Han pasado veintiún años desde el asesinato del jesuita Ignacio Ellacuría y sus compañeros de la Universidad Centroamericana (UCA) en El Salvador. El pasado año, con ocasión del vigésimo aniversario, se celebraron diferentes actos, se pronunciaron conferencias, se escribieron artículos sobre su pensamiento y su obra. Precisamente la reflexión sobre todo esto y sobre la crisis económica que vivimos es lo que me ha impulsado a escribir las siguientes líneas.
Conocí a Ellacuría alrededor del verano de 1987; él, como rector de la UCA, pasaba por Deusto buscando profesores para sus cursos de posgrado, y yo, que recientemente había ganado mi cátedra de Finanzas, debí aparecer como un buen candidato. Me reuní con él y le mostré mi ilusión por colaborar con su Universidad, a la vez que le transmití los dos temas que me preocupaban: por un lado el riesgo de ir allí (el país estaba casi en guerra) y por otro la orientación que en la situación socioeconómica de El Salvador (país con grandes desigualdades y mucha pobreza) debería dar a mis clases. Él me tranquilizó respecto a los peligros, a la vez que entendió que la orientación que yo le proponía era la correcta: quería que explicara las finanzas como lo hacía en Deusto, aunque los dos estábamos de acuerdo en que habría que insistir más sobre la necesaria regulación de los mercados, los servicios que debería prestar el Estado o los sistemas de redistribución de la renta. Tras impartir clase en la UCA los veranos del 88 y 89, y convivir con Ellacuría y varios de sus compañeros aprendiendo mucho de ellos, estuve con él en Deusto pocos días antes de su asesinato: comentamos cómo la situación en El Salvador se había hecho mucho más peligrosa, pero Ellacuría decidió volver.
La vida en El Salvador, veintiún años después, sigue siendo muy complicada: pobreza, desigualdad, violencia, falta de futuro. Y las recetas que a mí se me ocurren siguen siendo las mismas: promover un mercado que funcione eficientemente y una autoridad económica que lo regule, lo complemente y redistribuya la renta. Lo que pasa es que todo esto lo debemos leer hoy desde la perspectiva de la crisis que comenzó en el verano de 2007 y se consolidó en 2008.
La crisis ha servido para que todos nos demos cuenta de que vivimos en un sistema económico globalizado. Esto ya lo sabíamos, pero parece que la crisis nos lo ha dejado más claro. Y en estas circunstancias muchas regulaciones tienen que ser globales: evidentes fallos en la regulación y la supervisión financieras en EE UU han sido uno de los claros detonantes de la crisis. No es admisible en nuestro mundo actual que las diferencias regulatorias lleven la actividad financiera a aquellos lugares menos regulados, pues las consecuencias luego las sufrimos todos. Como tampoco es de recibo que sigan existiendo paraísos fiscales. Desgraciadamente, el G-20 y otras instituciones similares avanzan muy lentos por este camino, pero ha llegado el momento de plantearse muy en serio que habremos de renunciar a cierta soberanía, trasladando algunas capacidades de regulación a entes supranacionales. Otro de los elementos que se ha puesto de manifiesto es la debilidad del entramado jurídico-financiero anglosajón. Durante muchos años, brillantes especialistas nos han explicado las bondades del sistema que ha regido en EE UU, Reino Unido y demás países de cultura anglosajona, frente a los, un poco caducos, sistemas de la Europa continental; y nosotros lo hemos ido copiando. Creo que hay que revisar todo esto. Y en un mundo globalizado debe haber sistemas de redistribución de la renta a nivel global. Yo creo que siempre debería haber sido así, pero la globalización de la economía lo hace más patente. De hecho, la Doctrina Social de Iglesia ha pedido desde hace mucho tiempo instituciones supranacionales que encaminen la economía al bien común; tal vez la crisis nos ayude a profundizar en esta convicción.
Como ya comentaba hace más de veinte años con Ignacio Ellacuría, yo creo en el fundamental papel del mercado en la economía, pero también en la necesidad de la actuación de las autoridades económicas para hacer que los mercados funcionen correctamente, sin monopolios, sin abusos, sin engaños, sin privilegios. Y una parte de esa regulación ha de ser global, como global debe ser una parte muy importante de la redistribución. Si las instituciones de los países pobres logran mejorar su eficiencia, disminuir la corrupción y la arbitrariedad, a la vez que se establecen mecanismos supranacionales que mejoren la regulación y la justicia en la distribución de la renta, estaremos caminando hacia un mundo más parecido a aquél por el que lucharon Ellacuría y sus compañeros.
