debería convocar a la Iglesia (y a todas las iglesias) a un período de oración que podría durar incluso uno o dos años, en el que en comunidades contemplativas, en las misas dominicales, en la oración personal... todos los cristianos pidieran al Señor que nos haga ver Su voluntad en este punto. Por mucho que se discuta sobre la oración de petición, soy de los que creen que cuando pedimos precisamente eso: que se cumpla Su voluntad en nosotros, manifestándoos dispuestos a aceptarla, esa oración acaba siendo escuchada. Porque lo que Dios más quiere de nosotros es esa disposición para hacer su voluntad sin quitarnos nuestra libertad.

Huelga decir que todo lo anterior es opinión personal. Acepto pues que unos disentirán de ella y a otros quizá les moleste o les irrite. Sólo pediría que se me responda con argumentos que muestren que lo aquí dicho no obedece al evangelio y al a necesidad de "una esposa de Cristo sin mancha ni arruga". A la acusación fácil de que lo dicho brota sólo de falta de amor a la Iglesia, puedo responder lo que hace años oí a Ratzinger y le he leído después: "lo que necesita hoy la Iglesia son gentes que por amor a ella pongan en juego su futuro, y no gentes que utilizan el amor a la iglesia como plataforma para su ascenso personal.

Y, por supuesto: no pretendo que con lo dicho la Iglesia dejará de tener problemas. Simplemente será más evangélica y más fiel a su misión.

José Ignacio González Faus SJ
Es Jesuita. Doctor en Teología en Innsbruck y Director del Centro de Estudios Cristianismo y Justicia en la ciudad de Barcelona, España.
Con permiso de la Revista Vida Nueva (Madrid)

Todos necesitamos perdón


Evangelio del V Domingo de Cuaresma /C (Jn 8,1-11)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba. Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?”

Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo. Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.


Según su costumbre, Jesús ha pasado la noche a solas con su Padre querido en el Monte de los Olivos. Comienza el nuevo día, lleno del Espíritu de Dios que lo envía a "proclamar la liberación de los cautivos...y dar libertad a los oprimidos. Pronto se verá rodeado por un gentío que acude a la explanada del templo para escucharlo.

De pronto, un grupo de escribas y fariseos irrumpe trayendo a "una mujer sorprendida en adulterio". No les preocupa el destino terrible de la mujer. Nadie le interroga de nada. Está ya condenada. Los acusadores lo dejan muy claro: "La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras. Tú, ¿qué dices?

La situación es dramática: los fariseos están tensos, la mujer angustiada, la gente expectante. Jesús guarda un silencio sorprendente. Tiene ante sí a aquella mujer humillada, condenada por todos. Pronto será ejecutada. ¿Es esta la última palabra de Dios sobre esta hija suya?

Jesús, que está sentado, se inclina hacia el suelo y comienza a escribir algunos trazos en tierra. Seguramente busca luz. Los acusadores le piden una respuesta en nombre de la Ley. Él les responderá desde su experiencia de la misericordia de Dios: aquella mujer y sus acusadores, todos ellos, están necesitados del perdón de Dios.

Los acusadores sólo están pensando en el pecado de la mujer y en la condena de la Ley. Jesús cambiará la perspectiva. Pondrá a los acusadores ante su propio pecado. Ante Dios, todos han de reconocerse pecadores. Todos necesitan su perdón.

Como le siguen insistiendo cada vez más, Jesús se incorpora y les dice:"El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra". ¿Quiénes sois vosotros para condenar a muerte a esa mujer, olvidando vuestros propio pecados y vuestra necesidad del perdón y de la misericordia de Dios?

Los acusadores "se van retirando uno tras otro". Jesús apunta hacia una convivencia donde la pena de muerte no puede ser la última palabra sobre un ser humano. Más adelante, Jesús dirá solemnemente: "Yo no he venido para juzgar al mundo sino para salvarlo".

El diálogo de Jesús con la mujer arroja nueva luz sobre su actuación. Los acusadores se han retirado, pero la mujer no se ha movido. Parece que necesita escuchar una última palabra de Jesús. No se siente todavía liberada. Jesús le dice "Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante no peques más".

