Mostrando entradas con la etiqueta San Lucas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Lucas. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de mayo de 2011

Con luz en los ojos y lumbre en el corazón


Comentario al Evangelio del tercer domingo de Pascua (Lucas 24,13-35):

"Aquel mismo día, dos de ellos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, que está a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino conversaban sobre todo lo sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. Él les preguntó:
-¿De qué van conversando por el camino?
Ellos se detuvieron con rostro afligido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo:
-¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce lo que ha sucedido allí estos días?
Jesús preguntó:
-¿Qué cosa?
Le contestaron:
-Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. ¡Nosotros esperábamos que él sería el liberador de Israel!, pero ya hace tres días que sucedió todo esto. Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado; ellas fueron de madrugada al sepulcro, y al no encontrar el cadáver, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles asegurándoles que él está vivo. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como habían contado las mujeres: pero a él no lo vieron.
Jesús les dijo:
-¡Qué duros de entendimiento!, ¡cómo les cuesta creer lo que dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria?
Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él.
Se acercaban al pueblo adonde se dirigían, y él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron:
-Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día se acaba.
Entró para quedarse con ellos; y , mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno al otro:
-¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura?
Se levantaron al instante, volvieron a Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros, que afirmaban:
-Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan."


Es uno de los evangelios pascuales más hermosos, y en el que más fácilmente nos podemos reconocer. Emaús es un nombre que aparece en nuestro mapa biográfico. Dos discípulos desencantados y abrumados por los acontecimientos de los últimos días, deciden fugarse de aquella in­tragable realidad. Emaús no era Jerusalén, estaban en direcciones diversas y con diverso significado. En ese camino fugitivo y huidizo, les esperaba el Señor. Él va reuniendo su comunidad tan dispersa y asustada. A cada uno lo encontrará en su drama y en su evasión: llorando a la puerta del sepulcro, a María Magdalena; en el cenáculo escondidos por miedo a los judíos, a la mayoría de los discí­pulos; y camino de Emaús, a nuestros dos protagonistas de este domingo.

La maravillosa narración de Lucas nos pone ante uno de los diálogos más bellos e impresionantes de Jesús con los hombres. Efectivamente, Él se encuentra con dos per­sonas que acaso habían creído y apostado por tan afamado Maestro... pero a su modo, con sus pretensiones y con sus expectativas liberacionistas para Israel, como deja en­trever el Evangelio de hoy. Pero el Hijo del hombre no se dejaba encasillar por nada ni por nadie, y actuó con la radical libertad de quien solo se alimenta del querer del Padre y vive para el cumplimiento de su Hora.

Y entonces interviene Jesús en una ejemplar actitud de acompañar y enseñar a esta pareja de "alejados": les explicará la Escritura y les partirá el pan, narrando la tra­dición de todo el Antiguo Testamento que confluye en su Persona, en quien vino como pan partido para todas las hambres del corazón humano.

Finalmente se les abrieron los ojos a los dos fugitivos hospederos de Jesús en el atar­decer de su escapada, y pudieron reconocerlo. Es interesante el apunte cargado de sin­ceridad: "¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?". Les ardía, pero no le reco­nocían; les ocurría algo extraño ante tan extraño viajero, pero no le reconocían. Bastó que se les abrieran los ojos para descubrir a quien buscaban, sin que jamás se hubiera ido de su lado. Y bastó simplemente esto para escuchar a quien deseaban oír, sin que jamás hubiera dejado de hablarles. Dios estaba allí, Él hablaba allí. Eran sus ojos los que no le veían y sus oídos los que no le escuchaban.

Volvieron a Jerusalén, en viaje de vuelta, no para huir de lo que no entendían, sino para anunciar lo que habían reconocido y comunicárselo a los demás, que en un cenáculo cerrado a cal y canto habían encontrado su particular Emaús. Entonces como ahora, en aquellos como en nosotros. Desandar nuestras fugas, abrirse nuestros ojos, y ser misioneros de lo que hemos encontrado.

Monseñor Jesús Sanz Montes, ofm arzobispo de Oviedo

jueves, 30 de diciembre de 2010

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

Primera: Nu 6, 22-27; Salmo 66; segunda: Ga 4, 4-7; Evangelio: Lc 2, 16-21:
"Fueron rápidamente y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño. Y todos los que lo oyeron se asombraban de lo que contaban los pastores. Pero María conservaba y meditaba todo en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto; tal como se lo habían anunciado.
Al octavo día, al tiempo de circuncidarlo, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido."


Nexo entre las lecturas
La mujer es el centro de atención de la liturgia. Particularmente la mujer como madre. Y esa mujer y esa madre es María. San Pablo en su carta a los gálatas dice de Jesucristo: "nacido de mujer, nacido bajo la ley" (segunda lectura), para indicarnos que como hombre Dios necesariamente ha tenido que tener una madre. La bendición litúrgica de la primera lectura parece que fue escrita dirigida a María madre: "El Señor te bendiga y te guarde; el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor te muestre su rostro y te dé la paz". El rostro del Señor es Jesús de Nazaret, el hijo de María. El evangelio nos permite intuirlo cuando con impresionante sencillez nos dice, refiriéndose a los pastores: "Fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre".

Mensaje doctrinal
1. Mujer y Madre de Dios. "Nacido de mujer" es Jesús. Mujer, con toda su feminidad, es María, la nueva Eva, origen y espejo de toda mujer redimida. Siendo Jesús el Verbo de Dios, resulta obvio que María es la Madre de Dios, la gloria suprema de la mujer. Dios, en su inmensa sabiduría, ha querido vivir la experiencia de tener una madre, de mirarse en la ternura de sus ojos, de acunarse en sus brazos y de ser estrechado en su regazo. Para ser Madre de Dios María no tuvo que renunciar o dejar al margen nada de su feminidad, al contrario, la tuvo que realizar en nobleza y plenitud, santificada como fue por la acción del Espíritu Santo. Al nacer de una mujer Dios ha enaltecido y llevado a perfección "el genio femenino" y la dignidad de la mujer y de la madre. La Iglesia, al celebrar el uno de enero la maternidad divina de María, reconoce gozosa que María es también madre suya, que a lo largo de los días y los meses del año engendra nuevos hijos para Dios.

2. Madre, bendición y memoria. En el designio de Dios, que es fuente de la maternidad, ésta es siempre una bendición: como a María, se puede decir a toda madre: "Bendito el fruto de tu vientre". Una bendición primeramente para la misma mujer, que mediante la generación da cumplimiento a la aspiración más fuerte y más noble de su constitución, de su psicología y de su intimidad. Bendición para el matrimonio, en el que el hijo favorece la unidad, la entrega, la felicidad. Bendición para la Iglesia, que ve acrecentar el número de sus hijos y la familia de Dios. Bendición para la sociedad, que se verá enriquecida con la aportación de nuevos ciudadanos al servicio del bien común.

3. La maternidad es también memoria. "María hacía ´memoria´ de todas esas cosas en su corazón" (evangelio). Memoria no tanto de sí misma, cuanto del hijo, sobre todo de los primeros años de su vida en que dependía totalmente de ella. Memoria que agradece a Dios el don inapreciable del hijo. Memoria que reflexiona y medita las mil y variadas peripecias de la existencia de sus hijos. Memoria que hace sufrir y llorar, que consuela, alegra y enternece. Memoria serena y luminosa, que recupera retazos significativos del pasado para bendecir a Dios y cantar, como María, un "magnificat".

Sugerencias pastorales
1. La madre, "sol de la casa". Esta expresión aplicó el papa Pío XII a la madre en un famoso discurso. Como el sol, la madre aporta "calor" al hogar con su cariño y su dulzura; como el sol, la madre ilumina los "ángulos oscuros" de la vida hogareña cotidiana; como el sol, la madre anima, suscita, regula y ordena la actividad de los miembros de la familia; como el sol, en el atardecer, la madre se oculta para que comiencen a brillar en la vida de los hijos otras luces, otras estrellas. La Virgen María fue el "sol" de la casa de Nazaret para su hijo Jesús y para su esposo José.

En ella encuentra toda esposa y madre un modelo que imitar, un camino que seguir. ¿Cómo puede ser hoy, una esposa y una madre, sol de la casa? ¿Cuáles son las expresiones de cariño y de dulzura para "calentar" el hogar? ¿Cómo iluminar los "ángulos oscuros" del esposo, de los hijos, y de los demás seres queridos que conviven en la misma casa? ¿Qué formas de tacto y mesura habrá de usar para orientar la actividad de la familia hacia la unión, el bienestar, la paz, la felicidad? ¿En qué modo habrá de "ocultarse" para no opacar las nuevas luces que aparecen en el horizonte de sus hijos? Sería una desgracia para la familia y para la sociedad el que la madre, en lugar de ser el sol de la casa, viniese a ser noche y tiniebla, tormenta y huracán. ¡Madre!, sé siempre luz del hogar, levanta tu mirada hacia María la Madre y sigue sus pasos.

2. Valorar la maternidad. En el mundo actual la maternidad pasa por un estado de ambivalencia. Por un lado el fenómeno de la disminución de la natalidad en el mundo, especialmente en Europa y Occidente, es real y evidente, al igual que casi se ha perdido el carácter "sacro" de la maternidad por su colaboración con la obra del Creador y el respeto a las leyes divinas sobre las fuerzas y límites procreativos del hombre y la mujer; por otro, la mujer desea satisfacer a toda costa su vocación íntima a la maternidad, o quiere tener menos hijos para poder dedicarse más y mejor a su tarea de madre educadora, o adopta con amor y decisión hijos "anónimos" o "huérfanos", a costa incluso de muchos sacrificios.

