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viernes, 30 de marzo de 2012

Inscripciones ignacianas en una cueva de Manresa


Un excursionista ha descubierto unas inscripciones religiosas en una cueva, grande y profunda, que se encuentra situada al otro lado del río en referencia a donde se halla el edificio neoclásico de la Cueva de San Ignacio de Loyola. Toni Fernández, que se conoce la Anella Verda de Manresa al dedillo, se aventuró a inspeccionar la entrada de una cueva. Allí descubrió, marcadas en la entrada, unas inscripciones que le llamaron la atención y que tienen un aire religioso. Después de comentarlo con algunos amigos decidió ponerse en contacto con La Cova de Sant Ignasi, uno de los centros jesuitas más importantes del mundo y que se levantó justo en la cueva donde el santo escribió sus ejercicios espirituales, que dan sentido a la comunidad religiosa.

Esta misma semana, el jesuita Xavier Malloni y el gerente dela Fundació La Cova, Pol Valero, han visitado el espacio para hacer la primera inspección ocular de las inscripciones. Valero ya ha anunciado que “deberemos estudiar detenidamente las inscripciones, pero lo que sí está claro es que tienen un claro sentido religioso e ignaciano, aunque con la primera inspección no podemos saber en qué época fueron hechas”. Los símbolos son claros: un crismón, un símbolo en forma de pez, un típico signo ignaciano AMDG (A mayor Gloria de Dios) y un cuadrado “que a simple vista es más difícil de identificar su sentido”, asegura Valero.

Después de la primera inspección, desde la Cova ya se han puesto en contacto con el Ayuntamiento de Manresa que “aplicará el protocolo que merece este caso”, según palabras del regidor de cultura, Joan Calmet. Técnicos municipales se dirigirán a la cueva para hacer las primeras valoraciones.

Por su parte, Valero, asegura que está documentada la existencia de muchos ermitaños en la ribera del Cardener, como fue el caso de San Ignacio, y que es muy posible “que esta cueva también fuera habitada por un ermitaño y más teniendo en cuenta que hemos podido ver construcciones antiguas de piedra”, que se encuentran en la entrada y en lo más hondo de la cueva. No obstante, Valero reconoce que “es tan profunda que con el frontal que llevábamos y con el agua que había no hemos podido llegar al final”.

El pasado domingo se celebraron los actos de celebración de los 490 años de la estancia de San Ignacio de Loyola en Manresa. La comunidad jesuita y el propio Ayuntamiento de Manresa están preparando ya los actos de celebración de los 500 años de la estancia. De momento ya se ha puesto en marcha el camino ignaciano que une, a pie, Loyola –la ciudad de nacimiento del santo- y Manresa que ha de representar, además, un fuerte impulso turístico para la ciudad. Es por este motivo que el regidor de cultura, Joan Calmet, no esconde su satisfacción por el hallazgo a pesar de mostrarse sumamente cauteloso ante el incipiente descubrimiento.

CARLES JÓDAR, La Vanguardia

martes, 21 de febrero de 2012

El Estilo Jesuita


Ignacio de Loyola no legó una herencia teológica o filosófica específica a la Compañía de Jesús. Aunque los jesuitas nunca han profesado una doctrina teológica única, encontramos generalmente en ellos un estilo o una manera de actuar que caracteriza a la Compañía.

El modo de proceder de la Compañía encuentra su fundamento en la propia experiencia de su fundador. Durante su conversión, en Manresa, Ignacio vivió una experiencia pedagógica. En su relato autobiográfico, cuenta en tercera persona: “En ese tiempo Dios se comportaba con él de la misma manera que un maestro de escuela se comporta con un niño: le enseñaba” [1]. Ignacio no recibía esta enseñanza como una lección magistral caída del cielo, sino a través de la atención que ponía a lo que estaba viviendo. De su experiencia, Ignacio fue deduciendo una serie de principios metodológicos y pedagógicos que van a caracterizar su manera de proceder cuando se trate de ayudar a hombres y mujeres a encontrar su camino, es decir, a que lleguen a ser libres y responsables de sus vidas.

Un acontecimiento mayor marcó particularmente al neoconverso Ignacio. Una iluminación que lo transformó durante un paseo a orillas del Cardoner, un río del entorno de Manresa. “Los ojos del entendimiento se le comenzaron a abrir. No es que hubiera tenido alguna visión, sino que comprendió y conoció numerosas cosas, tanto espirituales como concernientes a la fe y las letras, y esto con una iluminación tan grande que todas estas cosas le parecían nuevas” [2].