Le ofrece su perdón, y, al mismo tiempo, le invita a no pecar más. El perdón de Dios no anula la responsabilidad, sino que exige conversión. Jesús sabe que "Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva".

José Antonio Pagola

sábado, 9 de marzo de 2013

ANÁLISIS Por una Iglesia cada vez fuerte, libre y transparente


En esta primera semana de reuniones para la preparación del cónclave, las noticias reflejan que ciertas discusiones al interno de las congregaciones generales se están filtrando a los medios públicos, a pesar del juramento que deben hacer los cardenales bajo peligro de excomunión. Algunos cardenales que han llegado a Roma han expresado públicamente la necesidad de saber con claridad todos los detalles del informe del llamado caso VatiLeaks. Con razón, ellos aluden a que, si deben elegir a un nuevo Papa, han de saber el estado real de los problemas que afectan a la Iglesia. Al interno de las congregaciones la tensión es evidente, y se quiere evitar elegir a un nuevo Papa que, luego, pueda ser acusado de haber encubierto a presbíteros involucrados en casos de pedofilia o haber callado hechos de corrupción.

Esta tensión era de esperarse con la renuncia de Benedicto XVI, más allá de las razones formales que se quieran aludir entre algunos miembros de la Curia romana. La renuncia del Papa provocó, como puede suceder ante la renuncia inesperada de cualquier autoridad en una institución, la necesidad de replantear y evaluar el sentido del ministerio eclesial y, cómo éste, se ha de proyectar en el futuro inmediato con un nuevo Papa.

Los cardenales están exigiendo y olfateando la demanda de la Iglesia universal. Cuando digo Iglesia universal me refiero a todos aquellos que formamos parte de la comunidad de cristianos bautizados, y que deseamos una Iglesia más libre, en la que nadie sienta excluido, porque todos queremos que ésta sea capaz de dar a la humanidad razones para "vivir y esperar" (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 31).

¿Qué significa una Iglesia más fuerte? No sostengo que la fortaleza provenga de la imposición de la autoridad. Al contrario, su fortaleza debe venir del Espíritu de Dios que nos une en profunda comunión y solidaridad, y que abre sus espacios a la escucha y a la acogida de los pobres y las víctimas de nuestras sociedades.

La fortaleza del Pontificado de Benedicto XVI alcanzó su punto culmen cuando, precisamente, su humildad ha mostrado, limpiamente, el deseo por recuperar la verdad y la credibilidad de la naturaleza y de la misión de la Iglesia.

Para ello, también necesitamos a una Iglesia transparente, es decir, que hable siempre la verdad de corazón a corazón, porque la alegría de un cristianismo vivido en libertad, fortaleza y transparencia no nos la puede quitar nadie, como lo recordó Benedicto XVI en su mensaje de despedida a los cardenales. Es esta alegría de ser seguidores de Jesús la que debe transformarse en Buena Noticia a nuestro alrededor, y la que podrá ser capaz de abrirnos a la conversión. De ahí la necesidad de un diálogo que nunca exija la pérdida de la identidad. Por el contrario, la identidad logra mostrar lo distinto y novedoso de cada uno, cuando nos abrimos al diálogo.

Más allá de las expectativas por quién será el nuevo Papa, mantengamos siempre presente las palabras de Benedicto XVI a los cardenales al recordar, en un gesto significativo, las palabras de la Lumen Gentium: La Iglesia "vive a lo largo del tiempo, en devenir, como todo ser vivo, transformándose... Sin embargo, su naturaleza sigue siendo siempre la misma, y su corazón es Cristo». Hay signos evidentes de una primavera eclesial. Ésta, sobrepasará la simple elección de un Papa, si creemos en el Espíritu de la verdad y vivimos con alegría nuestra fe. El Papa emérito pasará a la historia, no sólo con sus palabras como teólogo, sino también con este gesto tan oportuno y necesario para renovarnos como comunidad cristiana. Nos queda, entonces, abrirnos a los signos de los tiempos y saber asumirlos según el Espíritu de Jesús.