Releía hace unos meses la jugosa polémica entre Umberto Eco y el cardenal Martini sobre la ética, en la que Eco afirmaba: «La fuerza de una ética se juzga por el comportamiento de los santos»; creo que personajes como Ellacuría que ofrecieron su vida por los más débiles dicen mucho a favor de la ética cristiana.
Al escribir estas líneas también me he acordado de otros dos profesores de la UCA, el jesuita Jaime Loring, profesor de finanzas en ETEA (Córdoba), ya jubilado, y Luis de Sebastián, fallecido el año pasado, que dedicó bastantes años de su vida a la Compañía y fue profesor de Economía en Esade. Los dos han trabajado por buscar la justicia dentro de las posibilidades que el mundo actual nos brinda, y tratando los temas con rigor académico; eso es lo que Ellacuría quería en su Universidad. La crisis ha puesto de manifiesto importantes puntos débiles del sistema de economía de mercado, precisamente en los mercados más desarrollados; al hacer los ajustes necesarios tenemos también una oportunidad para mejorar lo que siempre ha funcionado mal: las economías de los países más pobres.
FERNANDO GÓMEZ-BEZARES, CATEDRÁTICO DE FINANZAS DE LA UNIVERSIDAD DE DEUSTO. Fuente: Diariovasco.com
martes, 16 de noviembre de 2010
sábado, 13 de noviembre de 2010
Por su nombre
Comentario al Evangelio del domingo, XXXIII del tiempo ordinario (Lucas 21,5-19), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm.
El Evangelio de este domingo nos deja una sensación agridulce, con un cierto desconcierto. Las diversas respuestas de Jesús, indicaban a sus oyentes que todo estaba inacabado, inseguro. Hasta la belleza del Templo era frágil y su solidez amenazada: "no quedará piedra sobre piedra". Surgirán profetas falsos una vez más, llegarán guerras, catástrofes, espantos. Y a los discípulos les dirá: os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante gobernadores por causa de mi nombre. Hasta los más cercanos como padres, hermanos, parientes y amigos, los odiarán, los traicionarán e incluso los matarán por causa de su nombre.
Muchas veces ha surgido la tentación de hacer del Cristianismo una especie de vergel, de tranquilo paraíso donde evadirse de un mundo corrupto y caduco que se empeña en no vivir "como Dios manda". Pero el Cristianismo no ha sido regalado por Dios como una "burbuja de paz". De hecho, los mejores hijos de la Iglesia han tenido que sufrir persecución, incomprensión y martirio de tantos modos, como la prolongación en la historia de aquél por mi nombre del que nos habla hoy el Evangelio. Vivir en su Nombre, diciendo su Nombre, siendo su Nombre.
Jesús y el Cristianismo no son un sedante para nuestras molestias sociales, ni un barbitúrico para perpetuar privilegios. No provocan alucinaciones sino compromisos. Los cristianos somos llamados a pertenecer a la historia de Aquel que fue anunciado como "signo de contradicción", y que vino a traer el fuego y la espada, es decir portador de la Luz y portavoz de la Verdad en un mundo que con demasiada frecuencia pacta con la oscuridad y la mentira.
Pero este Evangelio, aunque duro, no es desesperanzador. Nos dice Jesús: "no les tengáis miedo". Ha prometido darnos palabras y sabiduría para hacer frente a cualquier adversario. Lo que importa es que esa Presencia y esa Palabra por Él prometidas, resuenen y se reflejen en la vida de la comunidad cristiana y en la de cada cristiano particular.
El Cristianismo no es una aventura para fugarse del mundo, sino una urgencia para transformarlo según el proyecto de Dios, en el Nombre del Señor. Los cristianos no son los del eterno poderío o los de la eterna oposición, sino los eternos discípulos del único Maestro. Poniendo lo mejor de nosotros mismos para que en cada rincón de la historia pueda seguir escuchándose la Buena Noticia de Jesús y haciéndose realidad el don inmerecido de su Reino que la Iglesia en cada época no deja de anunciar.
El Evangelio de este domingo nos deja una sensación agridulce, con un cierto desconcierto. Las diversas respuestas de Jesús, indicaban a sus oyentes que todo estaba inacabado, inseguro. Hasta la belleza del Templo era frágil y su solidez amenazada: "no quedará piedra sobre piedra". Surgirán profetas falsos una vez más, llegarán guerras, catástrofes, espantos. Y a los discípulos les dirá: os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante gobernadores por causa de mi nombre. Hasta los más cercanos como padres, hermanos, parientes y amigos, los odiarán, los traicionarán e incluso los matarán por causa de su nombre.
