miércoles, 24 de octubre de 2012

Con Ojos Nuevos

Evangelio del Domingo XXX del Tiempo Ordinario /B (Mc 10, 46-52)

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó en compañía de sus discípulos y de mucha gente, un ciego, llamado Bartimeo, se hallaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que el que pasaba era Jesús Nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, hijo se David, ten compasión de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara, pero él seguía gritando todavía más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Jesús se detuvo entonces y dijo: “Llámenlo” Y llamaron al ciego, diciéndole: “¡Animo! Levántate, porque él te llama”. El ciego tiró su manto; de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús. Entonces le dijo Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego le contestó: “Maestro, que pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. Al momento recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino.

La curación del ciego Bartimeo está narrada por Marcos para urgir a las comunidades cristianas a salir de su ceguera y mediocridad. Solo así seguirán a Jesús por el camino del Evangelio. El relato es de una sorprendente actualidad para la Iglesia de nuestros días.

Bartimeo es "un mendigo ciego sentado al borde del camino". En su vida siempre es de noche. Ha oído hablar de Jesús, pero no conoce su rostro. No puede seguirle. Está junto al camino por el que marcha él, pero está fuera. ¿No es esta nuestra situación? ¿Cristianos ciegos, sentados junto al camino, incapaces de seguir a Jesús?

Entre nosotros es de noche. Desconocemos a Jesús. Nos falta luz para seguir su camino. Ignoramos hacia dónde se encamina la Iglesia. No sabemos siquiera qué futuro queremos para ella. Instalados en una religión que no logra convertirnos en seguidores de Jesús, vivimos junto al Evangelio, pero fuera. ¿Qué podemos hacer?

A pesar de su ceguera, Bartimeo capta que Jesús está pasando cerca de él. No duda un instante. Algo le dice que en Jesús está su salvación: "Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí". Este grito repetido con fe va a desencadenar su curación.

Hoy se oyen en la Iglesia quejas y lamentos, críticas, protestas y mutuas descalificaciones. No se escucha la oración humilde y confiada del ciego. Se nos ha olvidado que solo Jesús puede salvar a esta Iglesia. No percibimos su presencia cercana. Solo creemos en nosotros.

El ciego no ve, pero sabe escuchar la voz de Jesús que le llega a través de sus enviados: "Ánimo, levántate, que te llama". Este es el clima que necesitamos crear en la Iglesia. Animarnos mutuamente a reaccionar. No seguir instalados en una religión convencional. Volver a Jesús que nos está llamando. Este es el primer objetivo pastoral.

El ciego reacciona de forma admirable: suelta el manto que le impide levantarse, da un salto en medio de su oscuridad y se acerca a Jesús. De su corazón solo brota una petición: "Maestro, que pueda ver". Si sus ojos se abren, todo cambiará. El relato concluye diciendo que el ciego recobró la vista y "le seguía por el camino".

Esta es la curación que necesitamos hoy los cristianos. El salto cualitativo que puede cambiar a la Iglesia. Si cambia nuestro modo de mirar a Jesús, si leemos su Evangelio con ojos nuevos, si captamos la originalidad de su mensaje y nos apasionamos con su proyecto de un mundo más humano, la fuerza de Jesús nos arrastrará. Nuestras comunidades conocerán la alegría de vivir siguiéndole de cerca.

José Antonio Pagola (B)

miércoles, 17 de octubre de 2012

“¿Qué quieren que haga por ustedes?”

Evangelio del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario/B (Mc 10, 35-45)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte”. Él les dijo: “¿Qué es lo que desean?” Le respondieron: “Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Jesús les replicó: No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?” Le respondieron: “Sí podemos”. Y Jesús les dijo: “Ciertamente pasarán la prueba que yo voy a pasar y recibirán el bautismo con que yo seré bautizado; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, eso es para quienes está reservado”. 


Cuando los otros diez apóstoles oyeron esto, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús reunió entonces a los Doce y les dijo: “Ya saben que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen. Pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos”.