Félix Palazzi, doctor en Teología Dogmática

fpalazzi@ucab.edu.ve

@felixpalazz

miércoles, 6 de marzo de 2013

Con los brazos siempre abiertos


Evangelio del IV Domingo de Cuaresma /C (Lc 15,1-3.11-32)

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”.

Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores”.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies: traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos!Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’”.


Para no pocos, Dios es cualquier cosa menos alguien capaz de poner alegría en su vida. Pensar en él les trae malos recuerdos: en su interior se despierta la idea de un ser amenazador y exigente, que hace la vida más fastidiosa, incómoda y peligrosa.

Poco a poco han prescindido de él. La fe ha quedado "reprimida" en su interior. Hoy no saben si creen o no creen. Se han quedado sin caminos hacia Dios. Algunos recuerdan todavía "la parábola del hijo pródigo", pero nunca la han escuchado en su corazón.

El verdadero protagonista de esa parábola es el padre. Por dos veces repite el mismo grito de alegría: "Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado". Este grito revela lo que hay en su corazón de padre.

A este padre no le preocupa su honor, sus intereses, ni el trato que le dan sus hijos. No emplea nunca un lenguaje moral. Solo piensa en la vida de su hijo: que no quede destruido, que no siga muerto, que no viva perdido sin conocer la alegría de la vida.

El relato describe con todo detalle el encuentro sorprendente del padre con el hijo que abandonó el hogar. Estando todavía lejos, el padre "lo vio"venir hambriento y humillado, y "se conmovió" hasta las entrañas. Esta mirada buena, llena de bondad y compasión es la que nos salva. Solo Dios nos mira así.

Enseguida "echa a correr". No es el hijo quien vuelve a casa. Es el padre el que sale corriendo y busca el abrazo con más ardor que su mismo hijo. "Se le echó al cuello y se puso a besarlo". Así está siempre Dios. Corriendo con los brazos abiertos hacia quienes vuelven a él.

El hijo comienza su confesión: la ha preparado largamente en su interior. El padre le interrumpe para ahorrarle más humillaciones. No le impone castigo alguno, no le exige ningún rito de expiación; no le pone condición alguna para acogerlo en casa. Sólo Dios acoge y protege así a los pecadores.

El padre solo piensa en la dignidad de su hijo. Hay que actuar de prisa. Manda traer el mejor vestido, el anillo de hijo y las sandalias para entrar en casa. Así será recibido en un banquete que se celebra en su honor. El hijo ha de conocer junto a su padre la vida digna y dichosa que no ha podido disfrutar lejos de él.

Quien oiga esta parábola desde fuera, no entenderá nada. Seguirá caminando por la vida sin Dios. Quien la escuche en su corazón, tal vez llorará de alegría y agradecimiento. Sentirá por vez primera que en el misterio último de la vida hay Alguien que nos acoge y nos perdona porque solo quiere nuestra alegría.

José Antonio Pagola

Primeros días de sede vacante


Apenas se ha convocado la primera congregación general luego de ser declarada la sede vacante. Según la Constitución apostólica Universi Dominici Gregis proclamada por Juan Pablo II en 1996, que establece los procedimientos a seguir luego de la declaración de sede vacante. A la congregación general pueden asistir todos los cardenales, incluso aquellos que no participarán como electores durante la realización del cónclave. Luego de la congregaciones generales se realizarán otras particulares. Éstas están conformadas por el cardenal camarlengo y tres cardenales escogidos a la suerte que tendrán como tarea discutir las cuestiones diarias y el ejercicio común del Colegio Cardenalicio.

Mientras que en las congregaciones generales será tratado todo lo referente a la situación de la Iglesia y a los temas que conciernen a los desafíos y retos que se han de enfrentar en el próximo Papado.

En la primera congregación general los cardenales deben disponer el entierro del Papa. Siendo, este caso, una novedad en razón de la renuncia de Benedicto XVI, se ha dispuesto entregar una carta al Papa emérito. En esta primera reunión, se deben establecer las primeras meditaciones sobre la situación y los retos que debe enfrentar el próximo Papado y se sortean los cuartos donde residirán los cardenales durante la realización del cónclave.