Ante esta ambivalencia, simplemente delineada y que por tanto abarca otros muchos aspectos, es necesaria una campaña para que tanto la mujer como la sociedad en general valoren más la maternidad. ¿Qué se puede hacer en tu ambiente para lograr esta valoración? ¿En qué pueden las leyes, los medios de comunicación, las instituciones estatales y eclesiales contribuir a valorar la vocación original y primaria de toda mujer?



Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

sábado, 20 de noviembre de 2010

TE ASEGURO QUE HOY MISMO ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO



 Homilia Domingo de Cristo Rey - 2010 - Ciclo C
Llegamos al domingo de Cristo Rey, que es el último del tiempo litúrgico denominado “Ciclo C”. La próxima semana comenzaremos nuevamente el año litúrgico correspondiente al “Ciclo A”. Para la festividad de Cristo Rey, nos ofrecen el evangelio de la crucifixión, invitándonos a reflexionar el tipo de rey que es Jesús.

El evangelista Lucas (23, 35-43) presenta de forma dramática lo que se dice en la crucifixión de Jesús. Por un lado están las autoridades religiosas y las fuerzas de seguridad con sus burlas y maltratos; y por el otro, los dos condenados junto a Jesús. Uno de los condenados lo insulta, mientras que el otro recrimina la actuación de este condenado y le suplica a Jesús que se acuerde de él cuando esté en su reino.

Esta súplica bastó para que Jesús, más allá de su propio dolor, se volviera totalmente hacia el sufrimiento ajeno de este hombre, prometiéndole: Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.

En la cruz se miran de frente amor y pecado. Ambas fuerzas muestran hasta dónde son capaces de llegar. Pero para Jesús, nada puede más que la misericordia, quedando demostrado que ni la muerte puede tanto como puede la misericordia y el amor.

Decir: Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso, devuelve a la persona la dignidad perdida. Abre a una nueva posibilidad para quien siente que nada tenía que esperar de este mundo. Libera de la atadura del pasado.

La fiesta de Cristo Rey que celebramos hoy, es la celebración del Señorío de todo lo bueno que Dios ha querido para la humanidad. Cristo Rey es paradójico. En lugar de enaltecer los atributos del poder, prestigio o riqueza, se enaltecen los atributos de servicio, sencillez y autenticidad.

Lo que experimenta el crucificado que suplica a Jesús es la misma vida. Porque encontrarse con Cristo, Señor del mundo, es la experiencia que coloca a la persona en la más alta dignidad: la de hijo de Dios; en la más plena libertad: liberado del pecado; y en el más alto destino: la posesión definitiva y total del mismo Dios por el amor.

Cuántas personas o amigos y compañeros de camino, estarán esperando de ti y de mí, que les digamos una palabra amable, sanadora, esperanzadora, que les ayude a superar el sufrimiento, el dolor, la tristeza o la desconfianza.

Que nos atrevamos a volver nuestra mirada y nuestra palabra hacia quien nos necesita y digamos como Cristo Rey: no sufras más, no tengas miedo, no te hundas, recupera la alegría, vuelve a vivir. Yo te aseguro que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso, en la vida.

Gustavo Albarrán S.J,

viernes, 19 de noviembre de 2010

¡Viva Cristo Rey!


Evangelio del domingo XXXIV del tiempo ordinario (Lucas 23,35-43)


El pueblo estaba mirando y los jefes se burlaban de él diciendo:
-Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si es el Mesías, el predilecto de Dios.
También los soldados se burlaban de él. Se acercaban a ofrecerle vinagre y le decían:
-Si eres el rey de los judíos, sálvate.
Encima de él había una inscripción que decía: Éste es el rey de los judíos.
Uno de los malechores crucificados lo insultaba diciendo:
-¿No eres tú el Mesías? Sálvate a tí y a nosotros.
Pero el otro lo reprendió diciendo:
-¿No tienes temor de Dios, tú, que sufres la misma pena? Lo nuestro es justo, recibimos la paga de nuestros delitos; pero él, en cambio, no ha cometido ningún crimen.
Y añadió:
-Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí.
Jesús le contestó:
-Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Termina el año cristiano, y la Iglesia celebra el domingo de Cristo Rey. La liturgia nos relata el final de la pasión de Jesús en la que aparece como Rey. ¿Dónde está, Rey, tu reinado? Y ¿dónde tus súbditos leales?¿Adónde se fueron los incondicionales discípulos?¿En qué quedaron todos tus proyectos bienaventurados?¿cómo es que este que se presenta así rey-de-los-judíos, ha nacido de mujer, se entretiene con niños, atiende a pobres y enfermos, se detiene con toda clase de pecadores, y pone en solfa nuestras leyes inhumanas? Así, todos, por temor, o desencanto, o indignación, o defraude... fueron abandonando a aquel Rey. Bueno, todos no. Estaban María, algunas mujeres y Juan. Y había otro más, el de la ultimísima hora: Dimas. Sólo Dimas no empleó el condicional de quien duda o niega, sino el imperativo de quien está seguro ante el acontecimiento que sus ojos ven: acuérdate de mí. La respuesta de Jesús no se hizo esperar: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

Aquel Rey y su Reino no terminaron entonces. Aquel estar con Jesús y participar en su reinado es lo que los cristianos hemos venido celebrando y prolongando durante siglos. Y es lo que en este último domingo del año litúrgico queremos es pecialmente recordar: que Él es el Rey de todo lo creado, el Rey de una nueva his toria, el Rey de una nueva humanidad.
El reinado de Jesús no es una proclama fugaz y oportunista, no es un discurso fácil y barato. Es, ni más ni menos, que devolver a la humanidad la posibilidad de volver a ser humana según el diseño de Dios; la posibilidad de reemprender aquel camino perdido que Dios ofreció antaño, y que una libertad no vivida en la luz, en la verdad y en el amor, llevó al traste. El reinado de Jesús es ese espacio de nueva historia en la que es posible vivir como hijos ante Dios, como hermanos ante los hombres, como confraternos ante todo lo creado.

Ya ha comenzado este reinado, y tantos hombres y mujeres han vivido así. Pero también, ¡cuántos aún no viven así ni ante el Padre Dios, ni ante el hermano hombre, ni ante la confraterna creación! Por eso, es un Reino de Jesús, que está sólo empezado, que se encuentra sin terminar, sin su plenitud final. Sólo hay un trono y éste es para Dios; y en ese trono se brinda libertad. Toda suplantación de ese Rey supondrá un camino de esclavitud, de inhumanidad, de corrupción, como lo demuestra la historia de siempre y la más reciente. Por Jesucristo Rey y por ese Reino hay que seguir trabajando, construyéndolo cotidianamente con cada gesto, en cada situación y circunstancia, para ir des­terrando y transformando cuanto en nosotros y entre nosotros no corresponda al proyecto del Señor. Como dijeron nuestros mártires: ¡viva Cristo Rey!

Monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

sábado, 13 de noviembre de 2010

Por su nombre

Comentario al Evangelio del domingo, XXXIII del tiempo ordinario (Lucas 21,5-19), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm.

El Evangelio de este domingo nos deja una sensación agridulce, con un cierto desconcierto. Las diversas respuestas de Jesús, indicaban a sus oyentes que todo estaba inacabado, inseguro. Hasta la belleza del Templo era frágil y su solidez amenazada: "no quedará piedra sobre piedra". Surgirán profetas falsos una vez más, llegarán guerras, catástrofes, espantos. Y a los discípulos les dirá: os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante gobernadores por causa de mi nombre. Hasta los más cercanos como padres, hermanos, parientes y amigos, los odiarán, los traicionarán e incluso los matarán por causa de su nombre.

Muchas veces ha surgido la tentación de hacer del Cristianismo una especie de vergel, de tranquilo paraíso donde evadirse de un mundo corrupto y caduco que se empeña en no vivir "como Dios manda". Pero el Cristianismo no ha sido regalado por Dios como una "burbuja de paz". De hecho, los mejores hijos de la Iglesia han tenido que sufrir persecución, incomprensión y martirio de tantos modos, como la prolongación en la historia de aquél por mi nombre del que nos habla hoy el Evangelio. Vivir en su Nombre, diciendo su Nombre, siendo su Nombre.

Jesús y el Cristianismo no son un sedante para nuestras molestias sociales, ni un barbitúrico para perpetuar privilegios. No provocan alucinaciones sino compromisos. Los cristianos somos llamados a pertenecer a la historia de Aquel que fue anunciado como "signo de contradicción", y que vino a traer el fuego y la espada, es decir portador de la Luz y portavoz de la Verdad en un mundo que con demasiada frecuencia pacta con la oscuridad y la mentira.

Pero este Evangelio, aunque duro, no es desesperanzador. Nos dice Jesús: "no les tengáis miedo". Ha prometido darnos palabras y sabiduría para hacer frente a cualquier adversario. Lo que importa es que esa Presencia y esa Palabra por Él prometidas, resuenen y se reflejen en la vida de la comunidad cristiana y en la de cada cristiano particular.