Quién no ha recomendado alguna vez a alguien para obtener un trabajo, para conseguir un cupo en un colegio o para ganarse una beca en una universidad. Quién no ha buscado algún apoyo en personas que tienen cierto influjo social o económico, para alcanzar una determinada meta en su camino. Quién no ha aceptado una sugerencia de alguien que intercede por un ser querido o una persona conocida en un determinado proceso de selección. En el lenguaje cotidiano llamamos palanca a las ayudas que, más o menos legítimamente, se pueden buscar en determinadas situaciones humanas. Normalmente son aceptadas estas prácticas, con la condición de que no busquen, directa o indirectamente, el beneficio de los patrocinadores. Creo que es condenable, incluso penalmente, cuando se exigen contraprestaciones para los padrinos de una determinada persona, sean éstos políticos o personas que ejercen algún tipo de poder.

Es menos común la práctica de auto-recomendarse para determinados cargos políticos, militares o eclesiásticos. Tal vez en los casos de elección popular, cuando los candidatos a un determinado cargo no escatiman esfuerzos por convencer a los electores de su idoneidad para desempeñar ciertas responsabilidades, esta proclamación de las propias virtudes, es legítima y permitida. Pero en otros ámbitos sociales esta forma de proceder, no sólo sería criticable, sino que generaría una reacción contraria. Pensemos en un empleado medio de una gran empresa que se acerca al Presidente de la Compañía para ofrecerse como Gerente General de una sucursal en una ciudad importante... Lo más seguro es que, en lugar de conseguir el ascenso, termine liquidado antes de lo previsto.

En general, no son bien vistas las prácticas de auto-promoción para alcanzar cargos de poder o de influjo. No se imagina uno a un párroco haciendo lobby para conseguir una mitra, o a un obispo buscando, a través de palancas y recomendaciones, un capelo cardenalicio. No parece común que un Coronel esté intrigando para conseguir un ascenso a General, o que un Comandante de Brigada esté maquinando para que lo trasladen a una ciudad más importante. Claro que, como solemos decir a propósito de las brujas, estas formas de proceder no deberían darse, pero que las hay, las hay...

“Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: (...) –Concédenos que en tu reino glorioso nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. Desde luego, esta petición produjo malestar entre los demás discípulos; por eso, Jesús les recordó: “–Como ustedes saben, entre los paganos hay jefes que se creen con derecho a gobernar con tiranía a sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no debe ser así”. Alguien, con mucha ironía, afirmaba que este texto explicaba la razón por la que Santiago es el patrono de España... Entre las muchas cosas que heredamos de la Madre Patria, también está esta forma de proceder tan característica, aunque no exclusiva, de nuestra sangre hispana. Dios, con nuestra ayuda, no permita que nuestra Iglesia, nuestras comunidades, nuestras empresas y nuestras sociedades se dejen invadir por esta plaga que busca el poder para oprimir y no para servir, como lo pretendía el Señor entre sus discípulos más cercanos.

Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

domingo, 14 de octubre de 2012

Vaticano II, una puerta que nosotros debemos mantener abierta

Juan XXIII convocó el Concilio con fines pastorales, no dogmáticos, a diferencia de lo que solía suceder en los primeros tiempos de la Iglesia. Su finalidad no era corregir errores o condenar doctrinas falsas, sino exponer la fe común y animar la vida de los creyentes en las nuevas condiciones culturales y sociales de la modernidad.

Lo convocó sin metas preconcebidos, llamando a los obispos de la Iglesia católica e invitando a teólogos de diversas tendencias (algunos de los cuales habían sido condenados en tiempo de Pío XII), y quiso que se celebrara ante observadores de otras iglesias y comunidades cristianas, como un encuentro de la Iglesia consigo misma y con el mundo. Quizá no sabía del todo lo que podía ser, pero se arriesgo... y fue el mayor acontecimiento cristiano de los últimos siglos.

Se celebró bajo la presidencia del Papa (Juan XXII y después Pablo VI), con gran libertad cristiana, aunque, como es lógico, en medio de tensiones, que aún siguen abiertas. Comenzó hace cincuenta años (11 de Octubre de 1962), y fue inmensamente renovador, aunque tuvo que hacer “concesiones” a los grupos más tradicionales, para lograr un consenso.