Dios en todas las cosas

En una especie de “visión sintética” [3], Ignacio atrapa la unidad que liga el conjunto de los misterios de la fe, las realidades del mundo y de la Historia. Jerónimo Nadal, su confidente, escribe: “Los ojos interiores de su entendimiento se abrieron con una luz tan intensa y abundante, que tuvo inteligencia y conocimiento de los misterios de la fe y de las cosas espirituales y también de lo que concierne a las ciencias, al punto que le parecía que percibía la verdad de todas las cosas de un modo nuevo y con una inteligencia muy clara… como si él hubiera visto la causa y el origen de todas las cosas” [4]. Para Diego Laínez, otro de sus cercanos, Ignacio “comienza a tener sobre todas las cosas una nueva mirada” [5]. ¿En qué consistía la novedad de esa mirada? Comprendiendo que Dios es tanto el Creador de la naturaleza como el autor de la gracia, en adelante Ignacio no podrá separar nunca más los dos órdenes. Al entender en un mismo movimiento las realidades espirituales y profanas, acaba con la separación entre el mundo de abajo (el de los hombres) y el mundo de lo alto (el de Dios), entre lo sagrado y lo profano, entre el orden de la gracia y el de la naturaleza. También establecerá como Principio y Fundamento de su planteamiento el hecho de que toda realidad, toda situación, todo encuentro, toda circunstancia puede ser lugar de la presencia de Dios, ocasión de amar y de servir. Por eso, dará siempre una gran importancia no solo a las virtudes espirituales, sino también a las naturales y a las cualidades humanas.

En una época en que la sociedad cambiaba de paradigma, pasando de una concepción medieval ilustrada por la escolástica a un modelo inspirado por el Renacimiento, Ignacio propuso, no teóricamente sino en la práctica, una nueva síntesis antropológica y teológica al afirmar la unidad entre la dimensión humana y cristiana de la persona. Así, el hombre accede a un estatuto de sujeto responsable, autónomo, libre y dueño de sus decisiones, capaz de encontrar la voluntad de Dios inscrita en él y no en alguna parte por encima de él.

Ignacio, que no es un profesor sino un pedagogo, no desarrolla una teoría ni elabora una teología. Se contenta con acompañar a las personas en su crecimiento espiritual y humano, ayudándolas a liberarse de las superestructuras genéticas, sociales, religiosas, morales, que las condicionan y las reducen a no ser más que “robots” bien programados [6], para convertirse en artesanos de su propia libertad. Una palabra de Nadal resume bien su proyecto pedagógico: quiere ayudar a las personas a “encontrar a Dios en todas las cosas”. Esta manera de proceder exige dos actitudes que desea ver en todos sus compañeros: la capacidad de tener una mirada positiva de las realidades terrestres y una gran movilidad espiritual e intelectual.

Una mística de simpatía

Puesto que Dios actúa a través de la Historia, Ignacio aborda de manera positiva y benévola toda la realidad terrestre. Lejos de huir del mundo, como los Padres del desierto o los monjes, tiene una mirada contemplativa y optimista del mundo de su tiempo, como el lugar del servicio y de la adoración. Karl Rahner habla de una “mística de la alegría del mundo” (Mystik der Welt – freudigkeit). En los Ejercicios Espirituales, contemplando el misterio de la Encarnación, Ignacio invita al ejercitante a ver cómo Dios se inclina con amor y compasión sobre el mundo de su época, el mundo del Siglo de Oro español [7]: que el ejercitante se esfuerce en mirar su propio mundo con los ojos de Dios.

Teilhard de Chardin es un buen ejemplo de la manera ignaciana de mirar el mundo. Quien pretende encontrar a Dios en todas las cosas y quiere ayudar a otros a lograrlo, debe demostrar disponibilidad, movilidad intelectual y espiritual para llegar al otro en su propio registro. Liberado de esquemas a priori o de dogmatismos de cualquier género, debe ser un hombre libre, dispuesto a comprometerse allí donde comprenda que Dios lo llama. Ignacio lo explica tomando el ejemplo del fiel de una balanza bien equilibrada, que, ante la menor solicitud, está dispuesta a inclinarse a una parte o a otra.

Por otra parte, a Ignacio le gustaba definirse como un peregrino, un hombre en camino, no solo geográfica o físicamente, sino también intelectual, espiritual y culturalmente, capaz de interesarse en todo lo que inquietaba al mundo de su época, listo para ser llevado allí donde esperaba poder servir lo más eficazmente posible. De entrada, esta disponibilidad supone una actitud de simpatía y una disposición a no juzgar a priori. Al comienzo de los Ejercicios, en el momento en que una persona se va a poner en marcha para encontrar su camino, Ignacio apela a un principio que está en el fondo de su corazón (pese a que fue nueve veces víctima de torcidos procesos y denuncias ante la Inquisición): “Un buen cristiano debe estar más inclinado a salvar la proposición de su prójimo que a condenarla. Y si no logra justificarla, que le pregunte qué ha querido decir, y si tiene la impresión de que se equivoca, que lo ayude con amor a ver claro” [8].