Muchas veces ha surgido la tentación de hacer del Cristianismo una especie de vergel, de tranquilo paraíso donde evadirse de un mundo corrupto y caduco que se empeña en no vivir "como Dios manda". Pero el Cristianismo no ha sido regalado por Dios como una "burbuja de paz". De hecho, los mejores hijos de la Iglesia han tenido que sufrir persecución, incomprensión y martirio de tantos modos, como la prolongación en la historia de aquél por mi nombre del que nos habla hoy el Evangelio. Vivir en su Nombre, diciendo su Nombre, siendo su Nombre.
Jesús y el Cristianismo no son un sedante para nuestras molestias sociales, ni un barbitúrico para perpetuar privilegios. No provocan alucinaciones sino compromisos. Los cristianos somos llamados a pertenecer a la historia de Aquel que fue anunciado como "signo de contradicción", y que vino a traer el fuego y la espada, es decir portador de la Luz y portavoz de la Verdad en un mundo que con demasiada frecuencia pacta con la oscuridad y la mentira.
Pero este Evangelio, aunque duro, no es desesperanzador. Nos dice Jesús: "no les tengáis miedo". Ha prometido darnos palabras y sabiduría para hacer frente a cualquier adversario. Lo que importa es que esa Presencia y esa Palabra por Él prometidas, resuenen y se reflejen en la vida de la comunidad cristiana y en la de cada cristiano particular.
El Cristianismo no es una aventura para fugarse del mundo, sino una urgencia para transformarlo según el proyecto de Dios, en el Nombre del Señor. Los cristianos no son los del eterno poderío o los de la eterna oposición, sino los eternos discípulos del único Maestro. Poniendo lo mejor de nosotros mismos para que en cada rincón de la historia pueda seguir escuchándose la Buena Noticia de Jesús y haciéndose realidad el don inmerecido de su Reino que la Iglesia en cada época no deja de anunciar.
jueves, 11 de noviembre de 2010
ESTAR DESPIERTOS, SIN MIEDOS Y AFIANZADOS EN JESÚS
Evangelio correspondiente al domingo 33 del Tiempo Ordinario, Ciclo "C"
(Lucas 21, 5-19)
"A unos que elogiaban las hermosas piedras del templo y la belleza de su ornamentación les dijo:
-Llegará un día en que todo lo que ustedes contemplan será derribado sin dejar piedra sobre piedra.
Le preguntaron:
-Maestro, ¿cuándo sucederá eso y cuál es la señal de que está para suceder?
Respondió:
-¡Cuidado, no se dejen engañar! Porque muchos se presentarán en mi nombre diciendo: Yo soy; ha llegado la hora. No vayan tras ellos. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se asusten. Primero ha de suceder todo eso; pero el fin no llega en seguida. Entonces les dijo:
-Se alzará pueblo contra pueblo, reino contra reino; habrá grandes terremotos, en diversas regiones habrá hambres y pestes, y en el cielo señales grandes y terribles.
Pero antes de todo eso los detendrán, los perseguirán, los llevarán a las sinagogas y las cárceles, los conducirán ante reyes y magistrados a causa de mi nombre, y así tendrán la oportunidad de dar testimonio de mí.
Háganse el propósito de no preparar su defensa; yo les daré una prudencia y una elocuencia que ningún adversario podrá resistir ni refutar.
Hasta sus padres y hermanos, parientes y amigos los entregarán y algunos de ustedes serán ajusticiados; y todos los odiarán a causa de mi nombre. Sin embargo no se perderá ni un pelo de su cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas."
Esta semana 33 del Tiempo Ordinario nos aproxima cada vez más al Adviento, que es un tiempo especial dedicado a prepararnos para acoger la Encarnación de Dios en este mundo. Por eso, la liturgia nos invita a centrar toda nuestra atención en lo que es significativo y no en lo superficial de la vida.
El evangelio de este domingo (Lc. 21, 5-19) se desarrolla a partir de una reacción de Jesús ante quienes están centrados en lo superficial, en la belleza cosmética del templo, y por eso mismo están distraídos de lo que vale realmente en la vida. Como diría un gran amigo: están bajo el influjo de la globalización de la superficialidad.
El evangelio dice, que como algunos ponderaban del templo la solidez de su construcción y la belleza de sus adornos, Jesús profetizó: días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido. Y cómo no va a hablarles de esa manera, si estaban embebidos en lo externo del tempo y no en lo interno del santuario de Dios.