Esto es lo que está sucediendo en estos pocos días, en los que, más allá de estos acontecimientos, todavía se encuentra cerca el grandioso acto de Benedicto XVI que abre un espacio de debates que, sin duda, algunos teólogos no han dudado en llamar la "primavera vaticana".

Hemos asistido a una época de dinámicas aferradas al poder, incluso, sin importar si estas dinámicas cuestan la vida propia o de miles de personas civiles. Basta recordar lo sucedido en Libia, Egipto, etc. Ya en la época de los griegos, Tucídides aseveraba: "nadie antepuso jamás la razón al provecho de tal modo que, ofreciéndosele alguna buena ocasión de adquirir y poseer algo más, por sus fuerzas, lo dejase". Sostengo que el pasar por inadvertido el hecho de que estamos refiriéndonos a una elección pontifica de un Papa que ha renunciado, sería un craso error pasar por inadvertido el reconocimiento de un ambiente de renovación que empieza a percibirse en algunos sectores de la Iglesia. La comunidad general y algún sector de la Iglesia inmediatamente estarán sometidas a la novedad que representa el proceso de elección. Los medios tratan de obtener información privilegiada para tener la primicia y también se hacen hipótesis acerca de cómo y quién será el próximo Pontífice. Incluso, se ha creado una página web en la que se puede adoptar a un cardenal como si se tratase de una carrera o un concurso al mejor estilo mediático.

Sin embargo, insisto, en que en algunos sectores en la Iglesia la renuncia del Papa ha sido un gesto que anuncia la posibilidad de una primavera eclesial. Su gesto ha sido de una grandeza incalculable, como un "signo de los tiempos" que desmonta el poder en su dinámica perversa y le devuelve su realidad de servicio para dar espacio al otro. Como citaba anteriormente, Tucídides afirmaba que "nadie antepuso jamás el poder". Benedicto XVI, con clara conciencia de la "gravedad y la novedad" de la decisión tomada, ha mostrado la total libertad de la fuerza del Evangelio y, así, nos ha hecho recordar cómo el Espíritu actúa en la Iglesia, más allá de las propias fuerzas e intenciones humanas. Con ello ha devuelto a un sector la esperanza de una Iglesia en primavera, luego del invierno de seguidas acusaciones, de exigencias de coherencia con el mensaje predicado, de no escuchar al mundo de hoy, etc.

Sin duda, estas preocupaciones estarán en la mente de los cardenales que tendrán que velar por la proclamación de la fe en un mundo cambiante sin que ésta signifique perder la identidad y la fuerza del Evangelio. La elección del nuevo sucesor de Pedro tendrá lugar en la celebración de dos acontecimientos importantes para la Iglesia: primero, la celebración del año de la fe y, segundo, los 50 años del Concilio Vaticano II ¿Será esta primavera floreciente en toda la Iglesia Universal? Posiblemente la respuesta se encuentre en las palabras de agradecimiento que dirigió el Papa al cardenal Gianfranco Ravasi cuando terminó de dar los ejercicios espirituales el 23 de febrero: "sigamos haciendo 'caminatas', ulteriormente, en este misterioso universo de la fe, para ser cada vez más capaces de orar, de rezar, de anunciar, de ser testimonios de la verdad, que es bella, que es amor".

FÉLIX PALAZZI, TEÓLOGO, PROFESOR DE LA FACULTAD DE TEOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA ANDRÉS BELLO (UCAB)

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martes, 5 de marzo de 2013

Desacralizar al Papado


Durante su última audiencia, Benedicto XVI nos recordó: "He dado este paso en la plena conciencia de su gravedad e incluso de su novedad... Amar a la Iglesia significa también tener el coraje de tomar decisiones difíciles, sufrientes, teniendo siempre primero el bien de la Iglesia y no el de uno mismo". Su renuncia es un gesto que obliga a reconocer las dificultades por las que la Institución eclesiástica está atravesando, y nos invita a pensar si el modo como se están relacionando los miembros de la comunidad cristiana está inspirado por el servicio y el ministerio, o por el poder y el estatus.