Sólo quien es capaz de cuestionarse sobre su propia visión del mundo y de la Historia podrá lograrlo. Excluyendo todo dogmatismo, está convencido de que el otro, incluso el adversario, puede ayudarlo a progresar hacia la verdad. El consejo mantiene una extrema actualidad en una época donde la sociedad se organiza según un nuevo paradigma (evolución, secularización) que pone profundamente en juicio la explicación del mundo de la que somos el resultado. El respeto a la autonomía de la persona asumido por Ignacio no significa que él adopte una posición puramente neutra. Está consciente de que tiene ante sí personas que no están simplemente destinadas a desaparecer, sino que les espera un destino trascendente. Como portador de una fe, de una visión particular del mundo y de la historia y de una escala de valores inspirada por el Evangelio, él quiere “ayudar a las ánimas”.

Poner atención a la historia

El trabajo de los jesuitas, nuestra manera de ayudar a los otros, de acompañarlos en el camino hacia su libertad, está ciertamente inspirado en la fe cristiana. No podemos omitirlo. Somos respetuosos de la libertad de los otros y no buscamos hacer proselitismo; pero nuestro compromiso con la justicia, la paz, la tolerancia, el respeto a las personas, la unidad —en una palabra— con el mensaje de Cristo, le da ciertamente una coloración particular a nuestra manera de actuar. Cinco actitudes caracterizan nuestro “modo de proceder”, heredado de san Ignacio.

La atención puesta en la historia, en primer lugar. En los Ejercicios, al comienzo de cada oración Ignacio recomienda al ejercitante “recordar la historia” que va a contemplar. Esta atención a la historia es una de las características de su realismo. Quien pretende ayudar a una persona a dar un paso hacia la libertad y la autonomía debe comenzar por conocer la realidad de otros, su contexto de vida, los condicionamientos que pesan en sus decisiones, las experiencias que influyen en su imaginario. Esto exige de la persona que se dirige a otra una buena dosis de flexibilidad, una gran libertad interior y la capacidad de operar un cambio. Aquel que pretende saber por anticipado lo que le conviene a su interlocutor es un ciego que guía a otro ciego.

Experimentar o sentir, y gustar interiormente. En los Ejercicios, Ignacio sostiene que es importante que el ejercitante reflexione y “sienta” por sí mismo las cosas, “porque no el mucho conocer harta y satisface el alma, sino sentir y gustar las cosas interiormente” [9]. Dirigirse solo a la racionalidad de una persona, dándole lecciones y explicaciones, no es suficiente; también es necesario apelar a su capacidad de experimentar por sí misma lo que vive, ayudándola a estar atenta a los movimientos constructivos o destructivos que la agitan interiormente. El camino que busca se encuentra en ella y no debe ser sacado del exterior.

Verificar confrontando el espíritu con la letra. Quien no quiere ser víctima de un subjetivismo de mala calidad debe confrontar su experiencia personal con la realidad social, es decir, con las necesidades de los hombres y de las mujeres a los que es enviado. Ignacio había comenzado por irse “solo y a pie”. Pero pronto sintió la necesidad de congregar compañeros para discernir juntos las necesidades de la sociedad de su tiempo, los “signos de los tiempos”, retomando la expresión del Concilio Vaticano II. Sin poner en duda sus intuiciones, persuadido de que podía hacer la experiencia de Dios sin intermediarios, a pesar de todo siempre tuvo el cuidado de comprobar el espíritu que lo animaba con la letra de la institución, incluso cuando ella lo sometió a procesos mal hechos.

Decidir y reexaminar

Decidir. Al final de los Ejercicios, en el momento de introducir al ejercitante a una oración mística, le recuerda que “el amor debe ponerse más en los actos que en las palabras” y que “el amor consiste en un intercambio recíproco” [10]. No es suficiente ver claro, hay que decidir y hacer. Existencialista ante la letra, Ignacio estima que el hombre se realiza en la acción.

Evaluar o poner en cuestión. Una de las prácticas esenciales de Ignacio es lo que él llama “el examen”, es decir, el hábito de verificar regularmente si su acción se desarrolla de acuerdo a la decisión tomada. ¿Qué he hecho? ¿Qué hago? ¿Qué haré? Se trata de sacar lecciones de lo vivido para continuar o emprender algo nuevo. Este continuo cuestionamiento le permite, cuando corresponde, reorientar su acción y abrirse a nuevas experiencias. Se trata de una práctica inevitable para quien no se contenta con repetir viejos esquemas ni con seguir cautivo de estructuras o métodos que ya no responden a las necesidades del mundo contemporáneo.

[1] Ignacio de Loyola, Escritos, “Relato” n° 27.

[2] Ibid., n° 30.

[3] La palabra es de Pedro Leturia.

[4] MHSI, Fuentes Narrativas, II, 239 y 240.

[5] “Carta del 16 de junio de 1547”, Fuentes Narrativas, I, 81.

[6] La palabra es de Maurice Zundel.

[7] Ejercicios, n° 101: “Contemplación de la Encarnación”.

[8] Ejercicios, n° 22.

[9] Ibid., n° 2.