El Cristianismo no es una aventura para fugarse del mundo, sino una urgencia para transformarlo según el proyecto de Dios, en el Nombre del Señor. Los cristianos no son los del eterno poderío o los de la eterna oposición, sino los eternos discípulos del único Maestro. Poniendo lo mejor de nosotros mismos para que en cada rincón de la historia pueda seguir escuchándose la Buena Noticia de Jesús y haciéndose realidad el don inmerecido de su Reino que la Iglesia en cada época no deja de anunciar.

jueves, 11 de noviembre de 2010

ESTAR DESPIERTOS, SIN MIEDOS Y AFIANZADOS EN JESÚS


Evangelio correspondiente al domingo 33 del Tiempo Ordinario, Ciclo "C"
(Lucas 21, 5-19)



"A unos que elogiaban las hermosas piedras del templo y la belleza de su ornamentación les dijo:
-Llegará un día en que todo lo que ustedes contemplan será derribado sin dejar piedra sobre piedra.
Le preguntaron:
-Maestro, ¿cuándo sucederá eso y cuál es la señal de que está para suceder?
Respondió:
-¡Cuidado, no se dejen engañar! Porque muchos se presentarán en mi nombre diciendo: Yo soy; ha llegado la hora. No vayan tras ellos. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se asusten. Primero ha de suceder todo eso; pero el fin no llega en seguida. Entonces les dijo:
-Se alzará pueblo contra pueblo, reino contra reino; habrá grandes terremotos, en diversas regiones habrá hambres y pestes, y en el cielo señales grandes y terribles.
Pero antes de todo eso los detendrán, los perseguirán, los llevarán a las sinagogas y las cárceles, los conducirán ante reyes y magistrados a causa de mi nombre, y así tendrán la oportunidad de dar testimonio de mí.
Háganse el propósito de no preparar su defensa; yo les daré una prudencia y una elocuencia que ningún adversario podrá resistir ni refutar.
Hasta sus padres y hermanos, parientes y amigos los entregarán y algunos de ustedes serán ajusticiados; y todos los odiarán a causa de mi nombre. Sin embargo no se perderá ni un pelo de su cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas."
Esta semana 33 del Tiempo Ordinario nos aproxima cada vez más al Adviento, que es un tiempo especial dedicado a prepararnos para acoger la Encarnación de Dios en este mundo. Por eso, la liturgia nos invita a centrar toda nuestra atención en lo que es significativo y no en lo superficial de la vida.

El evangelio de este domingo (Lc. 21, 5-19) se desarrolla a partir de una reacción de Jesús ante quienes están centrados en lo superficial, en la belleza cosmética del templo, y por eso mismo están distraídos de lo que vale realmente en la vida. Como diría un gran amigo: están bajo el influjo de la globalización de la superficialidad.

El evangelio dice, que como algunos ponderaban del templo la solidez de su construcción y la belleza de sus adornos, Jesús profetizó: días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido. Y cómo no va a hablarles de esa manera, si estaban embebidos en lo externo del tempo y no en lo interno del santuario de Dios.

Hace poco, un gran cristiano dijo a sus amigos de camino: el gran problema que tenemos, no son los números sino que estamos distraídos. Y añadió: somos buenos, pero estamos distraídos. No hay maldad, ni clara infidelidad en la mayoría, pero falta fuego, y esto, porque estamos distraídos. Nos falta concentrarnos en Cristo.

A los que estaban en el templo embebidos por su belleza exterior, les faltaba fuego, les faltaba centrarse en lo que lleva por dentro el tempo, que es la vida. Así lo afirma el profeta Ezequiel (47, 1-2.8-9.12), porque al templo de Dios no se le contempla por fuera sino por dentro, para captar el agua que mana de su corazón para recorrer caminos despertando vida. Y no sólo hay que hacerlo con el templo de piedra que antiguamente era el santuario de Dios, sino, contemplar así también a cada hombre y cada mujer, porque son el templo y santuario especial de Dios.

Jesús dirá a todos: distraídos como andan ustedes, cualquier novedad o cualquier estremecimiento de los tiempos actuales los va a tambalear. Por eso conviene que se cuiden de los engaños y que no los domine el pánico. Con esto nos está invitando Jesús a lo más básico del discernimiento que es estar alerta y no tener miedo.

También dirá Jesús: aunque sean perseguidos por mi causa, no tienen que preparar de antemano su defensa, porque Yo les daré palabras sabias. Es decir, aunque lo que hagan por el evangelio les cueste la vida, no se aferren a su sabiduría. Confíen en mí, Yo seré su defensa. Incluso, si los traiciona su propia gente, manténganse firmes y conseguirán la vida. Que equivale a decir: manténganse afianzados y apostando, sigan haciendo caminos sin rigideces sino centrados, y verán amaneceres nuevos. Conseguirán la vida.

Que Dios nos dé la gracia de estar atentos a lo que pasa en el mundo, sin paralizarnos por el miedo ni aferremos a nuestros criterios o convicciones, sino exponiéndonos abiertamente a su gracia y a su sabiduría, para mantenernos afianzados en Él, y así logremos la sintonía con la gran novedad de Dios que acontece en los vaivenes del tiempo presente.

Gustavo Albarrán, S.J.

sábado, 6 de noviembre de 2010

EL TIEMPO DE DIOS ES PERFECTO

Aportes para la HOMILÍA del domingo 32 del Tiempo Ordinario – Ciclo “C” (Lucas 20, 27-38)


Estamos ya en la Semana 32 del Tiempo Ordinario. Pronto terminará este tiempo, dando paso al Adviento. El evangelio de este domingo propone que pongamos lejos nuestra esperanza, invitándonos a reflexionar sobre la vida futura, después de la resurrección, y su relación con la vida presente.

Hace apenas unos días celebramos el día de todos los santos y el de todos los difuntos. Realidades que están muy relacionadas con el evangelio de este domingo. Santidad y muerte, desde perspectiva espiritual, son inseparables. Crecer en santidad exige morir a lo caduco, al pasado y al pecado. Y adentrarnos a la muerte supone el despojo de aquello a lo que nos aferramos, condición necesaria para el camino de santidad.

El evangelista Lucas (20, 27-38) nos dice que los saduceos, a partir de la situación de una mujer difunta que estuvo casada con siete hermanos, también difuntos, preguntaron a Jesús: ¿de cuál de los siete hermanos va a ser esposa cuando llegue la resurrección de los muertos? Un aspecto que remite directamente al planteamiento sobre lo que va a pasar después de la muerte. Es decir, si la vida futura es distinta o continuidad de la actual.

A la pregunta por lo que pasará en el futuro con la mujer difunta y sus 7 esposos del pasado, Jesús responde: En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, a los que Dios resucite, ni se casarán ni morirán, porque serán como ángeles e hijos de Dios. Esta respuesta de Jesús es novedosa, ya que lo mismo puede decirse de muchos otros aspectos de la vida, que siendo tan importantes como el matrimonio, ni van más allá de la muerte, ni tienen prestancia alguna delante de Dios.

La expresión “serán como ángeles” nos habla del futuro, pero también del presente. En su sencillez, esto quiere decir que nuestro futuro es la libertad e integridad total que nos regala la resurrección, poniéndonos delante de un Dios que se alegra ya que nos ama por ser sus hijos. Junto a Él viviremos sin las limitaciones propias del tiempo presente. Y también quiere decir que aquí en la tierra hemos de transitar el camino de la santidad, que no es otro que el camino de la bondad. Y esto sí que tiene importancia para la fe, porque plantea claramente que sólo el amor tiene prestancia ante la vida y ante Dios.

La pregunta más importante no es, si la vida futura es distinta o es continuidad de la actual. Porque el asunto no es qué pasa después de la vida, sino, qué pasa antes de la muerte, qué hacemos en nuestro aquí y ahora con los demás. Tendríamos más bien que preguntarnos: ¿Hay vida de calidad para todos antes de la muerte? ¿Cuido que nadie lo pase mal? ¿Estoy valorando aquí en la tierra lo que, ni vale para la vida, porque tiene sus días contados, y, ni vale para Dios, porque no encaja en su concepción del amor? Esto es lo que permite experimentar que el tiempo de Dios es perfecto (Cf. Eclesiastés 3,11).

El evangelio de esta semana es una auténtica llamada al discernimiento. Porque nuestro Dios es un Dios de vivos y no de lo que está muerto.

Gustavo Albarrán, S.J.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Eternidad, no longevidad

Evangelio del domingo XXXII del tiempo ordinario (Lucas 20,27-38)
Se acercaron entonces unos saduceos, los que niegan la resurrección, y le preguntaron:
-Maestro, Moisés nos ordenó que si un hombre casado muere sin hijos, su hermano se case con la viuda, para dar descendencia al hermano difunto.
Ahora bien, eran siete hermanos. El primero se casó y murió sin dejar hijos. Lo mismo el segundo y el tercero se casaron con ella; igual los siete, que murieron sin dejar hijos. Después murió la mujer. Cuando resuciten, ¿de quién será esposa la mujer? Porque los siete fueron maridos suyos.
Jesús les respondió:
-Los que viven en este mundo toman marido o mujer. Pero los que sean dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no tomarán marido ni mujer; porque ya no pueden morir y son como ángeles; y, habiendo resucitado, son hijos de Dios.
Y que los muertos resucitan lo indica también Moisés, en lo de la zarza, cuando llama al Señor Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven.
                                                         __________
De la mano de San Lucas el año litúrgico va llegando a su fin, y con él también su relato viajero de la subida de Jesús a Jerusalén, término de su vida terrestre. Por eso el tema que nos acompañará en estos tres últimos domingos de nuestro año cristiano, será el tema del paso a la vida nueva.