Hace poco, un gran cristiano dijo a sus amigos de camino: el gran problema que tenemos, no son los números sino que estamos distraídos. Y añadió: somos buenos, pero estamos distraídos. No hay maldad, ni clara infidelidad en la mayoría, pero falta fuego, y esto, porque estamos distraídos. Nos falta concentrarnos en Cristo.
A los que estaban en el templo embebidos por su belleza exterior, les faltaba fuego, les faltaba centrarse en lo que lleva por dentro el tempo, que es la vida. Así lo afirma el profeta Ezequiel (47, 1-2.8-9.12), porque al templo de Dios no se le contempla por fuera sino por dentro, para captar el agua que mana de su corazón para recorrer caminos despertando vida. Y no sólo hay que hacerlo con el templo de piedra que antiguamente era el santuario de Dios, sino, contemplar así también a cada hombre y cada mujer, porque son el templo y santuario especial de Dios.
Jesús dirá a todos: distraídos como andan ustedes, cualquier novedad o cualquier estremecimiento de los tiempos actuales los va a tambalear. Por eso conviene que se cuiden de los engaños y que no los domine el pánico. Con esto nos está invitando Jesús a lo más básico del discernimiento que es estar alerta y no tener miedo.
También dirá Jesús: aunque sean perseguidos por mi causa, no tienen que preparar de antemano su defensa, porque Yo les daré palabras sabias. Es decir, aunque lo que hagan por el evangelio les cueste la vida, no se aferren a su sabiduría. Confíen en mí, Yo seré su defensa. Incluso, si los traiciona su propia gente, manténganse firmes y conseguirán la vida. Que equivale a decir: manténganse afianzados y apostando, sigan haciendo caminos sin rigideces sino centrados, y verán amaneceres nuevos. Conseguirán la vida.
Que Dios nos dé la gracia de estar atentos a lo que pasa en el mundo, sin paralizarnos por el miedo ni aferremos a nuestros criterios o convicciones, sino exponiéndonos abiertamente a su gracia y a su sabiduría, para mantenernos afianzados en Él, y así logremos la sintonía con la gran novedad de Dios que acontece en los vaivenes del tiempo presente.
Gustavo Albarrán, S.J.
Carta de un sacerdote uruguayo viviendo en Angola.
Soy un simple sacerdote católico uruguayo que hace 20 años vivo en Angola. Me siento feliz y orgulloso de mi vocación. Me da un gran dolor por el profundo mal que sacerdotes, que deberían ser señales del amor de Dios, sean un puñal en la vida de inocentes. No hay palabras que justifique tales repugnantes actos.
Veo en muchos medios de información, la ampliación del tema en forma morbosa, investigando en detalles la vida de algún sacerdote pedófilo. Así aparece uno de una ciudad de USA, de la década del 70, otro en Australia de los años 80 y así de frente, otros casos recientes… ¡Es curiosa la poca noticia y desinterés por miles y miles de sacerdotes que se consumen por millones de niños, por los adolescentes y los más desfavorecidos en los cuatro ángulos del mundo!
Pienso que a los medios de información no les interesa que yo haya tenido que transportar, por caminos minados en el año 2002, a muchos niños desnutridos desde Cangumbe a Lwena (Angola), pues ni el gobierno se disponía y las ONG’s no estaban autorizadas. No ha sido noticia que haya tenido que enterrar decenas de pequeños fallecidos entre los desplazados de guerra y los que han retornado; que le hayamos salvado la vida a miles de personas en Moxico mediante el único puesto médico en 90.000 km2, así como con la distribución de alimentos y semillas; que hayamos dado la oportunidad de educación en estos 10 años y escuelas a más de 110.000 niños...
No es de interés que con otros sacerdotes hayamos tenido que socorrer la crisis humanitaria de cerca de 15.000 personas en los acuartelamientos de la guerrilla, después de su rendición, porque no llegaban los alimentos del Gobierno y la ONU. No es noticia que un sacerdote de 75 años, el P. Roberto, por las noches recorra las ciudad de Luanda curando a los chicos de la calle, llevándolos a una casa de acogida, para que se desintoxiquen de la gasolina; que alfabeticen cientos de presos; que otros sacerdotes, como P. Stefano, tengan hogares transitorios para los chicos que son golpeados, maltratados y hasta violados y buscan un refugio.
Tampoco que Fray Maiato con sus 80 años, pase casa por casa confortando los enfermos y desesperados. No es noticia que más de 60.000 de los 400.000 sacerdotes, y religiosos hayan dejado su tierra y su familia para servir a sus hermanos en una leprosería, en hospitales, campos de refugiados, orfanatos para niños acusados de hechiceros o huérfanos de padres que fallecieron con Sida, en escuelas para los más pobres, en centros de formación profesional, en centros de atención a cero positivos…
o en parroquias y misiones dando motivaciones a la gente para vivir y amar.