Fue una semilla de evangelio, que todavía (tras cincuenta años) no ha logrado fructificar, pues hay varios grupos que han querido y quieren impedirlo, especialmente los “poderes establecidos” del sistema de la Curia Vaticana, que quieren mantener su privilegios y sus estructuras de hace mil años (desde la Reforma Gregoriana del siglo XI d. C.).

Quizá lo hacen “por bien” (es lo que conocen, quieren conservarlo), pero da la impresión de que no quieren arriesgarse (convertirse: Mc 1, 14-16) y vivir el evangelio en pleno mundo, como quiso la mayoría de los “padres” del Vaticano II, cuyas sesiones, documentos y temas quiero hoy recordar, en homenaje a lo que el Concilio ha sido y sigue siendo para nosotros, los que nacimos con él a la vida adulta del cristianismo.

En ese sentido digo que el Concilio ha sido y sigue siendo una puerta abierta, que nadie logrará cerrar, como sabe y dice Ap 3, 8. Una puerta que nosotros, cristianos del siglo XXI, debemos mantener abierta

Sesiones.

1ª sesión 1962. Documentos inadecuados. Se empezaron estudiando y votando esquemas de tipo tradicional, sobre liturgia (De sacra liturgia que luego se llamará Sacrosanctum concilium), revelación (De fontibus revelationis, que luego será Dei Verbum) e Iglesia (De Ecclesia, que luego se llamará Lumen Gentium) etc. Pero los padres conciliares se hallaban divididos, tanto por la amplitud como por el sesgo de los documentos, que parecían de tipo clerical y jurídico, en una línea teológica antigua. Por eso, tras largas y acaloradas discusiones, con apoyo del Papa Juan XXIII, se decidió preparar unos esquemas distintos, de tipo pastoral, ajustados a la nueva situación del mundo y de la Iglesia.

2ª sesión. 1963. Liturgia y medios de comunicación. El 3 de junio del 1963 murió Juan XXIII, y el 21 de ese mismo mes fue elegido papa el cardenal Montini, que tomó el nombre de Pablo VI, anunciando que el concilio continuaría, como sucedió, del 29 de septiembre al 4 de diciembre. En esta segunda sesión, ya en la línea de las indicaciones anteriores (con nuevos esquemas básicos), se discutieron los temas referentes a la Iglesia y al ecumenismo. Sólo se aprobaron los documentos que parecían entonces menos conflictivos (aunque ahora, año 2012) resultan centrales, aunque quizá necesitan ser retomados y retocados: Sobre la liturgia y sobre los Medios de comunicación.

3ª sesión 1964. Libertad religiosa, nueva visión de la iglesia. El Concilio decidió que el tema de la Virgen María no fuera objeto de un documento independiente, sino que se incluyera en el de la Iglesia. Se aprobaron las bases del documento sobre la Revelación, en línea ecuménica, y se estudió de manera apasionada el “Esquema XIII”, sobre la Iglesia en el mundo (que sería aprobado en la sesión final con el título Gaudium et Spes). Se discutió también con dureza, el tema de la libertad religiosa, que marcó un hito en la visión del cristianismo: la mayoría de los padres quiso que en vez de partir de la autoridad de la Iglesia se empezara tratando de la libertad de las personas (como en la Constitución USA del año 1776). Antes que el derecho (y tarea) de la iglesia está el de las personas. Al final de la sesión se aprobaron varios documentos esenciales: la constitución Lumen gentium (sobre la Iglesia) y los decretos sobre el ecumenismo y las Iglesias orientales.