Es posible que algunas predicaciones sobre los "novísimos" (muerte, juicio, eternidad) se hayan hecho inadecuadamente, generando más un pánico temeroso que una esperanza serena. La Iglesia, fiel a la herencia de su Señor, no pretende acorralar entre miedos y amenazas la libertad del hombre. No obstante, no por ello puede callarse sobre la suerte feliz o infeliz que a todos nos espera en la tierra definitiva, en ese hogar del Padre Dios en el que Jesús nos ha preparado morada.

Pero no es lo mismo creer en la vida eterna que en la vida larga, y hoy se practica un frenético culto a la vida larga con toda una ascética casi religiosa: aerobic, herbolarios, dietas alimenticias, naturismo... todo lo cual, obviamente, está bien, pero deja de estarlo cuando achata el horizonte existencial del hombre, cuando reduce el aprecio y la pasión por la vida a una cuestión de estética o de cosmética. Confundir la felicidad con una fórmula antiarruga o con un plan adelgazante, es cambiar la eternidad por la longevidad, la casa de Dios por el gimnasio o la sauna, la adhesión a la vida toda por el apego a la mocedad.

Habrá un momento de gran verdad para todos, un momento en el que se veri-ficará (hacer la verdad) nuestra vida: el momento de la muerte. Entonces, desnudos de poses y de intereses creados, podremos veri-ficar aquello que decía san Francisco: "somos lo que somos ante Dios, y nada más" (Admonición 19).

La eternidad ya ha comenzado para nosotros con la vida. Somos inmortales. Vivir teniendo presente este momento significa vivir con la voluntad de no querer improvisarlo como quien se resiste ante un encuentro indeseado pero inevitable. Más bien es vivir en lo cotidiano siendo lo que somos en la mente y en el corazón de Dios, es decir, realizando su diseño, su designio sobre nosotros, su proyecto sobre todos y cada uno. Nuestro corazón nos reclama que las cosas más bellas, las más amadas, empezando por la misma vida y el mismo amor, no tengan ocaso. Este es nuestro destino feliz, bienaventurado y dichoso, que ha comenzado ya aunque todavía no haya llegado a su plena manifestación.

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

viernes, 29 de octubre de 2010

Cuando visita Dios

Evangelio del domingo XXXI del tiempo ordinario (Lucas 19, 1-10)

Entró en Jericó y atravesó la ciudad, allí vivía un hombre llamado Zaqueo, jefe de recaudadores de impuestos y muy rico, intentaba ver quién era Jesús; pero a causa del gentío no lo conseguía, porque era bajo de estatura. Se adelantó de una carrera y se subió a un árbol para verlo, pues iba a pasar por allí. Cuando Jesús llegó al sitio, alzó la vista y le dijo:
-Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa.
Bajó rápidamente y lo recibió muy contento. Al verlo, murmuraban todos porque entraba a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor:
-Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y a quien haya defraudado le devolveré cuatro veces más.
Jesús le dijo:
-Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también él es Hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo perdido.

El Evangelio de este domingo nos llena de una serena esperanza. Jesús no ha venido para el regalo fácil, para el aplauso falaz y la lisonja barata de los que están en el recinto seguro, sino más bien "ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido". Aquella sociedad judía había hecho una clasificación cerrada de los que valían y de los que no. Jesús romperá ese elenco maldito, ante el escándalo de los hipócritas, y será frecuente verle tratar con los que estaban condenados a toda marginación: enfermos, extranjeros, prostitutas y publicanos. Era la gente que por estar perdida, Él había venido precisamente a buscar. Concretamente Zaqueo, tenía en su contra que era rico y jefe de publicanos, con una profesión que le hacía odioso ante el pueblo y con una riqueza de dudosa adquisición.

Jesús como Pastor bueno que busca una oveja perdida, o una dracma extraviada, buscará también a este Zaqueo, y le llamará por su nombre para hospedarse en su casa: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa". Lucas emplea en su evangelio más veces este adverbio, hoy: cuando comienza su ministerio público ("hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír" -Lc 4,16-22-), y cuando esté con Dimas, el buen ladrón, en el calvario ("te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso" Lc 23,43 ).

El odio hacia Zaqueo, el señalamiento que murmura, condena y envidia... no sirvieron para transformar a este hombre tan bajito como aprovechón. Bastó una mirada distinta en su vida, fue suficiente que alguien le llamase por su nombre con amor, y entrase en su casa sin intereses lucrativos, para que este hombre cambiase, para que volviese a empezar arreglando sus desaguisados.

La oscuridad no se aclara denunciando su tenebrosidad, sino poniendo un poco de luz. Es lo que hizo Jesús en esa casa y en esa vida. Y Zaqueo comprendió, pudo ver su error, su mentira y su injusticia, a la luz de esa Presencia diferente. La luz misericordiosa de Jesús, provocó en Zaqueo el cambio que no habían podido obtener los odios y acusaciones sobre este hombre. Fue su hoy, su tiempo de salvación.

¿Podremos hacer escuchar en nuestro mundo esa voz de Alguien que nos llama por nuestro nombre, sin usarnos ni manipularnos, sin echarnos más tierra encima, sin señalar inútilmente todas las zonas oscuras de nuestra sociedad y de nuestras vidas personales, sino sencillamente poniendo luz en ellas? Quiera el Señor visitar también hoy la casa de este mundo y de esta humanidad. Será el milagro de volver a empezar para quienes le acojamos, como Zaqueo.

Comentario redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

sábado, 23 de octubre de 2010

¿Comprar a Dios?

Evangelio del próximo domingo, 24 de octubre, XXX del tiempo ordinario (Lucas 18, 9-14)

Jesús contó esta otra parábola para algunos que, seguros de sí mismos por considerarse justos, despreciaban a los demás: "Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro era uno de esos que cobran impuestos para Roma. El fariseo, de pie, oraba así: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás, que son malvados, ladrones y adúlteros, ni como ese cobrador de impuestos. Yo ayuno dos veces a la semana y te doy la décima parte de todo lo que gano. Pero el cobrador de impuestos se quedó a cierta distancia, y ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador! Les digo que este cobrador de impuestos volvió a su casa ya justo, pero el fariseo no. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido".

Quien se ha encontrado con el Dios vivo alguna vez, ha frecuentado su amistad y ha saboreado el amor de Dios, nunca se tendrá por justo, porque justo sólo es Dios; y acercarse al solo Justo supone hacer la experiencia de comprobar nuestra desproporcionada diferencia con Él. Saberse pecador, reconocerse como no justo, no significa vivir tristes, sin paz o sin esperanza, sino situar la seguridad en Dios y no en las propias fuerzas o en una hipócrita virtud. Alguien que verdaderamente no ha orado nunca, seguirá necesitando afirmarse y convencerse de su propia seguridad, ya que la de Dios, la única fidedigna, ni siquiera la ha intuido. Y cuando alguien se tiene por justo, y está hinchado de su propia seguridad, es decir, cuando vive en su mentira, suele maltratar a sus prójimos, los desprecia "porque no llegan a su altura", porque no están al nivel de "su" santidad.

Tenemos, pues, el retrato robot de quien estando incapacitado para orar por estas tres actitudes incompatibles con la auténtica oración, como el fariseo de la parábola, llega a creer que puede comprar a Dios la salvación. La moneda de pago sería su arrogante virtud, su postiza santidad. Hasta aquí el fariseo.

Pero había otro personaje en la parábola: el publicano, es decir, un proscrito de la legalidad, alguien que no formaba parte del censo de los buenos. Y al igual que otras veces, Jesús lo pondrá como ejemplo, no para resaltar morbosamente su condición pecadora, sino para que en ésta resplandezca la gracia que puede hacer nuevas todas las cosas.

Aquel publicano ni se sentía justo ante Dios, ni tenía seguridad en su propia coherencia, ni tampoco despreciaba a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Sólo dijo una frase, al fondo del templo, en la penumbra de sus pecados: "Oh Dios, ten compasión de este pecador". Preciosa oración, tantas veces repetida por los muchos peregrinos que en su vida de oscuridad, de errores, de horrores quizás también, han comenzado a recibir gratis una salvación que con nada se puede comprar.

Jesús nos enseña a orar viviendo en la verdad, no en el disfraz de una vida engañosa y engañada ante todos menos ante Dios. Tratar de amistad con quien nos ama, es reconocer que sólo Él es Dios, que nosotros somos unos pobres pecadores a los que se les concede el don de volver a empezar siempre, de volver a la luz, a la alegría verdadera, a la esperanza, para rehacer aquello que en nosotros y entre nosotros, pueda haber manchado la gloria de Dios, el nombre de un hermano y nuestra dignidad.

Redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm.

viernes, 15 de octubre de 2010

EL CLAMOR DE LOS QUE SUFREN

Comentario al Evangelio del domingo XXIX del tiempo ordinario C (Lucas 18, 1-8)
Jesús les contó una parábola para enseñarles que debían orar siempre, sin desanimarse. Les dijo: "Había en un pueblo un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. En el mismo pueblo había también una viuda que tenía un pleito y que fue al juez a pedirle justicia contra su adversario. Durante mucho tiempo el juez no quiso atenderla, pero después pensó: "Aunque ni temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, como esta viuda no deja de molestarme, la voy a defender para que no siga viniendo y acabe con mi paciencia."

Y el Señor añadió: "Esto es lo que dijo el juez malo. Pues bien, ¿acaso Dios no defenderá también a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Los hará esperar? Les digo que los defenderá sin demora. Pero cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará todavía fe en la tierra?