No es noticia que mi amigo, el P. Marcos Aurelio, por salvar a unos jóvenes durante la guerra en Angola, lo hayan transportado de Kalulo a Dondo y volviendo a su misión haya sido ametrallado en el camino; que el hermano Francisco, con cinco señoras catequistas, por ir a ayudar a las áreas rurales más recónditas hayan muerto en un asalto en la calle; que decenas de misioneros en Angola hayan muerto por falta de socorro sanitario, por una simple malaria; que otros hayan saltado por los aires, a causa de una mina, visitando a su gente. En el cementerio de Kalulo están las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la región… Ninguno pasa los 40 años.
No es noticia acompañar la vida de un Sacerdote “normal” en su día a día, en sus dificultades y alegrías consumiendo sin ruido su vida a favor de la comunidad que sirve. La verdad es que no procuramos ser noticia, sino simplemente llevar la Buena Noticia, esa noticia que sin ruido comenzó en la noche de Pascua. Hace más ruido un árbol que cae, que un bosque que crece.
No pretendo hacer una apología de la Iglesia y ni de los sacerdotes. El sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. Es un simple hombre, que con su humanidad busca seguir a Jesús y servir sus hermanos.
Pbro. Martín Lasarte (salesiano) - Angola
Veo en muchos medios de información, la ampliación del tema en forma morbosa, investigando en detalles la vida de algún sacerdote pedófilo. Así aparece uno de una ciudad de USA, de la década del 70, otro en Australia de los años 80 y así de frente, otros casos recientes… ¡Es curiosa la poca noticia y desinterés por miles y miles de sacerdotes que se consumen por millones de niños, por los adolescentes y los más desfavorecidos en los cuatro ángulos del mundo!
Pienso que a los medios de información no les interesa que yo haya tenido que transportar, por caminos minados en el año 2002, a muchos niños desnutridos desde Cangumbe a Lwena (Angola), pues ni el gobierno se disponía y las ONG’s no estaban autorizadas. No ha sido noticia que haya tenido que enterrar decenas de pequeños fallecidos entre los desplazados de guerra y los que han retornado; que le hayamos salvado la vida a miles de personas en Moxico mediante el único puesto médico en 90.000 km2, así como con la distribución de alimentos y semillas; que hayamos dado la oportunidad de educación en estos 10 años y escuelas a más de 110.000 niños...
No es de interés que con otros sacerdotes hayamos tenido que socorrer la crisis humanitaria de cerca de 15.000 personas en los acuartelamientos de la guerrilla, después de su rendición, porque no llegaban los alimentos del Gobierno y la ONU. No es noticia que un sacerdote de 75 años, el P. Roberto, por las noches recorra las ciudad de Luanda curando a los chicos de la calle, llevándolos a una casa de acogida, para que se desintoxiquen de la gasolina; que alfabeticen cientos de presos; que otros sacerdotes, como P. Stefano, tengan hogares transitorios para los chicos que son golpeados, maltratados y hasta violados y buscan un refugio.
Tampoco que Fray Maiato con sus 80 años, pase casa por casa confortando los enfermos y desesperados. No es noticia que más de 60.000 de los 400.000 sacerdotes, y religiosos hayan dejado su tierra y su familia para servir a sus hermanos en una leprosería, en hospitales, campos de refugiados, orfanatos para niños acusados de hechiceros o huérfanos de padres que fallecieron con Sida, en escuelas para los más pobres, en centros de formación profesional, en centros de atención a cero positivos…
o en parroquias y misiones dando motivaciones a la gente para vivir y amar.
No es noticia que mi amigo, el P. Marcos Aurelio, por salvar a unos jóvenes durante la guerra en Angola, lo hayan transportado de Kalulo a Dondo y volviendo a su misión haya sido ametrallado en el camino; que el hermano Francisco, con cinco señoras catequistas, por ir a ayudar a las áreas rurales más recónditas hayan muerto en un asalto en la calle; que decenas de misioneros en Angola hayan muerto por falta de socorro sanitario, por una simple malaria; que otros hayan saltado por los aires, a causa de una mina, visitando a su gente. En el cementerio de Kalulo están las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la región… Ninguno pasa los 40 años.