[10] Ibid., nos 230-231.

__________

Pierre Emonet, S.J., Zurich. El autor es Provincial de Suiza. Este artículo fue publicado en Choisir, diciembre de 2011, pp. 9-12. y en Mensaje de enero-febrero de 2012.

domingo, 31 de julio de 2011

San Ignacio de Loyola, julio 31 Año 1556


San Ignacio nació en 1491 en el castillo de Loyola, en Guipúzcoa, norte de España, cerca de los montes Pirineos que están en el límite con Francia. Su padre Bertran De Loyola y su madre Marina Sáenz, de familias muy distinguidas, tuvieron once hijos: ocho varones y tres mujeres. El más joven de todos fue Ignacio. El nombre que le pusieron en el bautismo fue Iñigo.

Entró a la carrera militar pero en 1521, a la edad de 30 años, siendo ya capitán, fue gravemente herido mientras defendía el Castillo de Pamplona. Al ser herido su jefe, la guarnición del castillo capituló ante el ejército francés. Los vencedores lo enviaron a su Castillo de Loyola a que fuera tratado de su herida. Le hicieron tres operaciones en la rodilla, dolorosísimas, y sin anestesia; pero no permitió que lo atasen ni que nadie lo sostuviera. Durante las operaciones no prorrumpió ni una queja. Los médicos se admiraban. Para que la pierna operada no le quedara más corta le amarraron unas pesas al pie y así estuvo por semanas con el pie en alto, soportando semejante peso. Sin embargo quedó cojo para toda la vida.

A pesar de esto Ignacio tuvo durante toda su vida un modo muy elegante y fino para tratar a toda clase de personas. Lo había aprendido en la Corte en su niñez. Mientras estaba en convalecencia pidió que le llevaran novelas de caballería, llenas de narraciones inventadas e imaginarias. Pero su hermana le dijo que no tenía más libros que "La vida de Cristo" y el "Año Cristiano", o sea la historia del santo de cada día.

Y le sucedió un caso muy especial. Antes, mientras novelas y narraciones inventadas, en el momento sentía satisfacción pero después quedaba con un sentimiento horrible de tristeza y frustración. En cambio ahora al leer la Vida de Cristo y las Vidas de los santos sentía una alegría inmensa que le duraba por días y días. Esto lo fue impresionando profundamente.

Y mientras leía las historias de los grandes santos pensaba: "¿Y por qué no tratar de imitarlos? Si ellos pudieron a ese grado de espiritualidad, ¿por qué no lo voy a lograr yo? ¿Por qué no tratar de ser como San Francisco, Santo Domingo, etc.? Estos hombres estaban hechos del mismo barro que yo. ¿Por qué no esforzarme por llegar al que ellos alcanzaron?". Y después se iba a cumplir en él aquello que decía Jesús: "Dichosos los que tiene un deseo de ser santos, porque su deseo se cumplirá” (Mt. 5, 6), y aquella sentencia de los psicólogos: "Cuidado con lo que deseas, porque lo conseguirás". Mientras se proponía seriamente convertirse, una noche le apareció Nuestra Señora con su Hijo Santísimo. La visión lo consoló inmensamente. Desde entonces se propuso no dedicarse a servir a gobernantes de la tierra sino al Rey del cielo.

Apenas terminó su convalecencia se fue en peregrinación al famoso Santuario de la Virgen de Montserrat. Allí tomó el serio propósito de dedicarse a hacer penitencia por sus pecados. Cambió sus lujosos vestidos por los de un pordiosero, se consagró a la Virgen Santísima e hizo confesión general de toda su vida. Y se fue a un pueblecito llamado Manresa, a 15 kilómetros de Montserrat a orar y hacer penitencia, allí estuvo un año. Cerca de Manresa había una cueva y en ella se encerraba a dedicarse a la oración y a la meditación. Allí se le ocurrió la idea de los Ejercicios Espirituales, que tanto bien iban a hacer a la humanidad.

Después de unos días en los cuales sentía mucho gozo y consuelo en la oración, empezó a sentir aburrimiento y cansancio por todo lo que fuera espiritual. A esta crisis de desgano la llaman los sabios "la noche oscura del alma". Es un estado dificultoso que cada uno tiene que pasar para que se convenza de que los consuelos que siente en la oración no se los merece, sino que son un regalo gratuito de Dios. Luego le llegó otra enfermedad espiritual muy fastidiosa: los escrúpulos. O sea el imaginarse que todo es pecado. Esto casi lo lleva a la desesperación.

Pero iba anotando lo que le sucedía y lo que sentía y estos datos le proporcionaron después mucha habilidad para poder dirigir espiritualmente a otros convertidos y según sus propias experiencias poderles enseñar el camino de la santidad. Allí orando en Manresa adquirió lo que se llama "Discreción de espíritus", que consiste en saber determinar qué es lo que le sucede a cada alma y cuales son los consejos que más necesita, y saber distinguir lo bueno de lo malo. A un amigo suyo le decía después: “En una hora de oración en Manresa aprendí más a dirigir almas, que todo lo que hubiera podido aprender asistiendo a universidades".

En 1523 se fue en peregrinación a Jerusalén, pidiendo limosna por el camino. Todavía era muy impulsivo y un día casi ataca a espada a uno que hablaba mal de la religión. Por eso le aconsejaron que no se quedara en Tierra Santa donde había muchos enemigos del catolicismo. Después fue adquiriendo gran bondad y paciencia. A los 33 años empezó como estudiante de colegio en Barcelona, España. Sus compañeros de estudio eran mucho más jóvenes que él y se burlaban mucho. El toleraba todo con admirable paciencia. De todo lo que estudiaba tomaba pretexto para elevar su alma a Dios y adorarlo.

Después pasó a la Universidad de Alcalá. Vestía muy pobremente y vivía de limosna. Reunía niños para enseñarles religión; hacía reuniones de gente sencilla para tratar temas de espiritualidad, y convertía pecadores hablándoles amablemente de lo importante que es salvar el alma. Lo acusaron injustamente ante la autoridad religiosa y estuvo dos meses en la cárcel. Después lo declararon inocente, pero había gente que lo perseguía. El consideraba todos estos sufrimientos como un medio que Dios le proporcionaba para que le fuera pagando sus pecados. Y exclamaba: “No hay en la ciudad tantas cárceles ni tantos tormentos como los que yo deseo sufrir por amor a Jesucristo".

Se fue a París a estudiar en su famosa Universidad de La Sorbona. Allá formó un grupo con 6 compañeros que se han hecho famosos porque con ellos fundó la Compañía de Jesús. Son ellos: Pedro Fabro, Francisco Javier, Laínez, Salmerón, Simón Rodríguez y Nicolás Bobadilla. Recibieron doctorado en aquella universidad y daban muy buen ejemplo a todos. Los siete hicieron votos o juramentos de ser puros, obedientes y pobres, el día 15 de agosto de 1534, fiesta de la Asunción de María. Se comprometieron a estar siempre a las órdenes del Sumo Pontífice para que él los emplease en lo que mejor le pareciera para la gloria de Dios.

Se fueron a Roma y el Papa Pablo III les recibió muy bien y les dio permiso de ser ordenados sacerdotes. Ignacio (que se había cambiado por este nombre su nombre antiguo de Iñigo) esperó un año desde el día de su ordenación hasta el día de la celebración de su primera misa, para prepararse lo mejor posible a celebrarla con todo fervor. San Ignacio se dedicó en Roma a predicar Ejercicios Espirituales y a catequizar al pueblo. Sus compañeros se dedicaron a dictar clases en universidades y colegios y a dar conferencias espirituales a toda clase de personas. Se propusieron como principal oficio enseñar la religión a la gente.

En 1540 el Papa Pablo III aprobó su comunidad llamada "Compañía de Jesús" o Jesuitas. Superior General de la nueva comunidad fue San Ignacio hasta la muerte. En Roma pasó todo el resto de su vida. Era tanto el deseo que tenía de salvar almas que exclamaba: “Estaría dispuesto a perder todo lo que tengo, y hasta a que se acabara mi Comunidad, con tal de salvar el alma de un pecador". Fundó casas de su congregación en España y Portugal.

Envió a San Francisco Javier a evangelizar el Asia. De los jesuitas que envió a Inglaterra, 22 murieron martirizados por los protestantes. Sus dos grandes amigos Laínez y Salmerón fueron famosos sabios que dirigieron el Concilio de Trento. A San Pedro Canisio lo envió a Alemania y este santo llegó a ser el más célebre catequista de aquel país. Recibió como religioso jesuita a San Francisco de Borja que era rico político, gobernador, en España. San Ignacio escribió más de 6.000 cartas dando consejos espirituales. El Colegio que San Ignacio fundó en Roma llegó a ser modelo en el cual se inspiraron muchísimos colegios más y ahora se ha convertido en la célebre Universidad Gregoriana.

Los jesuitas fundados por San Ignacio llegaron a ser los más sabios adversarios de los protestantes y combatieron y detuvieron en todas partes al protestantismo. Les recomendaba que tuvieran mansedumbre y gran respeto hacia el adversario pero que se presentaran muy instruidos para combatirlos. El deseaba que el apóstol católico fuera muy instruido. El libro más famoso de San Ignacio se titula: “Ejercicios Espirituales" y es lo mejor que se ha escrito acerca de cómo hacer bien los santos ejercicios. En todo el mundo es leído y practicado este maravilloso libro. Duró 15 años escribiéndolo.

Su lema era: "Todo para mayor gloria de Dios". Y a ello dirigía todas sus acciones, palabras y pensamientos: a que Dios fuera más conocido, más amado y mejor obedecido. Muy caritativo con todos, especialmente con los enfermos, recomendaba que en la conversación no se emplearan frases muy autoritarias como de quien se imagina que en lo que dice no puede equivocarse. Recomendaba mucho a todos que estudiaran lo más posible, pero corregía con valentía a los que veía muy orgullosos y engreídos por sus estudios o a los que por dedicarse todo el tiempo a estudiar no dedicaban el tiempo suficiente a rezar o a enseñar catecismo. Siempre estaba alegre.

En los 15 años en que San Ignacio dirigió la Compañía de Jesús, esta pasó de siete socios a mil. A todos y cada uno trataba de formarlos muy bien espiritualmente. Como casi cada año se enfermaba y después volvía a obtener la curación, cuando le vino la última enfermedad nadie se imaginó que se iba a morir y murió súbitamente el 31 de julio de 1556 a los 65 años. En 1622 el Papa lo declaró Santo y después Pío XI lo declaró Patrono de los Ejercicios Espirituales en todo el mundo. Su comunidad de Jesuitas es la más numerosa en Iglesia Católica.

Los pecadores lo recordaban como un sacerdote extraordinariamente comprensivo y bondadoso que siempre los recibía bien y los atendía con el mayor esmero. Muchas veces hacía él mismo la penitencia que no arriesgaba a ponerles a ciertos grandes pecadores. Ya estos les recomendaba que su mejor penitencia sería siempre el soportar con paciencia y por amor a Dios los sufrimientos de día.

San Ignacio compuso una oración que es muy conocida en todo el mundo y dice así: "Toma Señor y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Tú me lo diste, a Ti Señor lo devuelvo. Puedes disponer de todo según tu Divina Voluntad. Con que me concedas tu amor y tu gracia, con esto me basta y nada más te quiero pedir”. Otra oración muy amada y recomendada por San Ignacio es aquella que la gente piadosa dice después de comulgar: “Alma de Cristo Santifícame, etc.".

Su libro preferido después de la S. Biblia, era la Imitación de Cristo. Cada día después de almuerzo, en la visita que hacía al Santísimo Sacramento leía un capítulo de la Imitación de Cristo (Este precioso librito ha sido el más editado en el mundo después de la Biblia. Tiene ya más de 3.000 ediciones, y abriéndolo donde a uno le salga, al azar, le dice consejos maravillosamente apropiados para ese momento). San Ignacio: ruégale a Dios por todos los que como tú, deseamos extender el Reino de Cristo y hacer amar más a nuestro Divino Salvador. Todo para mayor gloria de Dios (San Ignacio).

Tomado de Vida de Santos del P. Eliécer Sálesman

sábado, 31 de julio de 2010

JULIO 31 de 1556 muere SAN IGNACIO DE LOYOLA

San Ignacio nació en 1491 en el castillo de Loyola, en Guipúzcoa, norte de España, cerca de los montes Pirineos que están en el límite con Francia. Su padre Bertran De Loyola y su madre Marina Sáenz, de familias muy distinguidas, tuvieron once hijos: ocho varones y tres mujeres. El más joven de todos fue Ignacio. El nombre que le pusieron en el bautismo fue IÑIGO.

Entró a la carrera militar pero en 1521, a la edad de 30 años, siendo ya capitán, fue gravemente herido mientras defendía el Castillo de Pamplona. Al ser herido su jefe, la guarnición del castillo capituló ante el ejército francés. Los vencedores lo enviaron a su Castillo de Loyola a que fuera tratado de su herida. Le hicieron tres operaciones en la rodilla, dolorosísimas, y sin anestesia; pero no permitió que lo atasen ni que nadie lo sostuviera. Durante las operaciones no prorrumpió ni una queja. Los médicos se admiraban. Para que la pierna operada no le quedara más corta le amarraron unas pesas al pie y así estuvo por semanas con el pie en alto, soportando semejante peso. Sin embargo quedó cojo para toda la vida.

A pesar de esto Ignacio tuvo durante toda su vida un modo muy elegante y fino para tratar a toda clase de personas. Lo había aprendido en la Corte en su niñez. Mientras estaba en convalecencia pidió que le llevaran novelas de caballería, llenas de narraciones inventadas e imaginarias. Pero su hermana le dijo que no tenía más libros que "La vida de Cristo" y el "Año Cristiano", o sea la historia del santo de cada día. Y le sucedió un caso muy especial. Antes, mientras novelas y narraciones inventadas, en el momento sentía satisfacción pero después quedaba con un sentimiento horrible de tristeza y frustración. En cambio ahora al leer la Vida de Cristo y las Vidas de los santos sentía una alegría inmensa que le duraba por días y días. Esto lo fue impresionando profundamente.

Y mientras leía las historias de los grandes santos pensaba: "¿Y por qué no tratar de imitarlos? Si ellos pudieron a ese grado de espiritualidad, ¿por qué no lo voy a lograr yo? ¿Por qué no tratar de ser como San Francisco, Santo Domingo, etc.? Estos hombres estaban hechos del mismo barro que yo. ¿Por qué no esforzarme por llegar al que ellos alcanzaron?". Y después se iba a cumplir en él aquello que decía Jesús: "Dichosos los que tiene un deseo de ser santos, porque su deseo se cumplirá” (Mt. 5, 6), y aquella sentencia de los sicólogos: "Cuidado con lo que deseas, porque lo conseguirás".

Mientras se proponía seriamente convertirse, una noche le apareció Nuestra Señora con su Hijo Santísimo. La visión lo consoló inmensamente. Desde entonces se propuso no dedicarse a servir a gobernantes de la tierra sino al Rey del cielo. Apenas terminó su convalecencia se fue en peregrinación al famoso Santuario de la Virgen de Montserrat. Allí tomó el serio propósito de dedicarse a hacer penitencia por sus pecados. Cambió sus lujosos vestidos por los de un pordiosero, se consagró a la Virgen Santísima e hizo confesión general de toda su vida. Y se fue a un pueblecito llamado Manresa, a 15 kilómetros de Montserrat a orar y hacer penitencia, allí estuvo un año. Cerca de Manresa había una cueva y en ella se encerraba a dedicarse a la oración y a la meditación. Allí se le ocurrió la idea de los Ejercicios Espirituales, que tanto bien iban a hacer a la humanidad.

Después de unos días en los cuales sentía mucho gozo y consuelo en la oración, empezó a sentir aburrimiento y cansancio por todo lo que fuera espiritual. A esta crisis de desgano la llaman los sabios "la noche oscura del alma". Es un estado dificultoso que cada uno tiene que pasar para que se convenza de que los consuelos que siente en la oración no se los merece, sino que son un regalo gratuito de Dios. Luego le llegó otra enfermedad espiritual muy fastidiosa: los escrúpulos. O sea el imaginarse que todo es pecado. Esto casi lo lleva a la desesperación.

Pero iba anotando lo que le sucedía y lo que sentía y estos datos le proporcionaron después mucha habilidad para poder dirigir espiritualmente a otros convertidos y según sus propias experiencias poderles enseñar el camino de la santidad. Allí orando en Manresa adquirió lo que se llama "Discreción de espíritus", que consiste en saber determinar qué es lo que le sucede a cada alma y cuales son los consejos que más necesita, y saber distinguir lo bueno de lo malo. A un amigo suyo le decía después: “En una hora de oración en Manresa aprendí más a dirigir almas, que todo lo que hubiera podido aprender asistiendo a universidades".

En 1523 se fue en peregrinación a Jerusalén, pidiendo limosna por el camino. Todavía era muy impulsivo y un día casi ataca a espada a uno que hablaba mal de la religión. Por eso le aconsejaron que no se quedara en Tierra Santa donde había muchos enemigos del catolicismo. Después fue adquiriendo gran bondad y paciencia. A los 33 años empezó como estudiante de colegio en Barcelona, España. Sus compañeros de estudio eran mucho más jóvenes que él y se burlaban mucho. El toleraba todo con admirable paciencia. De todo lo que estudiaba tomaba pretexto para elevar su alma a Dios y adorarlo. Después pasó a la Universidad de Alcalá. Vestía muy pobremente y vivía de limosna. Reunía niños para enseñarles religión; hacía reuniones de gente sencilla para tratar temas de espiritualidad, y convertía pecadores hablándoles amablemente de lo importante que es salvar el alma.

Lo acusaron injustamente ante la autoridad religiosa y estuvo dos meses en la cárcel. Después lo declararon inocente, pero había gente que lo perseguía. El consideraba todos estos sufrimientos como un medio que Dios le proporcionaba para que le fuera pagando sus pecados. Y exclamaba: “No hay en la ciudad tantas cárceles ni tantos tormentos como los que yo deseo sufrir por amor a Jesucristo".

Se fue a París a estudiar en su famosa Universidad de La Sorbona. Allá formó un grupo con 6 compañeros que se han hecho famosos porque con ellos fundó la Compañía de Jesús. Son ellos: Pedro Fabro, Francisco Javier, Laínez, Salmerón, Simón Rodríguez y Nicolás Bobadilla. Recibieron doctorado en aquella universidad y daban muy buen ejemplo a todos. Los siete hicieron votos o juramentos de ser puros, obedientes y pobres, el día 15 de agosto de 1534, fiesta de la Asunción de María. Se comprometieron a estar siempre a las órdenes del Sumo Pontífice para que él los emplease en lo que mejor le pareciera para la gloria de Dios.

Se fueron a Roma y el Papa Pablo III les recibió muy bien y les dio permiso de ser ordenados sacerdotes. Ignacio (que se había cambiado por este nombre su nombre antiguo de Iñigo) esperó un año desde el día de su ordenación hasta el día de la celebración de su primera misa, para prepararse lo mejor posible a celebrarla con todo fervor. San Ignacio se dedicó en Roma a predicar Ejercicios Espirituales y a catequizar al pueblo. Sus compañeros se dedicaron a dictar clases en universidades y colegios y a dar conferencias espirituales a toda clase de personas. Se propusieron como principal oficio enseñar la religión a la gente.

En 1540 el Papa Pablo III aprobó su comunidad llamada "Compañía de Jesús" o Jesuitas. Superior General de la nueva comunidad fue San Ignacio hasta la muerte. En Roma pasó todo el resto de su vida. Era tanto el deseo que tenía de salvar almas que exclamaba: “Estaría dispuesto a perder todo lo que tengo, y hasta a que se acabara mi Comunidad, con tal de salvar el alma de un pecador".

Fundó casas de su congregación en España y Portugal. Envió a San Francisco Javier a evangelizar el Asia. De los jesuitas que envió a Inglaterra, 22 murieron martirizados por los protestantes. Sus dos grandes amigos Laínez y Salmerón fueron famosos sabios que dirigieron el Concilio de Trento. A San Pedro Canisio lo envió a Alemania y este santo llegó a ser el más célebre catequista de aquel país. Recibió como religioso jesuita a San Francisco de Borja que era rico político, gobernador, en España. San Ignacio escribió más de 6.000 cartas dando consejos espirituales.

El Colegio que San Ignacio fundó en Roma llegó a ser modelo en el cual se inspiraron muchísimos colegios más y ahora se ha convertido en la célebre Universidad Gregoriana. Los jesuitas fundados por San Ignacio llegaron a ser los más sabios adversarios de los protestantes y combatieron y detuvieron en todas partes al protestantismo. Les recomendaba que tuvieran mansedumbre y gran respeto hacia el adversario pero que se presentaran muy instruidos para combatirlos. El deseaba que el apóstol católico fuera muy instruido.

El libro más famoso de San Ignacio se titula: “Ejercicios Espirituales" y es lo mejor que se ha escrito acerca de cómo hacer bien los santos ejercicios. En todo el mundo es leído y practicado este maravilloso libro. Duró 15 años escribiéndolo. Su lema era: "Todo para mayor gloria de Dios". Y a ello dirigía todas sus acciones, palabras y pensamientos: a que Dios fuera más conocido, más amado y mejor obedecido.

Muy caritativo con todos, especialmente con los enfermos, recomendaba que en la conversación no se emplearan frases muy autoritarias como de quien se imagina que en lo que dice no puede equivocarse. Recomendaba mucho a todos que estudiaran lo más posible, pero corregía con valentía a los que veía muy orgullosos y engreídos por sus estudios o a los que por dedicarse todo el tiempo a estudiar no dedicaban el tiempo suficiente a rezar o a enseñar catecismo. Siempre estaba alegre.

En los 15 años en que San Ignacio dirigió la Compañía de Jesús, esta pasó de siete socios a mil. A todos y cada uno trataba de formarlos muy bien espiritualmente. Como casi cada año se enfermaba y después volvía a obtener la curación, cuando le vino la última enfermedad nadie se imaginó que se iba a morir y murió súbitamente el 31 de julio de 1556 a los 65 años.

En 1622 el Papa lo declaró Santo y después Pío XI lo declaró Patrono de los Ejercicios Espirituales en todo el mundo. Su comunidad de Jesuitas es la más numerosa en Iglesia Católica. Los pecadores lo recordaban como un sacerdote extraordinariamente comprensivo y bondadoso que siempre los recibía bien y los atendía con el mayor esmero. Muchas veces hacía él mismo la penitencia que no arriesgaba a ponerles a ciertos grandes pecadores. Ya estos les recomendaba que su mejor penitencia sería siempre el soportar con paciencia y por amor a Dios los sufrimientos de día.

San Ignacio compuso una oración que es muy conocida en todo el mundo y dice así: "Toma Señor y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Tú me lo diste, a Ti Señor lo devuelvo. Puedes disponer de todo según tu Divina Voluntad. Con que me concedas tu amor y tu gracia, con esto me basta y nada más te quiero pedir”. Otra oración muy amada y recomendada por San Ignacio es aquella que la gente piadosa dice después de comulgar: “Alma de Cristo Santifícame, etc.".

Su libro preferido después de la S. Biblia, era la Imitación de Cristo. Cada día después de almuerzo, en la visita que hacía al Santísimo Sacramento leía un capítulo de la Imitación de Cristo (Este precioso librito ha sido el más editado en el mundo después de la Biblia. Tiene ya más de 3.000 ediciones, y abriéndolo donde a uno le salga, al azar, le dice consejos maravillosamente apropiados para ese momento).

San Ignacio: ruégale a Dios por todos los que como tú, deseamos extender el Reino de Cristo y hacer amar más a nuestro Divino Salvador. TODO PARA MAYOR GLORIA DE DIOS (San Ignacio)

Tomado de Vida de Santos del P. Eliécer Sálesman