La parábola de la viuda y el juez sin escrúpulos es, como tantos otros, un relato abierto que puede suscitar en los oyentes diferentes resonancias. Según Lucas, es una llamada a orar sin desanimarse, pero es también una invitación a confiar que Dios hará justicia a quienes le gritan día y noche. ¿Qué resonancia puede tener hoy en nosotros este relato dramático que nos recuerda a tantas víctimas abandonadas injustamente a su suerte?

En la tradición bíblica la viuda es símbolo por excelencia de la persona que vive sola y desamparada. Esta mujer no tiene marido ni hijos que la defiendan. No cuenta con apoyos ni recomendaciones. Sólo tiene adversarios que abusan de ella, y un juez sin religión ni conciencia al que no le importa el sufrimiento de nadie.

Lo que pide la mujer no es un capricho. Sólo reclama justicia. Ésta es su protesta repetida con firmeza ante el juez: «Hazme justicia». Su petición es la de todos los oprimidos injustamente. Un grito que está en la línea de lo que decía Jesús a los suyos: "Buscad el reino de Dios y su justicia".

Es cierto que Dios tiene la última palabra y hará justicia a quienes le gritan día y noche. Ésta es la esperanza que ha encendido en nosotros Cristo, resucitado por el Padre de una muerte injusta. Pero, mientras llega esa hora, el clamor de quienes viven gritando sin que nadie escuche su grito, no cesa.

Para una gran mayoría de la humanidad la vida es una interminable noche de espera. Las religiones predican salvación. El cristianismo proclama la victoria del Amor de Dios encarnado en Jesús crucificado. Mientras tanto, millones de seres humanos sólo experimentan la dureza de sus hermanos y el silencio de Dios. Y, muchas veces, somos los mismos creyentes quienes ocultamos su rostro de Padre velándolo con nuestro egoísmo religioso.

¿Por qué nuestra comunicación con Dios no nos hace escuchar por fin el clamor de los que sufren injustamente y nos gritan de mil formas: "Hacednos justicia"? Si, al orar, nos encontramos de verdad con Dios, ¿cómo no somos capaces de escuchar con más fuerza las exigencias de justicia que llegan hasta su corazón de Padre?

La parábola nos interpela a todos los creyentes. ¿Seguiremos alimentando nuestras devociones privadas olvidando a quienes viven sufriendo? ¿Continuaremos orando a Dios para ponerlo al servicio de nuestros intereses, sin que nos importen mucho las injusticias que hay en el mundo? ¿Y si orar fuese precisamente olvidarnos de nosotros y buscar con Dios un mundo más justo para todos?

Reflexión de José Antonio Pagola

viernes, 8 de octubre de 2010

El extranjero

Comentario al Evangelio del domingo XXVIII del tiempo ordinario (Lucas 17,11-19)
La trama del Evangelio de este domingo no está en una simple distinción edificante entre gente agradecida y gente que no lo es. No es la cortesía o de la buena educación lo que se dilucida aquí, sino la fe de aquellos hombres, su relación con ese Dios en quien creían. El protagonista será alguien doblemente marginado social mente: por leproso y por extranjero.

El pecado que se reprueba en este Evangelio, es precisamente el de no tener fe creyendo que se tiene. Aquellos leprosos que no volvieron a dar gracias a quien les había curado, no eran extranjeros sino judíos, consideraban que tenían "derecho" a la curación, que era lo menos que podía hacer por ellos "su" Dios. De manera que aquella curación fue recibida como quien recibe su correspondiente pago por los servicios prestados: Dios pagaba con moneda de curación. Y por eso, una vez ajustadas las cuentas, ¡Dios y ellos... estaban en paz, no se debían nada!

Sin embargo había otro leproso, que por no tener no tenía ni el pasaporte judío. Este leproso era extranjero, sin derechos oficiales ante Dios. Lo cual significaba que si sucedía lo que de hecho sucedió, no era más que por un puro regalo indebido, por una gracia inmerecida, por un don inesperado.

Efectivamente, no basta con pertenecer oficialmente a una comunidad de salvación, como era la judía, y como es nuestra Iglesia. No tenemos un derecho sobre Dios hasta el punto de poder cobrar nuestro servicio y nuestra virtud con una moneda de las que no se devalúan (luz, paz, salud...). Si Dios nos concede cualquier gracia, es por pura gracia, sin que ello deba generar en nuestra vida cristiana actitudes como las que Jesús denuncia veladamente en aquellos leprosos desagradecidos: la arrogancia, la vanagloria, la inercia y la rutina.

Aquel samaritano, reconoció a Jesús, le pidió una gracia, la acogió y después la agradeció. Fue un hombre que se adhirió al Señor con su vida tal cual: enferma y extranjera. Y en su realidad concreta fue alcanzado por la gracia. ¿Tendremos nosotros, desde nuestra extranjería y desde nuestra enfermedad, el valor para gritar también: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros? Pidamos al Señor la gracia de pertenecerle cada vez más, poniendo fin a todas nuestras lejanías; pidámosle que vende nuestras heridas, terminando todas nuestras enfermedades que nos enfrentan a otros por fuera y nos dividen a nosotros mismos por dentro.

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

ENCONTRARME CON JESÚS PARA QUE ME SANE, ME LIBERE Y ME SALVE

(Lucas 17, 11-19)
En su camino a Jerusalén, pasó Jesús entre las regiones de Samaria y Galilea. Y llegó a una aldea, donde le salieron al encuentro diez hombres enfermos de lepra, los cuales se quedaron lejos de él gritando:
- ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!
Cuando Jesús los vió, les dijo:
- Vayan a presentarse a los sacerdotes.
Y mientras iban, quedaron limpios de su enfermedad. Uno de ellos, al verse limpio, regresó alabando a Dios a grandes voces, y se arrodilló delante de Jesús, inclinándose hasta el suelo para darle las gracias. Este hombre era de Samaria. Jesús les dijo:
-¿Acaso no eran diez los que quedaron limpios de su enfermedad? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Únicamente este extranjero ha vuelto para alabar a Dios?
Y le dijo al hombre:
-Levántate y vete; por tu fe has sido sanado.

En la Semana 28 del Tiempo Ordinario, la Liturgia nos invita a reflexionar, a partir de la sanación de los leprosos, sobre el tipo de encuentro con Jesús del que surge una fe que sana, libera y salva.

El relato de la curación de los Leprosos [Lc. 17,11-19] no se limita a exponer la sanación ocurrida a aquellos enfermos. Aunque ya era mucho que los enfermos-excluidos se reincorporaran a la vida, a sus casas, a su pueblo. Eso es lo que significa: “Vayan a presentarse al templo”. Es decir, vayan y hagan el rito de purificación que les acredita como curados. Pero Lucas avanza un poco más hasta presentar la sanación como una ocasión especial de encuentro con Dios. Porque la sanación es una de las experiencias más radicales en la que experimentamos la victoria frente al mal y el triunfo de la vida sobre la muerte (Cf. Pagola).

La curación de los Leprosos puede parecer un milagro más de los tantos que realizó Jesús. Sin embargo, el evangelista parte de esta realidad para ponernos en contacto con el núcleo de la fe: El encuentro personal, tú a tú con el Señor que crea una cadena de idas y venidas entre la Persona y Dios.

De los diez Leprosos que acudieron a Jesús, uno sólo al verse curado, regresó, glorificó a Dios, se puso en actitud de adoración (se postró a los pies), y agradeció, mientras que los otros 9 hombres no. Existe el peligro de que practiquemos una religiosidad que nos haga insensibles ante la vida e ingratos, porque nos replegamos sobre nosotros mismos.

No es muy difícil captar la intención evangélica de Lucas, al presentar de forma directa y expresa el modo del encuentro entre Jesús y el Hombre. Exponerse a Dios, sentir su influjo en la propia vida, regresar a Él, glorificar a Dios y agradecerle, serán los 5 momentos más sentidos del encuentro orante. Serán también los momentos básicos de la experiencia radical de Dios.

Un gran santo afirma que “el amor consiste en la comunicación de ambas partes”, es decir, “dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o puede, y de igual modo el amado al amante”. Jesús da la salud al leproso, éste se vuelve dando gloria a Dios y agradecido con Jesús. Luego Jesús le da nuevamente: lo salva y lo hace libre. Por eso le dice: “levántate y vete, tu fe te ha salvado”. El encuentro entre el Leproso-sanado y Jesús fue un auténtico intercambio de dones. Un verdadero encuentro de amistad que hizo nacer la fe. De ahora en adelante ya no será el leproso sanado, sino el hombre sanado, liberado y salvado para la vida.

Que nos expongamos al encuentro directo con Jesús, para que sane nuestras dolencias, enfermedades y males que nos aquejan. Nos libere de las ataduras, de los prejuicios y de los miedos que nos paralizan. Y así podamos experimentar una fe que anticipa la salvación y nos pone en sintonía con Dios y con el mundo.

Podemos terminar con el texto siguiente:

QUIERO ENCONTRARTE
“Como busca el sediento corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Tengo sed de Ti, Señor. Tengo sed del Dios vivo”. (Sal. 42).

Esto es mi deseo, mi anhelo y mi necesidad. El empuje vital de mis entrañas. Es mi ilusión, mi búsqueda y mi esperanza. Es el motivo más vital de mi existencia.

Quiero encontrarte en la oración que revela tu presencia inconfundible y dejar que el silencio me sitúe frente a Ti.

Quiero encontrarte en lo cotidiano de la vida, en la sencillez de las cosas, y abrirme a tu Palabra para que me transforme desde dentro.