4ª sesión.1965. Una iglesia distinta. Esta sesión se extendió del 14 de septiembre al 8 de diciembre. Se discutieron de nuevo los documentos sobre la Libertad religiosa y sobre la Iglesia en el mundo actual, hasta su aprobación. Pero la mayoría de los documentos (que indicaré a continuación) habían sido preparados ya de tal forma que no necesitaban mayores discusiones, sino que pudieron aprobarse por una mayoría conciliar, cuya visión del mundo y de la Iglesia había ido cambiando sensiblemente, a lo largo de cuatro años de sesiones e “inter-sesiones”, con una gran aportación de las comisiones teológicas. El conjunto de los obispos acabaron pensando de un modo distinto: En cuatro años había cambiado el rostro jerárquico de la Iglesia, de manera que muchos obispos habían descubierto cosas que antes no sabían, en actitud de ecumenismo, de apertura al mundo actual y de búsqueda de bases evangélicas.

Documentos

Se distinguen en Constituciones, de más valor doctrinal (que tratan de la revelación y de la vida de Iglesia), Decretos (que se ocupan de algunos aspectos particulares de la estructura de la Iglesia) y Declaraciones (que tratan en especial de las relaciones de la Iglesia con el mundo.

Constituciones dogmáticas, principios del cristianismo

1. Dei Verbum: Sobre la Divina Revelación, trata básicamente de la Escritura y de su recepción en la Iglesia.
2. Lumen Gentium: Sobre la Iglesia, defiende los principios del Vaticano I, pero los amplía en línea de colegialidad y de conciliaridad.
3. Sacrosanctum Concilium: Sobre la Sagrada Liturgia, ratifica la reforma las celebraciones, que ha de hacerse en las lenguas vivas de las comunidades, adaptada a las nuevas circunstancias culturales y sociales.
4. Gaudium et Spes: Sobre la Iglesia en el mundo actual. Éste es quizá el texto básico del Vaticano II: El concilio acepta la realidad del mundo moderno, con el que la Iglesia debe dialogar, superando así casi quinientos años de “recelo” y oposición a la modernidad.

Decretos, temas de Iglesia
1. Ad Gentes: sobre la actividad misionera de la Iglesia en las nuevas circunstancias políticas, culturales y sociales; el primer texto conciliar de este tipo en la historia de la Iglesia.
2. Presbyterorum Ordinis: sobre el ministerio y vida de los presbíteros.
3. Apostolicam actuositatem: sobre el apostolado de los laicos.
4. Optatam Totius: sobre la formación sacerdotal.
5. Perfectae Caritatis: sobre la adecuada renovación de la vida religiosa.
6. Christus Dominus: sobre el ministerio pastoral de los Obispos.
7. Unitatis Redintegratio: sobre el ecumenismo, en línea de ofrecimiento de paz y comunión, a las iglesias ortodoxas, sobre todo a las de tradición bizantina.
8. Orientalium Ecclesiarum: sobre las Iglesias orientales católicas, es decir, vinculadas a Roma; es un texto que debe vincularse con el anterior.
9. Inter Mirifica: sobre los medios de comunicación social.

Declaraciones, temas universales:

1. Gravissimum Educationis : Sobre la Educación Cristiana. Plantea el tema de la maduración humana, dentro de las nuevas realidades sociales y culturales, con la exigencia de un cambio cultural en la Iglesia; sus propuestas aún no han sido desarrolladas plenamente.
2. Nostra Aetate: Sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Los temas de fondo de este documento se encuentran actualmente en el centro de las discusiones y diálogos de los cristianos con hombres y mujeres de otras tradiciones espirituales, dentro de un mundo plural e interconectado, donde el diálogo se vuelve imprescindible.
3. Dignitatis Humanae: Sobre la libertad religiosa. Fue quizá el documento más discutido del Concilio, pues una parte considerable de los padres conciliares eran contrarios al tipo de libertad religiosa exigido por la modernidad, desde la ilustración; pero al fin se aprobó, sobre bases evangélicas. Este documento se ha convertido en punto de partida del nuevo camino de la Iglesia, aunque tampoco ha sido desarrollado todavía.