No es noticia acompañar la vida de un Sacerdote “normal” en su día a día, en sus dificultades y alegrías consumiendo sin ruido su vida a favor de la comunidad que sirve. La verdad es que no procuramos ser noticia, sino simplemente llevar la Buena Noticia, esa noticia que sin ruido comenzó en la noche de Pascua. Hace más ruido un árbol que cae, que un bosque que crece.
No pretendo hacer una apología de la Iglesia y ni de los sacerdotes. El sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. Es un simple hombre, que con su humanidad busca seguir a Jesús y servir sus hermanos.
Pbro. Martín Lasarte (salesiano) - Angola
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sábado, 6 de noviembre de 2010
EL TIEMPO DE DIOS ES PERFECTO
Aportes para la HOMILÍA del domingo 32 del Tiempo Ordinario – Ciclo “C” (Lucas 20, 27-38)
Estamos ya en la Semana 32 del Tiempo Ordinario. Pronto terminará este tiempo, dando paso al Adviento. El evangelio de este domingo propone que pongamos lejos nuestra esperanza, invitándonos a reflexionar sobre la vida futura, después de la resurrección, y su relación con la vida presente.
Hace apenas unos días celebramos el día de todos los santos y el de todos los difuntos. Realidades que están muy relacionadas con el evangelio de este domingo. Santidad y muerte, desde perspectiva espiritual, son inseparables. Crecer en santidad exige morir a lo caduco, al pasado y al pecado. Y adentrarnos a la muerte supone el despojo de aquello a lo que nos aferramos, condición necesaria para el camino de santidad.
El evangelista Lucas (20, 27-38) nos dice que los saduceos, a partir de la situación de una mujer difunta que estuvo casada con siete hermanos, también difuntos, preguntaron a Jesús: ¿de cuál de los siete hermanos va a ser esposa cuando llegue la resurrección de los muertos? Un aspecto que remite directamente al planteamiento sobre lo que va a pasar después de la muerte. Es decir, si la vida futura es distinta o continuidad de la actual.
A la pregunta por lo que pasará en el futuro con la mujer difunta y sus 7 esposos del pasado, Jesús responde: En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, a los que Dios resucite, ni se casarán ni morirán, porque serán como ángeles e hijos de Dios. Esta respuesta de Jesús es novedosa, ya que lo mismo puede decirse de muchos otros aspectos de la vida, que siendo tan importantes como el matrimonio, ni van más allá de la muerte, ni tienen prestancia alguna delante de Dios.
La expresión “serán como ángeles” nos habla del futuro, pero también del presente. En su sencillez, esto quiere decir que nuestro futuro es la libertad e integridad total que nos regala la resurrección, poniéndonos delante de un Dios que se alegra ya que nos ama por ser sus hijos. Junto a Él viviremos sin las limitaciones propias del tiempo presente. Y también quiere decir que aquí en la tierra hemos de transitar el camino de la santidad, que no es otro que el camino de la bondad. Y esto sí que tiene importancia para la fe, porque plantea claramente que sólo el amor tiene prestancia ante la vida y ante Dios.
La pregunta más importante no es, si la vida futura es distinta o es continuidad de la actual. Porque el asunto no es qué pasa después de la vida, sino, qué pasa antes de la muerte, qué hacemos en nuestro aquí y ahora con los demás. Tendríamos más bien que preguntarnos: ¿Hay vida de calidad para todos antes de la muerte? ¿Cuido que nadie lo pase mal? ¿Estoy valorando aquí en la tierra lo que, ni vale para la vida, porque tiene sus días contados, y, ni vale para Dios, porque no encaja en su concepción del amor? Esto es lo que permite experimentar que el tiempo de Dios es perfecto (Cf. Eclesiastés 3,11).
El evangelio de esta semana es una auténtica llamada al discernimiento. Porque nuestro Dios es un Dios de vivos y no de lo que está muerto.
Gustavo Albarrán, S.J.
Estamos ya en la Semana 32 del Tiempo Ordinario. Pronto terminará este tiempo, dando paso al Adviento. El evangelio de este domingo propone que pongamos lejos nuestra esperanza, invitándonos a reflexionar sobre la vida futura, después de la resurrección, y su relación con la vida presente.
Hace apenas unos días celebramos el día de todos los santos y el de todos los difuntos. Realidades que están muy relacionadas con el evangelio de este domingo. Santidad y muerte, desde perspectiva espiritual, son inseparables. Crecer en santidad exige morir a lo caduco, al pasado y al pecado. Y adentrarnos a la muerte supone el despojo de aquello a lo que nos aferramos, condición necesaria para el camino de santidad.
El evangelista Lucas (20, 27-38) nos dice que los saduceos, a partir de la situación de una mujer difunta que estuvo casada con siete hermanos, también difuntos, preguntaron a Jesús: ¿de cuál de los siete hermanos va a ser esposa cuando llegue la resurrección de los muertos? Un aspecto que remite directamente al planteamiento sobre lo que va a pasar después de la muerte. Es decir, si la vida futura es distinta o continuidad de la actual.
A la pregunta por lo que pasará en el futuro con la mujer difunta y sus 7 esposos del pasado, Jesús responde: En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, a los que Dios resucite, ni se casarán ni morirán, porque serán como ángeles e hijos de Dios. Esta respuesta de Jesús es novedosa, ya que lo mismo puede decirse de muchos otros aspectos de la vida, que siendo tan importantes como el matrimonio, ni van más allá de la muerte, ni tienen prestancia alguna delante de Dios.
La expresión “serán como ángeles” nos habla del futuro, pero también del presente. En su sencillez, esto quiere decir que nuestro futuro es la libertad e integridad total que nos regala la resurrección, poniéndonos delante de un Dios que se alegra ya que nos ama por ser sus hijos. Junto a Él viviremos sin las limitaciones propias del tiempo presente. Y también quiere decir que aquí en la tierra hemos de transitar el camino de la santidad, que no es otro que el camino de la bondad. Y esto sí que tiene importancia para la fe, porque plantea claramente que sólo el amor tiene prestancia ante la vida y ante Dios.
La pregunta más importante no es, si la vida futura es distinta o es continuidad de la actual. Porque el asunto no es qué pasa después de la vida, sino, qué pasa antes de la muerte, qué hacemos en nuestro aquí y ahora con los demás. Tendríamos más bien que preguntarnos: ¿Hay vida de calidad para todos antes de la muerte? ¿Cuido que nadie lo pase mal? ¿Estoy valorando aquí en la tierra lo que, ni vale para la vida, porque tiene sus días contados, y, ni vale para Dios, porque no encaja en su concepción del amor? Esto es lo que permite experimentar que el tiempo de Dios es perfecto (Cf. Eclesiastés 3,11).
El evangelio de esta semana es una auténtica llamada al discernimiento. Porque nuestro Dios es un Dios de vivos y no de lo que está muerto.
Gustavo Albarrán, S.J.
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viernes, 5 de noviembre de 2010
Eternidad, no longevidad
Evangelio del domingo XXXII del tiempo ordinario (Lucas 20,27-38)
Se acercaron entonces unos saduceos, los que niegan la resurrección, y le preguntaron:
-Maestro, Moisés nos ordenó que si un hombre casado muere sin hijos, su hermano se case con la viuda, para dar descendencia al hermano difunto.
Ahora bien, eran siete hermanos. El primero se casó y murió sin dejar hijos. Lo mismo el segundo y el tercero se casaron con ella; igual los siete, que murieron sin dejar hijos. Después murió la mujer. Cuando resuciten, ¿de quién será esposa la mujer? Porque los siete fueron maridos suyos.
Jesús les respondió:
-Los que viven en este mundo toman marido o mujer. Pero los que sean dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no tomarán marido ni mujer; porque ya no pueden morir y son como ángeles; y, habiendo resucitado, son hijos de Dios.
Y que los muertos resucitan lo indica también Moisés, en lo de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven.
__________
De la mano de San Lucas el año litúrgico va llegando a su fin, y con él también su relato viajero de la subida de Jesús a Jerusalén, término de su vida terrestre. Por eso el tema que nos acompañará en estos tres últimos domingos de nuestro año cristiano, será el tema del paso a la vida nueva.
Es posible que algunas predicaciones sobre los "novísimos" (muerte, juicio, eternidad) se hayan hecho inadecuadamente, generando más un pánico temeroso que una esperanza serena. La Iglesia, fiel a la herencia de su Señor, no pretende acorralar entre miedos y amenazas la libertad del hombre. No obstante, no por ello puede callarse sobre la suerte feliz o infeliz que a todos nos espera en la tierra definitiva, en ese hogar del Padre Dios en el que Jesús nos ha preparado morada.
Pero no es lo mismo creer en la vida eterna que en la vida larga, y hoy se practica un frenético culto a la vida larga con toda una ascética casi religiosa: aerobic, herbolarios, dietas alimenticias, naturismo... todo lo cual, obviamente, está bien, pero deja de estarlo cuando achata el horizonte existencial del hombre, cuando reduce el aprecio y la pasión por la vida a una cuestión de estética o de cosmética. Confundir la felicidad con una fórmula antiarruga o con un plan adelgazante, es cambiar la eternidad por la longevidad, la casa de Dios por el gimnasio o la sauna, la adhesión a la vida toda por el apego a la mocedad.
Habrá un momento de gran verdad para todos, un momento en el que se veri-ficará (hacer la verdad) nuestra vida: el momento de la muerte. Entonces, desnudos de poses y de intereses creados, podremos veri-ficar aquello que decía san Francisco: "somos lo que somos ante Dios, y nada más" (Admonición 19).
La eternidad ya ha comenzado para nosotros con la vida. Somos inmortales. Vivir teniendo presente este momento significa vivir con la voluntad de no querer improvisarlo como quien se resiste ante un encuentro indeseado pero inevitable. Más bien es vivir en lo cotidiano siendo lo que somos en la mente y en el corazón de Dios, es decir, realizando su diseño, su designio sobre nosotros, su proyecto sobre todos y cada uno. Nuestro corazón nos reclama que las cosas más bellas, las más amadas, empezando por la misma vida y el mismo amor, no tengan ocaso. Este es nuestro destino feliz, bienaventurado y dichoso, que ha comenzado ya aunque todavía no haya llegado a su plena manifestación.
Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm
Se acercaron entonces unos saduceos, los que niegan la resurrección, y le preguntaron:
-Maestro, Moisés nos ordenó que si un hombre casado muere sin hijos, su hermano se case con la viuda, para dar descendencia al hermano difunto.
Ahora bien, eran siete hermanos. El primero se casó y murió sin dejar hijos. Lo mismo el segundo y el tercero se casaron con ella; igual los siete, que murieron sin dejar hijos. Después murió la mujer. Cuando resuciten, ¿de quién será esposa la mujer? Porque los siete fueron maridos suyos.
Jesús les respondió:
-Los que viven en este mundo toman marido o mujer. Pero los que sean dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no tomarán marido ni mujer; porque ya no pueden morir y son como ángeles; y, habiendo resucitado, son hijos de Dios.
Y que los muertos resucitan lo indica también Moisés, en lo de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven.
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De la mano de San Lucas el año litúrgico va llegando a su fin, y con él también su relato viajero de la subida de Jesús a Jerusalén, término de su vida terrestre. Por eso el tema que nos acompañará en estos tres últimos domingos de nuestro año cristiano, será el tema del paso a la vida nueva.
Es posible que algunas predicaciones sobre los "novísimos" (muerte, juicio, eternidad) se hayan hecho inadecuadamente, generando más un pánico temeroso que una esperanza serena. La Iglesia, fiel a la herencia de su Señor, no pretende acorralar entre miedos y amenazas la libertad del hombre. No obstante, no por ello puede callarse sobre la suerte feliz o infeliz que a todos nos espera en la tierra definitiva, en ese hogar del Padre Dios en el que Jesús nos ha preparado morada.
Pero no es lo mismo creer en la vida eterna que en la vida larga, y hoy se practica un frenético culto a la vida larga con toda una ascética casi religiosa: aerobic, herbolarios, dietas alimenticias, naturismo... todo lo cual, obviamente, está bien, pero deja de estarlo cuando achata el horizonte existencial del hombre, cuando reduce el aprecio y la pasión por la vida a una cuestión de estética o de cosmética. Confundir la felicidad con una fórmula antiarruga o con un plan adelgazante, es cambiar la eternidad por la longevidad, la casa de Dios por el gimnasio o la sauna, la adhesión a la vida toda por el apego a la mocedad.
Habrá un momento de gran verdad para todos, un momento en el que se veri-ficará (hacer la verdad) nuestra vida: el momento de la muerte. Entonces, desnudos de poses y de intereses creados, podremos veri-ficar aquello que decía san Francisco: "somos lo que somos ante Dios, y nada más" (Admonición 19).
La eternidad ya ha comenzado para nosotros con la vida. Somos inmortales. Vivir teniendo presente este momento significa vivir con la voluntad de no querer improvisarlo como quien se resiste ante un encuentro indeseado pero inevitable. Más bien es vivir en lo cotidiano siendo lo que somos en la mente y en el corazón de Dios, es decir, realizando su diseño, su designio sobre nosotros, su proyecto sobre todos y cada uno. Nuestro corazón nos reclama que las cosas más bellas, las más amadas, empezando por la misma vida y el mismo amor, no tengan ocaso. Este es nuestro destino feliz, bienaventurado y dichoso, que ha comenzado ya aunque todavía no haya llegado a su plena manifestación.
Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm
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San Francisco de Asís,
San Lucas
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