Quiero encontrarte en mi cansancio, en la fatiga del camino transitado, y permitirte a Ti, Señor, me sostengas con tu mano fuerte.

Quiero encontrarte allí donde se abre paso a cada instante la alegría, y disponerme a levantar de nuevo el vuelo.

(CEP-Gustavo Albarrán, S.J.)

sábado, 2 de octubre de 2010

SI TUVIERAS FE AUNQUE FUERA DEL TAMAÑO DE UNA SEMILLA DE MOSTAZA

En esta Semana 27 del Tiempo Ordinario, la Liturgia nos invita a reflexionar sobre la unión inseparable que hay entre la fe y el servicio desinteresado, proponiéndonos que vivamos de una fe auténtica.

Según Lucas [17,5-10], los discípulos han pedido a Jesús: «auméntanos la fe», y a partir de esta petición, el Señor les plantea cuatro aspectos muy importantes de la fe: 1º) para transformar el mundo sólo basta un poco de fe [v. 6]; 2º) la fe hace disponible para servir en todo momento [v. 7-8]; 3º) quien tiene fe, sirve o ama desinteresadamente [v. 9]; 4º) el que actúa con fe, no es engreído, sino humilde y responsable al reconocer que ha hecho lo que debía y nada más [v. 10].

Para transformar el mundo sólo basta un poco de fe. La fe, aunque sea poca, rehace todo desde dentro, porque ablanda la dureza de corazón, limpia el alma, quita las tinieblas de la mente, purifica nuestros razonamientos estériles y arranca la maldad de las entrañas, haciendo transparente nuestra vida. Con tan sólo un poco de fe mucho se haría de nuevo.

La fe nos hace disponibles para servir en todo momento. La fe es el don que abre al encuentro con los demás, nos capacita para planos mayores de entrega, de donación y de riesgos, porque hace que la visión vaya más allá de la simple apariencia, permite al corazón descubrir las sutilezas de la ternura y logra que la razón se ensanche hasta captar la pureza de las cosas y las personas. Con tan sólo un poco de fe aumentaría nuestra alegría.

Quien tiene fe, sirve o ama desinteresadamente. La fe es la fuerza que libera la generosidad, liberando también nuestra humanidad de la nostalgia que nos petrifica en el pasado, de la avidez que nos paraliza en el presente y de la ansiedad que nos descentra en el futuro, porque la generosidad es la que nos abre en pleno a la gracia. Con tan sólo un poco de fe cada quien fortalecería su paz.

El que actúa con fe, es humilde en reconocer que ha hecho tan sólo lo que debía. La fe es la energía que sustenta la sencillez de vida y la responsabilidad, permitiendo que nos adentremos en los secretos del mundo y desentrañemos los misterios de la vida, sin adueñarnos de nada, ni instalarnos en nada, ni dejándonos atrapar por nada, porque solo la humildad nos hace libres. Con tan sólo un poco de fe tendríamos vida de verdad.

La preciosa carta a los Hebreos nos dirá que “la fe es la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve” (Hb. 11,1), y es cierto, porque la fe es la convicción de nuestra esperanza. Pero de esta afirmación no podemos interpretar que la fe equivale a la apuesta ciega, como quien se deja caer en el vacío. Tampoco es el simple entusiasmo que mueve o empuja la vida o el camino. La fe es el don de Dios que se extiende en el mundo, anticipándonos la confianza de poseer lo que Él nos dio ya, aunque no lo veamos. Lo que si se desprende de la afirmación del apóstol es que la fe es la fuerza que nos atrae, nos gana y nos lanza.

Por eso, la fe si es apuesta que nos hace caer, pero no el vacío, sino en la vida. Es el entusiasmo, pero aquel que contagia esperanza y abre horizontes despertando a caminos nuevos. La fe es también, la liberación progresiva de los miedos que guarda el corazón del hombre.

Gustavo Albarrán, S.J.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Es gratis

Evangelio del domingo, 3 de octubre, XXVII del tiempo ordinario (Lucas 17,5-10)

Los apóstoles pidieron al Señor:
-Danos más fe.
El Señor les contestó:
-Si ustedes tuvieran fe, aunque sólo fuera del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a este árbol: "Arráncate de aquí y plántate en el mar", y les haría caso.
Si uno de ustedes tiene un criado que regresa del campo después de haber estado arando o cuidando el ganado, ¿acaso le dice: "Pasa y siéntate a comer"? No, sino que le dice: "Prepárame la cena y disponte a atenderme mientras yo como y bebo. Después podrás tú comer y beber". Y tampoco le da las gracias al criado por haber hecho lo que le mandó. Así también, cuando ya hayan cumplido todo lo que Dios les manda, deberán decir: "Somos servidores inútiles, porque no hemos hecho nada más que cumplir con nuestra obligación".

Están Jesús y los discípulos frente a frente, y se plantea un tema tan básico como el de la fe. Ellos ven la desproporción entre lo que el Maestro propone y lo que de hecho sus vidas dan de sí. Por eso aquella petición con un humilde realismo por parte de aquellos hombres: "auméntanos la fe". Es la experiencia de vértigo ante Alguien grande, ante un maestro diferente en Israel.

Jesús provoca a sus discípulos de frágil fe, utilizando el recurso de la paradoja: creer hasta lo imposible -trasplante de la morera al mar-. Sin duda quedarían completamente descolocados. Porque creer no es una postura fingida, sino la adhesión de toda la persona. La fe que iba derivándose como condición para ser discípulo de Jesús, no era una cuestión periférica para los momentos de apuro y dificultad, sino una fe para todo momento, suceda lo que suceda, pinte lo que pinte: lo que es imposible para vosotros no lo es para Dios.

En segundo lugar, una fe que es un don. La adhesión a Dios que transforma en posibles los imposibles, no es fruto del empeño, ni del noble es fuerzo, sino una gracia que Dios concede a quien la pide y la acoge. De modo que es impropio ponerle un precio a lo que se ha recibido gratis. Es lo que Jesús explica con el ejemplo del criado del campo: "somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer".

Hoy a nosotros también nos provoca Jesús, cuando nos asomamos a tantos imposibles como nuestro mundo tiene planteados: violencias, guerras, corrupciones, hambres, inhumanismos, increencia, desencantos... No es un desafío a nuestra habilidad o estrategia, sino a nuestra fe, porque la solución de nuestros contenciosos no pasa simplemente por nuestras estratagemas o ardides, sino por la realización del proyecto de Dios sobre la historia, es decir, el Reino.

Tener fe es adherirse a Dios y a su proyecto, haciéndolo realidad, sueño cumplido y no pesadilla a olvidar. Apasionarse por ese diseño divino, con todo el corazón y con toda la inteligencia. Al final de todo, no podremos esgrimir ante Dios que le hemos hecho un favor por haber creído en Él y haber colaborado en la realización de su proyecto. Y no podremos pasarle factura ni cobrarle honorarios, por que ser humanos y creyentes es lo que teníamos que ser, para eso nacimos. Sin duda que también nosotros, llegados a este punto de ver cómo es nuestra fe, acabamos diciendo aquello de los discípulos: "Señor, auméntanos la fe".

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

sábado, 25 de septiembre de 2010

El más rico del cementerio



¿De qué sirve ser el más rico del cementerio? Jesús propone esta parábola a unos fariseos celosos de la Ley y los profetas, amigos de Moisés y de Abrahán, pero que vivían con una cierta esquizofrenia moral y espiritual.

Jesús en primer lugar relativiza el valor del dinero apelando a su poderío fugaz y a su gloria caduca. El dinero y todo lo que lo rodea, no tiene la última palabra en esta vida, porque esa palabra postrera la pronunciamos todos por igual, con la misma indigencia y fragilidad con la que igualmente nacimos: Epulón y Lázaro eran iguales ante su origen y ante su destino. El dinero y sus adláteres, no son la moneda para comprar el acceso en la vida perdurable, sino que más bien será una gracia de Dios al alcance de cualquiera que haya tenido corazón de pobre (hayan sido cuales hayan sido sus arcas monetarias).

Lo segundo que destaca Jesús es la infinita diferencia entre el modo de valorar que tiene Dios y aquellos fariseos burlones. Sólo quien entra en la mirada de Dios puede descubrir su secreto, y sólo quien se adentra en su Corazón comprende su riqueza, como el mismo Pablo descubrió (Filp 3,7-8).

No bastaba saberse al dedillo las consejas de la Ley y los Profetas. Hay un modo de ser creyente que es inútil: saber cosas de Dios y no vivir conforme a lo que sabemos, encender una vela a Dios en su día, reservándonos para nosotros y nuestros diablos el resto de la semana. Epulón comprendió ya tarde la inutilidad de la basura de su vida, y quiso enviar a un muerto a los suyos para hacerles ver la engañifa en la que vivían. Pero nadie escarmienta en cabeza ajena. A lo más, queda uno asustado una breve temporada. Curiosamente, Dios desde "sus valores", lejos de ser un rival de los nuestros, es su mejor exponente. Tenemos la experiencia cotidiana de cómo cuando nos alejamos de la visión que Dios tiene de la vida, ésta se deshumaniza.

Por eso no es extraño que quienes aman el dinero y se burlan de los enviados de Dios, no entiendan nada, se irriten e indignen, y hasta decidan matar al mensajero. No, nuestro mundo no necesita que vengan los muertos para darnos un susto incontestable, sino más bien está necesitado de vivos, de cristianos vivos que desde la trama diaria de su existir enseñan a ver las cosas desde los Ojos de Dios, y amar la vida desde y como Él, ritmando nuestros latires con los de su Corazón, valorando aquello que tiene valor para Él, lo que enajena y enfrenta, lo que adormece e inhibe, y relativizando lo que corrompe y deshumaniza.