Un Concilio abierto

Fue un acontecimiento de gracia. Se celebró en el momento preciso, cuando era ya imposible seguir viviendo del pasado, como vio Juan XXIII, papa carismático, confiando en la capacidad de renovación de la Iglesia y, sobre todo, en el impulso creador de una humanidad en la que Dios está actuando. Supo que el papado era importante, tenía un función única, pero sólo en la medida en que recogía y ratificaba las voces de toda la iglesia (o, quizá de todas las iglesias, incluidas las no católicas), en línea de apertura y de diálogo con el mundo, es decir, con la historia. Éstos son los temas que siguen abiertos tras la celebración del Concilio, pasados cincuenta años:

& Colegialidad.
Ésta fue quizá la experiencia clave del Concilio, el encuentro concreto de unos obispos que, en otro contexto, habían parecido totalmente dependientes del Papa. Reunidos en Concilio, ellos se sintieron responsables de toda la Iglesia, herederos de los «apóstoles», descubriendo así que Pedro (el Papa) no se encuentra fuera, sino dentro del Colegio. Ésta fue una experiencia que debía expresarse en los diversos niveles de la Iglesia:

a. Comunión y compromiso de todos los cristianos, que no son simplemente “auditores”, oyentes, de una palabra ajena, sino portadores de la palabra de Dios, con una capacidad de decisión que nunca debían haber perdido. En esa línea, el Vaticano II descubrió que, en principio, la Iglesia puede y debe superar su organización piramidal (con una autoridad desde lo alto), para recuperar una estructura comunitaria, propia del evangelio, conforme a la doctrina tradicional del “sensus fidelium”, con la certeza de que el conjunto de los cristianos van a mantener vivo el evangelio.

b. Colegialidad de los obispos con el Papa. Éste es un tema que había quedado pendiente desde el Concilio de Constanza (1414-1418), y que ha vuelto a ser central en el Vaticano II. Su texto clave, Lumen Gentium, declara que obispos y Papa son inseparables: ni el Papa puede hablar o actuar por sí mismo (aislándose de los obispos), sino sólo en nombre de ellos; ni los obispos podrán tener autoridad si rompen la unidad de las iglesias, expresada en concreto por el Papa. En esa línea, los responsables de la Iglesia son los obispos, que forman el colegio apostólico, y no los cardenales, que pierden importancia, pues sólo son consejeros y electores del Papa (conforme al Derecho actual).

Dos lecturas del Concilio.
Acabó el año 1965, pero quedaron planteadas y abiertas desde entonces dos “lecturas”, que no pueden oponerse, aunque en principio resultan muy diferentes.

a. Línea más tradicional. Es propia de aquellos que entienden el Concilio como acontecimiento importante, aunque pasajero, de manera que las aguas han de volver a los cauces anteriores, y que así insisten en la autoridad doctrinal y disciplinar del Papa y en el mantenimiento de las estructuras milenarias de una Iglesia que tomó su forma actual en la Reforma Gregoriana (siglo XI). Ésta es la línea que ha triunfado con el Catecismo (CEC) y con el Código de Derecho Canónico (CIC), que no asumen en realidad el Concilio, sino que se oponen a su desarrollo, por miedo, por falsa tradición (o por deseo de control de la Curia Vaticana). Todo ha podido cambiar con el Vaticano II, pero todo ha tendido a quedar igual, por causa del Derecho Canónico (que en ciertos ambientes parece mucho más importante que el Evangelio).

b. Línea de fidelidad conciliar. Otros han entendido el Concilio como experiencia y principio de transformación, es decir, como un esfuerzo por recuperar las raíces de la Iglesia, tal como se fueron expresando en las diversas etapas del primer milenio, no para copiar estructuras e impulsos anteriores, sino para retomar el modelo de vida del Evangelio. Son los que quieren seguir en la línea de la actualización bíblica, de la recuperación de todas las tradiciones, de fidelidad a los signos de los tiempos, desde el impulso de Jesús, en el principio de la Iglesia. Son los que creen que nadie podrá cerrar la puerta del Evangelio.

Dentro de un mundo en cambios.
Se estaban iniciando entonces algunos de los cambios más significativos que han marcado la segunda mitad del siglo XX y el comienzo del XXI:

a. Superación del colonialismo eclesial, vinculado, a la conclusión de una forma de dominación política. En ese contexto hay que hablar de la nueva autonomía (e importancia) de las iglesias de América (y también, en parte, de Asía y de África). El predominio del catolicismo europeo y occidental está tendiendo a desaparecer, con unas consecuencias que pueden implicar el fin de mil seiscientos años de historia helenística y latina.

b. Fin de la cultura única de la Iglesia. Los Padres del Vaticano II fueron al Concilio con la herencia de una cultura casi monolítica, de tipo greco-latino y europeo (occidental). Pero al final de su celebración ellos sabían que, aun habiendo estado vinculada por siglos a la cultura de occidente, con sus valores y defectos, la Iglesia tenía que volverse universal, en diálogo con las diversas culturas de la tierra.

c. Un reto social. El Concilio había querido centrarse en unas afirmaciones “dogmáticas”, en línea teológica (como mostraban los documentos preparatorios), pero al final triunfaron las “preocupaciones” sociales y culturales, de presencia en el mundo y de diálogo humano, en medio de una historia dividida entre el capitalismo y las diversas formas de socialismo/comunismo, en un momento fuerte de guerra fría. La Iglesia volvió a saber que tenía un mensaje trascendente (de presencia de Dios), pero supo que ese mensaje resultaba inseparable de la presencia y acción de los cristianos en el mundo.

En ese contexto quedaba (y sigue quedando) abierto no sólo el tema del papado, por lo que significa y lo que ha realizado en los últimos quince siglos de historia cristiana, sino la autonomía real de cada una de las iglesias católicas. El conjunto de la Iglesia ha descubierto que ella debe plantear el tema de su unidad y diversidad de otra manera.

El Vaticano II no ha terminado todavía... Sigue abierto, y seguirá, aunque algunos quieran cerrarlo. La semilla está echada, es semilla de evangelio.

Xabier Pikaza Ibarrondo

miércoles, 10 de octubre de 2012

Con Jesús en medio de la crisis




Evangelio del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario /B (Mc 10,17-30)

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre”. Entonces él le contestó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven”. Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”. Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes.

Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras; pero Jesús insistió: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”. Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”.

Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ya ves que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte”. Jesús le respondió: “Yo les aseguro: Nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, dejará de recibir, en esta vida, el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, junto con persecuciones, y en el otro mundo, la vida eterna”.

Antes de que se ponga en camino, un desconocido se acerca a Jesús corriendo. Al parecer, tiene prisa para resolver su problema: "¿Qué haré para heredar la vida eterna?". No le preocupan los problemas de esta vida. Es rico. Todo lo tiene resuelto.

Jesús lo pone ante la Ley de Moisés. Curiosamente, no le recuerda los diez mandamientos, sino solo los que prohíben actuar contra el prójimo. El joven es un hombre bueno, observante fiel de la religión judía: "Todo eso lo he cumplido desde pequeño".

Jesús se le queda mirando con cariño. Es admirable la vida de una persona que no ha hecho daño a nadie. Jesús lo quiere atraer ahora para que colabore con él en su proyecto de hacer un mundo más humano, y le hace una propuesta sorprendente: "Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres... y luego sígueme". El rico posee muchas cosas, pero le falta lo único que permite seguir a Jesús de verdad. Es bueno, pero vive apegado a su dinero. Jesús le pide que renuncie a su riqueza y la ponga al servicio de los pobres. Solo compartiendo lo suyo con los necesitados, podrá seguir a Jesús colaborando en su proyecto.

El joven se siente incapaz. Necesita bienestar. No tiene fuerzas para vivir sin su riqueza. Su dinero está por encima de todo. Renuncia a seguir a Jesús. Había venido corriendo entusiasmado hacia él. Ahora se aleja triste. No conocerá nunca la alegría de colaborar con Jesús.

La crisis económica nos está invitando a los seguidores de Jesús a dar pasos hacia una vida más sobria, para compartir con los necesitados lo que tenemos y sencillamente no necesitamos para vivir con dignidad. Hemos de hacernos preguntas muy concretas si queremos seguir a Jesús en estos momentos.

Lo primero es revisar nuestra relación con el dinero: ¿Qué hacer con nuestro dinero? ¿Para qué ahorrar? ¿En qué invertir? ¿Con quiénes compartir lo que no necesitamos? Luego revisar nuestro consumo para hacerlo más responsable y menos compulsivo y superfluo: ¿Qué compramos? ¿Dónde compramos? ¿Para qué compramos?

¿A quiénes podemos ayudar a comprar lo que necesitan?

Son preguntas que nos hemos de hacer en el fondo de nuestra conciencia y también en nuestras familias, comunidades cristianas e instituciones de Iglesia. No haremos gestos heroicos, pero si damos pequeños pasos en esta dirección, conoceremos la alegría de seguir a Jesús contribuyendo a hacer la crisis de algunos un poco más humana y llevadera. Si no es así, nos sentiremos buenos cristianos, pero a nuestra religión le faltará alegría.

José Antonio Pagola

martes, 9 de octubre de 2012

Jesucristo, Primer y Gran Evangelizador

La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana, tema de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, nos guía hacia Jesucristo, fuente inagotable de toda evangelización. En la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi el Siervo de Dios, Papa Pablo VI, quiso recapitular los trabajos de la III Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (27 de septiembre - 26 de octubre de 1974) sobre el tema La evangelización en el mundo moderno y escribió: “Durante el Sínodo, los obispos han recordado con frecuencia esta verdad: Jesús mismo, Evangelio de Dios, ha sido el primero y el más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena” (EN 7). También nosotros, reunidos en la XIII Asamblea General Ordinaria, en continuidad con nuestros predecesores, deseamos partir nuevamente desde Jesucristo, “el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22, 13), en la reflexión sobre la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana .

Al respecto, en las catacumbas de Priscila hay una pintura sumamente rica de contenido teológico que representa a Jesucristo como el Buen Pastor. El Señor lleva sobre sus hombros a una oveja descarriada y que él, dejando a las otras noventa y nueve, había ido a buscar hasta encontrarla. La imagen es una representación artística de la parábola de la oveja descarriada (cfr. Lc 15, 1-7; Mt 18, 12-14). Jesucristo, el Buen Pastor, cumple lo que Dios había ya prometido en el Antiguo Testamento: “Buscaré la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma; pero a la que esté gorda y robusta la exterminaré; las pastorearé con justicia” (Ez 34, 16). En la pintura se percibe de modo particular la alegría del Pastor que vuelve a llevar a la oveja a su redil. Se reconocen las palabras del evangelista Mateo: “Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas” (Mt 18, 13).

En torno al Buen Pastor pacen tranquilamente dos ovejas. Son ovejas fieles, que siempre han estado con el Señor. Ellas conocen a su Pastor (cfr. Jn 10, 14), que las llama a cada una por su nombre (cfr. Jn 10, 3). A los lados se encuentran dos árboles verdes, sobre cuyas ramas se han posado dos palomas que llevan en su pico dos ramos de olivo. La imagen, por lo tanto, recuerda otros pasajes de la Biblia que se refieren al crecimiento del Reino de los cielos que “es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo puso en su huerto; creció, hasta hacerse árbol y las aves del cielo anidaron en sus ramas” (Lc 13, 19; cfr. Mc 4, 31; Mt 13, 31). Además, los ramos de olivo se refieren a la experiencia de Noé, que supo que las aguas habían terminado de bajar cuando una paloma regresó al arca trayendo en su pico “una rama verde de olivo” (Gn 8, 11). Con su llegada, Jesús, el Buen Pastor, inaugura la salvación del mundo, trayendo, por medio del sacrificio en la cruz, la armonía y la paz: Él es “nuestra paz” (Ef 2, 14).

La imagen de Jesús, el Buen Pastor, incluyendo la de las catacumbas de Priscila, es un ejemplo acabado de inculturación del mensaje cristiano en la cultura greco-romana. A los ciudadanos del imperio romano la pintura les recuerda la representación de Hermes, el así llamado Hermes Crióforo, que lleva en sus hombros un cordero y que guía el rebaño. En este símbolo se puede entrever la invitación, sumamente actual, de presentar al Evangelio de Jesucristo, siempre el mismo, a la cultura de los hombres que, a su vez, deben ser purificados y elevados a la Buena Nueva del Señor Jesús, único Salvador del mundo (cfr. Hch 4,12).

Entre las ovejas que el Buen Pastor ha llevado al redil se distinguen los santos y, en especial, a los grandes evangelizadores como Pedro y también Pablo, el cual se asocia en modo especial a los otros apóstoles. Como en el Cenáculo, un lugar especial está ocupado por la Beata Virgen María, madre de Jesús y madre de la Iglesia, Estrella de la Nueva Evangelización. El jueves 4 de octubre de 2012, en Loreto, el Santo Padre Benedicto XVI ha implorado su protección materna durante los trabajos sinodales y el Año de la Fe. Entre la gran legión de beatos y santos que han seguido su ejemplo durante la historia de la Iglesia debemos recordar especialmente al Beato Papa Juan Pablo II, quien durante su pontificado se ha dedicado a promover la nueva evangelización y que desde el cielo seguirá nuestros trabajos. 

Durante la presente Asamblea Sinodal aumentará el número de santos, dado que el Obispo de Roma canonizará otros siete el próximo 21 de octubre. A su intercesión, así como también a la de los santos San Juan de Ávila y Santa Hildegarda de Bingen, nuevos Doctores de la Iglesia, encomendamos los trabajos de la Asamblea Sinodal para que se pueda hacer realidad la palabra de Jesucristo, el Buen Pastor: “También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a esas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor” (Jn 10, 16).

domingo, 7 de octubre de 2012

Un Concilio sin marcha atrás

Se celebran este mes de octubre los 50 años de la inauguración del Concilio Vaticano II. No podemos desligar el Concilio del pasado que lo hizo posible, gracias a la aparición de una serie de movimientos que lo favorecieron (renovación bíblica, patrística, litúrgica; movimientos ecuménico y social; teología y promoción del laicado; diálogo con la cultura, etc.). Pero tampoco podemos desligarlo del futuro que lo ha recibido. Un acontecimiento tiene valor histórico por sus repercusiones. Éstas también forman parte del acontecimiento. Renegar del pasado es estrechar nuestra identidad; quedarnos en el pasado es vivir de fantasmas e ilusiones; el pasado forma parte de nuestro presente. Pero siempre abiertos al futuro, porque la vida es dinámica y susceptible de enriquecerse con nuevas oportunidades.

El Vaticano II es, según Benedicto XVI, una brújula segura para orientarnos en los caminos del presente. El Concilio, mal que les pese a algunos, no tiene marcha atrás. Si no hubiera sucedido, probablemente, hoy estaríamos eclesialmente peor. El Espíritu Santo guía a la Iglesia para que las cosas ocurran en el momento oportuno. Seguramente el tiempo del Concilio fue el adecuado, aquel en el que se dieron una serie de circunstancias que lo hicieron posible. Aquí están sus textos, que son su mejor herencia, y que permanecen para todo el que quiera acudir a ellos. Textos abiertos a nuevas posibilidades, susceptibles de engendrar nuevas tareas, textos condicionados por un tiempo y un contexto, pero que leídos en nuevos tiempos y contextos pueden desarrollar virtualidades imprevistas. La letra del Concilio es muy importante. Pero también lo es el impulso que desencadenó, un impulso que exige estar en permanente estado de renovación.

Siendo muy importante lo que dijo el Concilio, probablemente es tan importante o más la impresión que ha dejado y el talante que todavía hoy provoca. Estar “a favor” del Concilio es algo más que estar de acuerdo con lo escrito en sus textos. Es trabajar por una Iglesia abierta, acogedora, fraterna, solidaria con todo tipo de necesidades, siempre atenta a lo que puede favorecer la dignidad de la persona. Así la Iglesia se convierte en sacramento de la unión de las personas con Dios y de la unión de las personas entre ellas. Sacramento, signo que anticipa ya aquello que Dios quiere: una tierra de fraternidad; un lugar de comunión; un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando (Plegaria eucarística V b).

Martín Gelabert Ballester, OP