Tal vez ya olvidamos las palabras que, el entonces cardenal Joseph Ratzinger pronunció el Viernes Santo de 2005, y que conmocionaron a muchos: "¡cuánta suciedad en la Iglesia! La traición de los discípulos hiere más a Jesús". Se refería a los casos de pederastia y a los muchos problemas internos de la Curia que comenzarían a salir a la luz pública. Las palabras de su penúltimo Angelus fueron aún más claras: "el tentador no nos lleva directamente hacia el mal, sino hacia el falso bien, haciéndonos creer que la realidad verdadera es el poder".

¿Qué es lo que tanto ha escandalizado de la renuncia del Papa? Dos elementos nos pueden ayudar a comprender por qué ha habido sorpresa en unos y resistencia en otros. Por una parte, este gesto desacraliza a la Institución del Papado. Por otra, recupera su sentido ministerial, o de servicio temporal. Esta valiente decisión lleva el germen de un cambio que había sido querido por el Concilio Vaticano II. Entender que la Iglesia es, ante todo, Pueblo de Dios, y que está llamada a ser signo de comunión.

Nosotros, todos, sólo conocemos un modelo de Papado que surje del famoso Dictatus Papae proclamado por Gregorio VII en el año 1077, por medio del cual éste podía juzgar a todos sin ser juzgado por nadie. El teólogo Jean-Yves Congar lo describió como el paso de una Iglesia comunidad, que prevaleció durante el primer milenio del cristianismo, a otra concebida como institución monárquica y absolutista, organizada en forma piramidal.

Antes de la reforma gregoriana, la comunidad cristiana sólo conocía a la institución del papado como un ministerio universal, un servicio que en ningún momento se llegó a considerar una realidad sagrada, es decir, que separaba a esa persona de las demás y la colocaba en una posición superior. El mismo Benedicto XVI sustituyó, en su escudo papal, a la tiara por la mitra, para acentuar el sentido de la colegialidad ministerial, antes que el de la jerarquía y la sacralidad papal. La mitra representa al obispo, mientras que la tiara a quien está por encima del obispo y del resto de la comunidad cristiana. Con este primer gesto inició Benedicto XVI su Pontificado hace casi ocho años atrás.

La conciencia cristiana ha creído que el Papado va adjunto a la persona que lo ejerce de forma inseparable y que, por tanto, ésta debe continuar hasta que muera. Sin embargo, el Papa sólo cumple una función de servicio que puede ceder en un momento determinado para dar paso a otra persona que sea elegida para tal fin. Se trata de una función de servicio a la humanidad antes que un ejercicio de poder personal o institucional. El sucesor de Pedro debe animarnos a una entrega solidaria y universal a los más pobres y olvidados, y recordarnos siempre que no caigamos en la tentación de apegarnos, devotamente, a personas y estructuras de poder.

En las últimas décadas la Institución eclesiástica ha buscado optar por posiciones más conservadoras. Ese sigue siendo el deseo de muchos de los que hoy conforman el Colegio de Cardenales.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer en la historia de la Iglesia momentos históricos, como cuando Juan XXIII sorprendió a todos al convocar al Concilio que cambiaría el modo como la Iglesia estaría presente en el mundo. No podemos dejar de creer en que el Espíritu de Jesús siempre actúa en medio de la comunidad cristiana que lo busca con sinceridad y quiere responder a los retos del mundo hoy. Retos que, más allá de pensar a la estructura de la Iglesia en sí misma, deben responder a la relación de ésta con el mundo actual para ser voz profética ante la pobreza y la violencia, ante la gran tentación de vivir en los propios espacios privados, sociales y eclesiales sin luchar en favor de las víctimas; más aún, para usar los cargos y el poder para hacer daño a las personas. Este es el llamado que el Concilio Vaticano II hizo, a través de su constitución Gaudium et Spes, que pocos cristianos han leído. Ahí se señalan las grandes tareas, aún pendientes, que el nuevo Papa debe asumir para ser fiel a la memoria de Jesús en nuestros días.
RAFAEL LUCIANI , Doctor en Teología Dogmática, ESPECIAL PARA EL UNIVERSAL

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@rafluciani