Comentario al Evangelio del próximo domingo, 26 de septiembre, XXVI del tiempo ordinario (Lucas 16,19-31), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo

jueves, 23 de septiembre de 2010

FRANQUEAR LAS SITUACIONES INFERNALES

(Lucas 16, 19-31) Domingo 26 del Tiempo Ordinario – Ciclo “C

Había un hombre rico que se vestía con ropa fina y elegante y que todos los días ofrecía espléndidos banquetes. Había también un pobre llamado Lázaro, que estaba lleno de llagas y se sentaba en el suelo a la puerta del rico. Este pobre quería llenarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas. Un día el pobre murió, y los ángeles lo llevaron a sentarse a comer al lado de Abraham. El rico también murió, y fue enterrado.

Y mientras el rico sufría en el lugar a donde van los muertos, levantó los ojos y vió de lejos a Abraham, y a Lázaro sentado a su lado. Entonces gritó: ¡Padre Abraham, ten lástima de mí! Manda a Lázaro que moje la punta de su dedo en agua y venga a refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo mucho en este fuego. Pero Abraham le contestó: "Hijo, acuérdate que en vida tú recibiste tu parte de bienes, y Lázaro su parte de males. Ahora él recibe consuelo aquí, y tú sufres. Aparte de esto, hay un gran abismo entre nosotros y ustedes; de modo que los que quieren pasar de aquí allá, no pueden, ni de allá tampoco pueden pasar aquí.

El rico dijo: "Te suplico entonces, Padre Abraham, que mandes a Lázaro a la casa de mi Padre, donde tengo cinco hermanos, para que les llame la atención, y así no vengan ellos también a este lugar de tormento." Abraham dijo: "Ellos ya tienen lo escrito por Moisés y los profetas: ¡que les hagan caso!" El rico contestó: " Padre Abraham, eso no basta; pero si un muerto resucita y se les aparece, ellos se convertirán". Pero Abraham le dijo: "Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán aunque algún muerto resucite."

En la Semana 26ª del Tiempo Ordinario, la Liturgia nos invita a reflexionar sobre el tamaño o nivel de sensibilidad y cercanía efectiva que tenemos con las personas y pueblos que padecen necesidades. La conocida parábola del “rico opulento” (Lucas 16,19-31), expresa de forma tan sencilla como cruda, que “la distancia que nos separa del pobre es la misma que nos separa de la felicidad”.

Desentrañando la parábola del rico opulento, podemos captar lo que el evangelista quiere que evitemos de cara a nuestra salvación: 1º) la ceguera y sordera ante la realidad; 2º) la insensibilidad de quien vive en la abundancia; 3º) la mezquindad y egoísmo que imposibilita el encuentro fecundo; 4º) la amargura y soledad fruto de la indolencia ante el mal ajeno. Todos estos aspectos son los que terminan construyendo abismos infranqueables (Lc. 16,26). Es decir, situaciones infernales.

Una pésima interpretación de este evangelio sería afirmar que “el pobre será feliz en el cielo”. Para Lucas, el Rico opulento y Lázaro, son las dos caras de una misma realidad: el exceso de bienes de unos es la causa del exceso de males que otros padecen. Podemos encontrar miles de excusas ante el mal o pobreza de las personas que nos rodean. Sin embargo, sigue en pie el paradigma de Jesús: “la salud y bienestar del pobre e indefenso, es camino obligado para mi salvación”.

El evangelista no se conforma con poner sobre el tapete las consecuencias morales de una vida en la opulencia, que elude o se desentiende del dolor o necesidad del otro, sino que avanza hasta poner la situación del pobre en el mismo terreno de Dios. Es nuestro Padre del cielo el que sale en su defensa. Lo que hagamos a favor o en contra del pobre, lo hacemos a Dios. Eso significa Lázaro (forma abreviada de Eleazar): “Dios en persona me ayuda”.

Para Jesús y para nuestra fe, Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres. No nos toca a nosotros juzgar a nadie. Al contrario, la parábola del “rico opulento” nos ayuda a detectar la insensibilidad en la que vamos cayendo poco a poco, casi sin darnos cuenta, para cambiarla, transformándola en compasión.

De este mismo evangelio se desprende la ruta que franquea las situaciones infernales. Porque quien se muestra hermano del necesitado, del pobre: no sucumbirá a la oscuridad, su luz iluminará toda tiniebla; no lo envolverá la insensibilidad, su misericordia limpiará todo desamor; no quedará atrapado en la mezquindad o egoísmo, su solidaridad lo librará de la muerte; no se hundirá en la soledad ni la amargura, su generosidad le alcanzará la comunión.

Podemos terminar con el texto siguiente:

NO HAY PORQUE ESPERAR MÁS TIEMPO

No hay más tiempo que esperar, si el que pide a tu puerta clama y grita de necesidad. Ni te ocultes ante el que padece desgracias por falta de solidaridad. Nunca cierres la puerta al mendigo, al hambriento o desvalido, porque en ellos comienza, y para siempre, a despertar el amor que hace tiempo habías perdido.

Mantén tu mirada atenta, al que pide, al que busca, al que llama, porque la vida sólo va, nunca regresa, y así sentirás la dicha excelsa de una entrega y un servicio que se curte en la entereza. Estrecha tu mano al que sufre, al dolorido, al indefenso, recuerda que la gracia es gracia, cuando acoge, cuando alivia, cuando sana, cuando devuelve la vida a los muertos.

(CEP- Gustavo Albarrán)

viernes, 17 de septiembre de 2010

La fidelidad de lo pequeño

Evangelio del domingo XXV del tiempo ordinario (Lucas 16,1-13)

Jesús contó también esto a sus discípulos: "Había un hombre rico que tenía un mayordomo; y fueron a decirle que este le estaba malgastando sus bienes. El amo lo llamó y le dijo: ¿Qué es esto que me dicen de tí? Dame cuenta de tu trabajo, porque ya no puedes seguir siendo mi mayordomo. El mayordomo se puso a pensar: ¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me deja sin trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra, y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener quienes me reciban en sus casas cuando me quede sin trabajo. Llamó entonces uno por uno a los que le debían algo a su amo. Al primero le preguntó: ¿Cuánto le debes a mi amo? Le contestó: Le debo cien barriles de aceite. El mayordomo le dijo: Aquí está tu vale; siéntate en seguida y haz otro por cincuenta solamente. Después preguntó a otro: Y tú, ¿cuánto le debes? Este le contestó: cien medidas de trigo. Le dijo: Aquí está tu vale; haz otro por ochenta solamente. El amo reconoció que el mal mayordomo había sido listo en su manera de hacer las cosas. Y es que cuando se trata de sus propios negocios, los que pertenecen al mundo son más listos que los que pertenecen a la luz. 

Les aconsejo que usen las falsas riquezas de este mundo para ganarse amigos, para que cuando las riquezas se acaben, haya quien los reciba a ustedes en las viviendas eternas.

El que se porta honradamente en lo poco, también se porta honradamente en lo mucho; y el que no tiene honradez en lo poco, tampoco la tiene en lo mucho. De manera que, si con las falsas riquezas de este mundo ustedes no se portan honradamente, ¿quién les confiará las verdaderas riquezas? Y si no se portan honradamente con lo ajeno, ¿quién les dará lo que les pertenece?

Ningún sirviente puede servir a dos amos; porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y a las riquezas."

Aparentemente Jesús ensalza la habilidad de un administrador infiel. Pero hay que ser cautos y afinar en aquello que viene ensalzado: no es la infidelidad, la corrupción, sino la habilidad, la astucia de aquel administrador avispado. El que es fiel en lo poco, lo será también en lo mucho. Que viene a decir: todo aquello que te gustaría cambiar de un mundo demasiado cruel, empieza por cambiarlo en tu propia casa, en tu corazón.

Y en verdad, ¿quién no se ha quejado alguna vez de cómo va nuestro mundo a tantos niveles? La política, la economía, la paz, la justicia, la familia, los ancianos, los jóvenes, y un largo etcétera en donde ponemos contra las cuerdas a nuestra sociedad bastante inmoralizada y desmoralizada. En todo lo cual no falta razón: se ha perdido el rumbo de muchas cosas, se han abandonado impunemente muchos principios básicos, se han destruido tantos valores que no eran negociables, se ha deshumanizado tanto nuestra humanidad.

Pero caben dos salidas: caer tanto en pesimismos deprimentes (todo es malo, "y cualquier tiempo pasado fue mejor" que decía el poeta en su elegía) como en optimismos irresponsables (lo importante es cambiar, arrasar, que no quede nada de lo anterior), o más bien, tener una mirada serena sobre el mundo, sobre la vida, sobre el dolor, sobre el amor, sobre tantas cosas que no van, y empezar a arreglarlas en uno mismo. El mundo nuevo, la tierra nueva, empieza por mi casa, por mi propio corazón. Empecemos por lo poco, por lo pequeño, por lo cotidiano, por lo nuestro. No es el gobierno de turno, ni los organismos mundiales de vanguardia, ni el vaticano, ni los banqueros, ni los periodistas, ni los sindicatos... quienes tienen que dar el pistoletazo de salida. El mundo nuevo empieza más cerca de mí, en mis actitudes, en mis opciones, en mi modo de escuchar, de atender, de proponer, de vivir.

La llamada de Jesús es clara: no podemos tener dos patrones, dos amos. O nos adherimos al diseño de Dios, a su proyecto de humanidad, de civilización del Amor, o nos apuntamos a la barbarie en la que termina siempre toda pretensión que censura algún aspecto del corazón del hombre. Sin Dios, sin este "amo" tan especial que nos hace libres, es muy difícil hacer un mundo que sepa a justicia, a limpieza, a paz, a respeto, a libertad, a felicidad. Metamos al Señor en nuestras cosas y en nuestras casas, sin fanatismos pero sin complejos. Porque sólo quien ama de verdad a Dios llega a no despreciar al hombre hermano.
 
Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

jueves, 9 de septiembre de 2010

¿Es usted un pródigo?

Domingo XXIVdel tiempo ordinario (Lucas 15, 1-32)

Todos los que cobraban impuestos para Roma y otra gente de mala fama se acercaban a Jesús, para oirlo. Los fariseos y los maestros de la ley lo criticaban por esto, diciendo:

- «Éste recibe a los pecadores y come con ellos.»
Entonces Jesús les dijo esta parábola: "Quién de ustedes si tiene cien ovejas pierde una de ellas, no deja las otras noventa y nueve en el campo y va en busca de la oveja perdida, hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, contento la pone sobre sus hombros, y al llegar a casa junta a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo porque ya encontré la oveja que se me había perdido". Les digo que así también hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.


O bien, ¿qué mujer que tiene diez monedas y pierde una de ellas, no enciende una lámpara y barre la casa buscando con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: Alégrense conmigo porque ya encontré la moneda que había perdido." Les digo que así también hay más alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se convierte.

Jesús contó esto también: "Un hombre tenía dos hijos, y el más joven le dijo a su padre:
"Padre, dame la parte de la herencia que me toca." Entonces el padre repartió los bienes entre ellos. Pocos días después el hijo menor vendió su parte de la propiedad, y con ese dinero se fue lejos, a otro país, donde todo lo derrochó llevando una vida desenfrenada. Pero cuando ya se lo había gastado todo, hubo una gran escasez de comida en aquel país, y él comenzó a pasar hambre. Fue a pedir trabajo a un hombre del lugar, que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Y tenía ganas de llenarse con las algarrobas que comían los cerdos; pero nadie se las daba. Al fin se puso a pensar: "Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre. Regresaré a casa de mi padre, y le diré: Padre mío, he pecado contra Dios y contra ti; ya no merezco llamarme tu hijo; trátame como a uno de tus trabajadores." Así se puso en camino y regresó a la casa de su padre.

Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión de él. Corrió a su encuantro y lo recibió con abrazos y besos. El hijo le dijo: "Padre mío, he pecado contra Dios y contra ti; ya no merezco llamarme tu hijo." Pero el padre ordenó a sus criados: "Saquen pronto la mejor ropa y vístanlo, pónganle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el becerro más gordo y mátenlo. ¡Vamos a celebrar esto con ! porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado." Comenzaron la fiesta.


Entre tanto, el hijo mayor estaba en el campo. Cuando regresó y llegó cerca de la casa, oyó la música y el baile. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba.
El criado le dijo: Es que su hermano ha vuelto; y su padre ha mandado a matar el becerro más gordo, porque lo recobró sano y salvo. Pero tanto se enojó el hernmano mayor , que no quería entrar; así que su padre tuvo que salir a rogarle que lo hiciera. Le dijo a su padre: "Tú sabes cuántos años te he servido, sin desobedecerte nunca, y jamás has dado ni siquiera un cabrito para tener una comida con mis amigos. En cambio, ahora llega este hijo tuyo que ha malgastado tu dinero con prostitutas, y matas para él el becerro más gordo."


El padre le contestó: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Pero había que celebrar esto con un banquete y alegrarnos, porque tu hermano que estaba muerto, ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado."»

Estamos ante una de las páginas evangélicas más sobrecogedoras, en las que como decía Charles Péguy, Dios parece que ha perdido la vergüenza. Ante la pregunta sobre la misericordia, Jesús describe una parábola, que simbólicamente representa a los dos tipos de personas que estarán en torno a su vida: los publicanos y pecadores por un lado, y los fariseos y letrados por otro. Pero el protagonismo no re cae en los hijos ni en sus representados, sino en el padre y en su misericordia.

Publicanos y pecadores (el hijo menor): Este hijo siempre había sido medidor de su destino: decidirá marcharse y regresar, haciendo para ambos momentos un discurso ante su padre. Sorprende la actitud del padre descrita con intensidad por una lista de verbos que desarman los discursos de su hijo, y que indican la tensión de su corazón entrañable: "cuando estaba lejos, su padre lo vio; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo" (Lc 15,20). Es el proceso-relato de la misericordia. Y el error de aquel hijo menor, que le condujo a la fuga hacia los espejismos de una falsa felicidad y de una esclavizante independencia, será transformado por el padre en gozo y encuentro, en alegría inesperada e inmerecida. La última palabra dicha por ese padre, que es la que queda sobre todas las penúltimas dichas por el hijo, es el triunfo de la misericordia y la gracia.

Fariseos y letrados (el hijo mayor). Triste es la actitud de este otro hijo, aparentemente cumplidor, sin escándalos... pero resentido y vacío. No pecó como su hermano, pero no fue por amor al padre, sino a sí mismo, a su imagen, a su fama. Cuando la fidelidad no produce felicidad, es señal de que no se es fiel por amor sino por interés. El se había quedado con su padre, pero había puesto un precio a su gesto, que le impedía quedarse como hijo. Teniéndolo todo, se quejaba de la falta de un cabrito. Quien vive calculando, no puede entender, ni siquiera ver, lo que se le ofrece gratuitamente, en una cantidad y calidad infinitamente mayor de cuanto se puede esperar.

Acaso cada uno de nosotros seamos una variante de esta parábola, y tengamos parte de la actitud del hijo menor y parte de la del mayor. Lo importante es que en la andanza de nuestra vida podamos tener un encuentro con la misericordia. Hay muchas maneras de vivir lejos del Padre Dios, y muchos modos de des preciar su amor estando junto a Él, porque podemos ser un hijo perdido o un hijo huérfano. La trama de esta parábola es la de nuestra posibilidad de ser perdona dos. El sacramento de la Penitencia es siempre el abrazo de este Padre que viéndonos en todas nuestras lejanías, se nos acerca, nos abraza, nos besa y nos invita a su fiesta. Esta es la revolución de Dios, que de modo desproporcionado y gratuito, con su propia medida, no quiere resignarse a que se pierda uno solo de sus hijos queridos.

Comentario por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

domingo, 5 de septiembre de 2010

Seguir a Jesús como discípulo

Evangelio del domingo domingo XXIII del tiempo ordinario (Lucas 14, 25-33),


Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: "Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. ¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: 'Este comenzó a edificar y no pudo terminar'. ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.

Dice el evangelio que "mucha gente acompañaba a Jesús". El paso del Señor, con sus milagros admirables, con su enseñanza sorprendente, con su persona fascinadora, iba arrancando "seguidores", con toda la carga de entusiasmo y también de ambigüedad. Él criticó el espejismo de una euforia masiva, porque la comprensión de su Mensaje y la adhesión a su Vida no se mide por éxitos estadísticos, sino por la fidelidad del corazón que es completa mente transformado. Sí, había mucha gente que iba tras Jesús, pero no todos por la misma razón. Así, toda una gama de pretensiones ante Jesús: los curiosos de toda movida novedosa, los celantes de toda tradicionalista ortodoxia, los proscritos de todos los foros, los pudientes y satisfechos, los parias y empobrecidos... Él se vuelve y pregunta: y tú, ¿por qué me sigues? El seguimiento cristiano y eclesial de Jesús tiene unos claros identificadores:

Seguir a Jesús posponiendo los afectos, incluso los más sagrados: padres, esposos, hijos, uno mismo. "Post-poner" significa precisamente "poner-después". No reprimir, ni sofocar, ni ignorar, sino situarlos después de Jesús, vivirlos en Él y desde Él. Todo lo amable de la vida, hemos de colocarlo en el Amor que el Señor es y que nos ha revelado. Ante Jesucristo, absolutamente todo lo demás será siempre menos importante.

Seguir a Jesús renunciando a todos los bienes, porque nadie puede servir a dos señores con un corazón partido y dividido; allí donde está el tesoro de una persona, allí es donde ella pone su corazón. Incluso en este nivel meramente humano y administrativo de nuestros asuntos, la primacía de Dios nos humaniza, evita el que fácilmente seamos víctimas, cómplices o gestores de tanta corrupción campeante.

Y por último, seguir a Jesús por su mismo camino, incluso ir con Él siguiéndole hasta la cruz. Ser cireneos no es seguir a un ausente o a un inexistente, arrastrando masoquistamente todos nuestros dolores y pesares o los de los demás. Ser cireneos es caminar con Alguien que es al mismo tiempo camino y caminante. Con todas las consecuencias, hasta el final.

Quien se aventura a seguir a Jesús, aceptando su compañía de Maestro y Señor, comprobará que la vida no se le torna sombría y plomiza después de tanta "post-posición", sino que tendrá una alegría que nadie le podrá quitar. Seguir a Jesús perdiéndolo todo, es la apasionante y paradójica forma de encontrarlo todo, porque Jesús no es rival más que de todo lo que pervierte, idolatra y deshumaniza el corazón. Seguimos a un Dios vivo que ama la vida y nos enseña a vivirla.

Comentario redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo.