lunes, 18 de julio de 2011

La dignidad humana, por encima de leyes y parlamentos


A estas alturas de la historia de la humanidad, ya no es necesario demostrar que muchas leyes han sido tiránicas, dictatoriales y abiertamente injustas. Sin retrotraernos a tiempos muy lejanos, baste recordar los regímenes de Stalin, Hitler, Sadam Hussein o cualquiera de los sátrapas actuales de África. Podrían recordarse incluso leyes que, pese a ser aprobadas por parlamentos democráticos, avergüenzan la inteligencia y el progreso social. Tal es el caso de la esclavitud, vigente en Estados Unidos e Inglaterra hasta fechas muy recientes.

Todos estos ejemplos ponen de manifiesto que una ley civil no tiene rango de tal por el mero hecho de que sea promulgada por la autoridad del momento. Ni siquiera de una autoridad elegida democráticamente. Imaginemos que un parlamento democrático restaurase costumbres tan crueles como los sacrificios humanos o la clasificación social de las personas, que admitía el Senado del Imperio Romano, de modo que unos fuesen esclavos sin ningún tipo de derechos, y otros ciudadanos libres y de mucha más categoría que los esclavos. Además de caer en un anacronismo histórico de gran bulto, invadiría un terreno que pertenece a otra instancia superior, a saber: la naturaleza de la persona humana, que hace iguales en dignidad a todos, con independencia de su estatus social, cultural, étnico o religioso.

Hay realidades, en efecto que son pre-políticas, es decir, anteriores y superiores a toda autoridad humana. Y, por ello, de rango superior a las decisiones de los legisladores. La consecuencia más radical es que pueden existir leyes que no sean tales, leyes aparentes, no reales, por más que se aprueben en un Parlamento o aparezcan en las páginas de un Boletín Oficial del Estado.

Quiéranlo o no los relativistas y positivistas, los derechos humanos emergen de nuestra dignidad intrínseca como personas, no de concesiones graciosas del Estado. Si hubiere leyes que violasen derechos fundamentales de la persona humana no serían leyes ni tendrían carácter vinculante. Más aún, habría que oponerse a ellas y luchar con medios legítimos para su erradicación.

Si no queremos llevar a la humanidad a situaciones de barbarie ya superadas, es preciso que los legisladores humanos respeten y promuevan al máximo la dignidad de todas las personas humanas, sean del color étnico, religioso o político que sean. Si por ser legal fuese moral, podríamos llegar a aberraciones absolutamente monstruosas.

Los legisladores no son señores de la vida o de la muerte de las personas, ni de los derechos que éstas tienen por ser personas. Por otra parte, viendo cuál ha sido el final de algunos dirigentes políticos del máximo rango en su nación, deberían ser conscientes que el campo no admite puertas y que todas las presas construidas con el fin de impedir que los ríos vayan al mar, terminarán siendo barridas por las aguas de la dignidad de las personas, injusta y ficticiamente detenidas. La demagogia y el populismo tienen las piernas cortas y enfermas.

La sociedad ha de ser muy celosa para proteger y salvaguardar sus derechos. Y ser muy consciente de que no es ella la que está al servicio de la clase política, mediática o económica, sino que éstas están a su servicio. Así mismo, es muy sano que las instituciones intermedias ejerzan como tales. Pienso, por ejemplo, en la familia, en los sindicatos, en las asociaciones culturales, vecinales y religiosas. Es lo que se designa con el nombre de subsidiariedad. En cualquier caso, la sociedad no puede dejar de controlar a la autoridad civil para impedir que ésta invada su terreno.

A nadie se le oculta que esta reflexión no es un juego dialéctico sino una invitación a tomar más conciencia de lo que actualmente sucede con reiterada frecuencia. Es mejor prevenir que curar.
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Por Monseñor Francisco Gil Hellín, arzobispo de Burgos (España)

sábado, 16 de julio de 2011

La omnipotencia y la paciencia de Dios


Comentario al Evangelio del Domingo 16o. del Tiempo Ordinario (Mt 13, 24-43):

"Les contó otra parábola:
-El reino de los cielos es como un hombre que sembró semilla buena en su campo. Pero, mientras la gente dormía, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. Cuando el tallo brotó y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Fueron entonces los sirvientes y le dijeron al dueño: Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿De dónde le viene la cizaña? Les contestó: Un enemigo lo ha hecho. Le dijeron los sirvientes: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? Les contestó: No; porque, al arrancarla, van a sacar con ella el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha. Cuando llegue el momento, diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña, y atados échenla al fuego; luego recojan el trigo y guárdenlo en mi granero.
Les contó otra parábola:
-El reino de los cielos se parece a una semilla de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. Es más pequeña que las demás semillas; pero, cuando crece es más alta que otras hortalizas; se hace un árbol, vienen los pájaros y anidan en sus ramas.
Les contó otra parábola:
-El reino de los cielos se parece a la levadura: una mujer la toma, la mezcla con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.
Todo esto se lo expuso Jesús a la multitud con parábolas; y sin parábolas no les expuso nada.
Así se cumplió lo que anunció el profeta: Voy a abrir la boca pronunciando parábolas, profiriendo cosas ocultas desde la creación (del mundo).
Después, despidiendo a la multitud, entró en casa.
Fueron los discípulos y le dijeron:
Explícanos la parábola de la cizaña.
Él les contestó:
-El que sembró la semilla buena es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los súbditos del Maligno; el enemigo que la siembra es el Diablo; la cosecha es el fin del mundo; los cosechadores son los ángeles. Como se junta la cizaña y se hecha al fuego, así sucederá al fin del mundo: el Hijo del Hombre enviará a sus ángeles que recogerán de su reino todos los escándalos y los malhechores; y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes. Entonces, en el reino de su Padre, los justos brillarán como el sol. El que tenga oídos que escuche."


Este tema aparece con claridad en la liturgia de este domingo. El evangelio nos ofrece nuevamente la imagen de un sembrador para hablarnos del Reino de los cielos. El sembrador lanza buena simiente a su campo. Sin embargo, en la noche viene el enemigo y siembra cizaña, una planta cuya harina es venenosa. Los siervos, indignados por la astucia del enemigo, quieren arrancar lo más rápidamente la cizaña que amenaza el crecimiento del trigo, pero el dueño del terreno, mucho más sensato y con experiencia, se los impide porque existe el riesgo de que, junto con la cizaña, arranquen también el trigo.

Este sembrador generoso con la buena semilla y paciente ante la adversidad no deseada, es el Hijo del hombre que siembra la buena semilla, los ciudadanos del Reino. Su poder es infinito y también su paciencia. No permite que los segadores arranquen la cizaña, en cambio, los invita a tener paciencia hasta el tiempo de la siega. El trigo deberá crecer junto a la cizaña y todos deberán seguir el ejemplo de paciencia del sembrador. Precisamente porque es todopoderoso y tiene en su mano los destinos del mundo, se manifiesta como paciencia y misericordia.

En el sembrado aparece, por obra del maligno, la cizaña, hierba mala que atenta contra la buena cosecha. La parábola muestra algo evidente en el mundo que vivimos. Junto al bien y a los ciudadanos del Reino, la buena semilla, existe el mal y existen también los operadores de iniquidad, aquellos que se han dejado arrastrar por el mal. Surge espontáneamente en nuestros corazones, como en los siervos de la parábola, el deseo de poner rápida solución a este estado de cosas. Los segadores no parecen dispuestos a tolerar una situación que exigirá de ellos paciencia, discernimiento, prudencia y moderación. Es preferible extirpar sin más. ¿Cuál es, se pregunta uno, la razón por la que el sembrador aconseja la paciencia y la moderación?.

Ciertamente la actitud del sembrador nace de su misma experiencia: hay gérmenes de cizaña que morirán por sí mismos, o no alcanzarán el debido crecimiento. Otras plantas de buena semilla son muy frágiles y podrían sufrir la extirpación de la cizaña. En fin, hay otras plantas que hay que darles tiempo para que lleguen a su plena maduración. El bien de la cosecha total, así como la virtualidad propia de la semilla nueva, imponen la paciencia y la confianza que acompaña el crecimiento del sembrado. Queda claro, por lo demás, que el sembrador es lo suficientemente sabio y prudente para elegir lo más adecuado para el campo y para una cosecha rica y sustanciosa.

Precisamente porque este sembrador es todopoderoso y puede intervenir con el poder necesario para invertir la situación, sabemos que la elección de la paciencia y la misericordia es la que mejor. Quien es débil, por el contrario, reacciona con violencia y prepotencia ante el peligro que le asecha. La omnipotencia de Dios se manifiesta en su misericordia.

Por otra parte, ¿cómo podrían los segadores de la Iglesia distinguir de modo definitivo la semilla buena de la mala? El juicio sobre el corazón humano, por su carácter absoluto y definitivo, corresponde sólo a Dios que mira dentro del corazón. Juicio que Dios mismo se reserva para el final de los tiempos. El apóstol Pablo amonesta en este sentido a los corintios: Así que, no juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor. El iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda. 1 Cor 4,5

Así pues, ahora nos encontramos en el tiempo del crecimiento y de la esperanza, aunque también en el tiempo de la paciencia y del sufrimiento. Es el tiempo de la noche, es decir, el tiempo del crecimiento en espera de que la luz ponga al descubierto el pensamiento de muchos corazones. Sembrador y segadores deben pues armarse de paciencia y seguir de cerca el crecimiento de sus plantas, sabiendo en todo caso, que la cosecha está asegurada por la omnipotencia divina.

La paciencia de los segadores nace de la paciencia de Dios y de su misericordia que no desespera jamás y siempre re-propone las vías de la salvación. El libro de la sabiduría lo expresa de modo claro y sintético: Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

El evangelio nos propone otras dos parábolas del Reino de los cielos que, unidas íntimamente a la parábola del trigo y la cizaña, poseen un elemento característico. Estas parábolas ponen de relieve el contraste entre la pequeñez de la semilla de mostaza y la grandeza del árbol que alberga a las aves; así como el contraste entre la cantidad de la masa y lo exiguo de la levadura: una pequeña cantidad basta para fermentar toda la masa.

Estas parábolas son una llamada entusiasta a la fe y a la esperanza. El Reino de los cielos tiene orígenes minúsculos. Jesús ha sembrado la palabra durante tres años, a un grupo de gentes humildes, en un lugar oscuro del imperio. Sin embargo, de aquellos humildes orígenes ha venido a la luz una realidad espléndida. Esta ley evangélica sigue teniendo vigencia. Todo aquello que se hace por Dios nace en lo pequeño, en lo sencillo para que se manifieste que es Dios, no el hombre, quien da fecundidad y buen éxito a la tarea evangelizadora.

El sembrador hará bien en abarcar con una sola mirada: la semilla y el resultado final sin entretenerse en los avatares del crecimiento. En cierto sentido, los hombres de Dios son aquellos que ven la semilla y con la misma nitidez ven el cumplimiento del plan de Dios. En sus pupilas está siempre la promesa de Dios llevada a su plena realización: manteneos firme la esperanza que fiel es el autor de la promesa. (Hb 10,23)

Esto lo observamos en la vida de los santos: su mirada va más allá de las dificultades que implica la voluntad de Dios. Cuando hablan de sus proyectos (los proyectos divinos) hablan como de algo presente, como si sus ojos los estuvieran viendo. Es tal la esperanza en la promesa, que viven ya en la ansiedad de que encuentre cabal cumplimiento. Se asombran de que tarde tanto en llegar a pleno crecimiento la obra. Para ellos no hay duda de que la promesa es veraz y la Palabra de Dios eficaz. Por eso, no pierden ocasión alguna para sembrar, ni siquiera la más pequeña de sus semillas. Saben que la más pequeña de ellas esconde la virtualidad de un árbol robusto y crecido. No se dejan engañar por lo pequeño de la semilla. Ver la semilla y ver el árbol crecido es para ellos uno y lo mismo.

Así debemos ser nosotros, así debemos entender nuestra vida cristiana y apostólica. La enseñanza del domingo pasado de sembrar con esperanza y de preparar el terreno, se refuerza en este domingo teniendo en cuenta, ciertamente, que habrá cizaña que tolerar y sufrir. La cizaña no pondrá en duda de ningún modo el fruto total de la cosecha. ¡Hay que seguir sembrando! ¡Hay que mirar al futuro sin entretenerse perdiendo el tiempo para complacerse en el pasado! ¡La noche está pasando y el día está por llegar!

Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

Once millones de personas en peligro por la sequía en el Cuerno de África


Las ONG Entreculturas y Servicio Jesuita a Refugiados (SRJ) denuncian la catástrofe humanitaria que se cierne por hambruna sobre el Cuerno de África. La sequía que sufre está gestando un desastre humanitario de espectaculares dimensiones. Los campos de refugiados están saturados y exceden con creces su capacidad de acogida, mientras nuevos miles de damnificados llegan cada día solicitando ayuda. Más de 400 personas en Somalia han muerto ya, víctimas de la desnutrición.

"Más de once millones de personas necesitan asistencia urgente para sobrevivir a la peor sequía en décadas. El coste humano de esta crisis es catastrófico". Así daba la voz de alarma hace apenas unos días el secretario general de la organización de Naciones Unidas (ONU), Ban ki-Moon ante la terrible situación de emergencia que está sufriendo en la actualidad el Cuerno de África.

La zona lleva sufriendo una sequía desde hace dos años que muchos estiman como la peor desde 1951. Los países más afectados por sus devastadoras consecuencias son, por el momento, Somalia, Kenia, Djibuti y Etiopía. Dentro de sus fronteras, sus habitantes están sufriendo unos niveles de desnutrición, sobre todo en Somalía, hasta seis veces lo que la ONU considera ya una emergencia. De hecho, hasta la fecha más de 400 somalíes han perdido la vida por enfermedades relacionadas con la malnutrición en los últimos meses.

Ante esta situación de alarma, el secretario general de la ONU hizo un llamamiento a la comunidad internacional e instó a los Estados miembros a apoyar el llamamiento de 1.600 millones de dólares realizado por las distintas agencias de la ONU. De momento se ha recibido sólo la mitad de ese presupuesto. De los más de once millones de personas que se encuentran en serio riesgo de muerte por este motivo, más de dos millones son niños. Menores de cinco años que se encuentran gravemente desnutridos y muchos de los cuales requieren, según ha alertado el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), una atención urgente por riesgo serio de fallecimiento.

Ante este aterrador panorama, son miles las familias que están huyendo de sus casas en busca de esperanza. El número de refugiados, sobre todo procedentes de Somalia, no para de aumentar. En este sentido, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) advirtió que “los esfuerzos para brindar ayuda a los refugiados de Somalia que día tras día llegan a los países vecinos corren el riesgo de no dar abasto sin una respuesta internacional más rápida y sólida para hacer frente a esta crisis humanitaria causada por la sequía y el desplazamiento en el Cuerno de África”; y ha lanzado un llamamiento de emergencia por valor 136,3 millones de dólares para prevenir una catástrofe humanitaria en la región.

Mientras tanto, los campos de refugiados no paran de acoger a nuevas personas que llegan cada día en condiciones alarmantes de desnutrición. La capacidad de la mayor parte de ellos hace meses que sobrepasó los límites para los que fueron construidos. Uno de los principales, el de Dabaab (situado en Kenia y que es uno de los más grandes del mundo) acoge cada día alrededor de 2.000 nuevas personas. Preparado para 90.000, en la actualidad rebasa los 380.000 habitantes. El Servicio Jesuita a Refugiados tiene activos en la actualidad hasta trece proyectos en Etiopía, Kenia, Sudán, y Uganda, llegando a atender a unos 105.000 refugiados, desplazados internos y retornados de los más de 9 millones que se calculan en toda la región (incluyendo Somalía).

El SJR de África del Este ofrece educación, apoyo psicosocial, educación para la paz, servicios de subsistencia y ayuda de emergencia y está involucrado en la protección de los derechos humanos y en actividades de advocacy a diferentes niveles. Esta realidad abrumadora que vive Somalia, en la que la cifras seguirán incrementándose cada semana, hace urgente el refuerzo de la atención y el acompañamiento que realiza el Servicio Jesuita a Refugiados con el apoyo de Entreculturas.

El SJR lleva trabajando en África más de tres décadas. Uno de sus primeros compromisos, allá por los años 80, fue en Etiopía, suministrando alimentos, refugio y ayuda médica a miles de desplazados dentro del propio país a consecuencia de la guerra y la hambruna. A penas unos años más tarde, a principios de los 90, se creó la región del SJR de África del Este, cuya oficina central se ubicó en Nairobi, Kenia.

Dos años más tarde comenzaría a funcionar ya uno de los proyectos del SJR más grandes y de mayor duración en Adjumani, norte de Uganda, creado para ayudar a los refugiados sudaneses mediante la educación y la atención pastoral. Un proyecto que culminó en 2008, después de entregar al gobierno las 75 escuelas creadas y de que la mayoría de los refugiados se repatriaran a Sudán del Sur, quienes en la actualidad ayudan en la reconstrucción de su país con la formación recibida durante su exilio en Adjumani. En África del Este, el SJR está trabajando desde hace años con refugiados somalíes en varios proyectos.

jueves, 14 de julio de 2011

La Música de las Reducciones Jesuitas en la JMJ


La música de las reducciones jesuitas de América, uno de los mayores logros de la misión de los jesuitas en el “nuevo mundo”, será objeto de una conferencia por uno de los mayores expertos, Luis Szarán, en el marco de la exposición sobre “Las Reducciones Jesuitas del Paraguay: una aventura fascinante que perdura en el tiempo”. Iniciativa que forma parte de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Madrid 2011.

La música jugó un papel fundamental en las Reducciones Jesuitas de Paraguay por la especial sensibilidad y habilidad de los indios guaraníes hacia este arte. Desde el principio, los jesuitas aprovecharon el valor evangelizador de la música y del canto y los convirtieron en pilares de la educación y la formación cristiana de los indios. Por este motivo, la música jugará un papel especial en la muestra de la JMJ titulada “Las Reducciones Jesuitas del Paraguay: una aventura fascinante que perdura en el tiempo”, expuesta del 28 de julio al 9 de septiembre, en la iglesia del Sagrado Corazón de Madrid.

Luis Szarán (http://www.luisszaran.org/) es director de orquesta, compositor e investigador musical. Dirige la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Asunción (OSCA), Paraguay, y la Orquesta de Cámara Philomusica de Asunción. Es considerado el principal investigador de la música de las Reducciones guaraníes, al que se debe el rescate y revalorización de multitud de piezas musicales de las Reducciones.

El 15 de agosto, en la presentación oficial en la JMJ de la Exposición sobre las Reducciones Jesuitas, ofrecerá una conferencia sobre la música en estas misiones. El maestro paraguayo llega a Madrid con una Orquesta de jóvenes de “Sonidos de la Tierra” (http://www.sonidosdelatierra.org.py/), un programa de inserción juvenil. Esta orquesta dará un concierto durante y después de su conferencia.

Bajo el lema “el joven que durante el día interpreta a Mozart por la noche no romperá vidrieras”, Luis Szarán creó en 2002 Sonidos de la Tierra, un programa de integración social y comunitaria a través de la música que busca combatir la violencia juvenil, potenciar su autoestima, incentivar su creatividad, el espíritu emprendedor, trabajo en equipo y las actitudes democráticas.

Mediante la formación de escuelas de música, orquestas, coros y asociaciones culturales, el programa posibilita el acceso directo a la educación musical a más de diez mil participantes de escasos recursos, en comunidades del Paraguay, y réplicas en otros países. Por esta labor ha recibido numerosos reconocimientos.

El mayor compositor de la música interpretada en las Reducciones fue el jesuita italiano Domenico Zipoli (1688-1726) que, curiosamente, jamás pisó las Reducciones, ya que murió muy joven en Córdoba, Argentina, en 1726. Su estilo es típico de la época, con el empleo del contrapunto y diversos instrumentos típicos de la música barroca. Una de sus piezas más famosas es la Misa de San Ignacio, que todavía se interpreta en muchas reducciones el día de la festividad del santo, el 31 de julio. El 27 de julio, durante la primera inauguración de la Exposición, se ofrecerá un concierto de esta Misa a cargo de MatritumCantat y Coro y Orquesta de la Universidad Pontificia Comillas, en la iglesia de San Francisco de Borja de Madrid.

La música en las Reducciones: Cada Reducción tuvo su coro y sus maestros de música que tocaban varios instrumentos como el arpa, el violín, el órgano, las trompas, las trompetas, los fagots y las maracas. La música y el canto acompañaba cada momento del día: la misa, el catecismo, el trabajo en los campos, la vida en los hogares y la oración. El padre jesuita Antonio Sepp, en una de sus cartas, dice de los indios: “Son músicos por naturaleza, como si hubieran sido creados para la música: aprenden a tocar con sorprendente facilidad cualquier tipo de instrumento, y siempre en poquísimo tiempo…”. Y el padre jesuita Cardiel, escribió: “Lo que mueve a una devoción especial es la forma en que los indios cantan: no con la soberbia y la desenvoltura con la que se canta en España, sino con mucha serenidad, devoción y modestia”.

La fama de las partituras y de los músicos guaraníes fue conocida, no sólo en las principales ciudades de América del Sur, sino también en Europa, llegando a oídos del papa Benedicto XIV. Hubo muchos jesuitas que compusieron música para las Reducciones. A destacar, además de Domenico Zipoli, los jesuitas Antonio Sepp (1655-1733) y Martin Schmidt (1694-1772), que abrieron por separado escuelas de música y canto para los indios, en las que formaron a muchos maestros que, a su vez, enseñaron música. El mismo padre Schmidt construía los instrumentos y enseñaba a los indígenas la fabricación de arpas, liras y trompetas. Les enseñó además a fundir el metal para los tubos de los órganos.

La liturgia de la Misa en estas iglesias debió ser enormemente rica, teniendo en cuenta la gran variedad de arreglos polifónicos del Ordinario de misa, que permite afirmar que en las funciones litúrgicas de las reducciones se empleaba con cierta preferencia un coro polifónico y una orquesta, como ocurre con la Misa de San Ignacio, de Zipoli. En ocho décadas (a partir de 1680) de presencia de misioneros jesuitas, primero entre los guaraníes en Paraguay, y luego entre chiquitos y moxeños en Chiquitania, actual Bolivia, hubo un acelerado desarrollo de la formación musical de los indígenas.

En 1767, cuando se expulsa a los jesuitas de la zona, había una impresionante colección de manuscritos musicales, producidos por los compositores y copistas de las antiguas reducciones jesuíticas, música sacra en su mayor parte. Hace pocos años se descubrió que los indios chiquitos poseían más de seiscientas composiciones de la época de los jesuitas, entre ellas una buena parte de Zipoli.

Conferencia multimedia de Luis Szarán

miércoles, 13 de julio de 2011

Espiritualidad laical ignaciana


Aunque la espiritualidad ignaciana germina en la actualidad en diversos campos, además de los jesuíticos, vamos a centrarnos en el terreno laical, en el que germinan diversos movimientos de inspiración ignaciana.

La múltiple experiencia de Ignacio: Ignacio de Loyola fue un personaje muy original. De joven conoció bien a la nobleza y la vida militar de su tiempo, y vibró con sus ideales. En larga convalecencia asimiló lecciones de casi toda las escuelas cristianas de espiritualidad al leer la Vida de Cristo de Ludolfo de Sajonia. Al abandonar su casa familiar, vivió y compartió por varios años la existencia de los pobres: fue mendigo y peregrino. Después, ya no tan joven, conoció a fondo la vida de las mejores universidades de Europa. Más tarde, en Roma, experimentó el desafío de la vida religiosa, en tensa dialéctica entre las formas tradicionales y los nuevos desafíos de la época.

Ignacio buscaba dialogar con todo el mundo: los lugares de encuentro eran los caminos, los hospitales, las plazas públicas, las aulas universitarias... Él estaba siempre dispuesto a escuchar y dialogar con toda persona que estuviera interesada en Dios. En sus primeros años de convertido, siendo él aun laico, fue confeccionando poco a poco sus Ejercicios Espirituales, dados entonces casi exclusivamente a laicos. Y por ello soportó serios problemas con las autoridades eclesiásticas. Hasta tal grado que se sintió forzado a estudiar la carrera eclesiástica, como único medio para poder seguir dando sus Ejercicios.

Él conocía bien los problemas sociales de su tiempo. Y, como convertido, sintió en sus carnes las tensiones existentes entonces entre fe y vida. Su época, el Renacimiento, había levantado nuevas problemáticas, a las que la fe tradicional, faná¬tica y fundamentalista, no sabía responder adecuadamente. Se desarrollaba entonces una tensión especial, al parecer irreductible, entre fe y ciencia. Los creyentes tradicionales se oponían a ciertas afirmaciones y adelantos de la ciencia; y los científicos consecuentes se veían obligados a negar los fanatismos anticientíficos de la fe. Como caso típico podemos citar el de Galileo. Ante esta diatriba, Ignacio intuye que fe y ciencia no son contrapuestas, sino complementarias. Y planea unir íntimamente las dos realidades: la de la fe y la de la ciencia. Por ello se esfuerza en for¬mar personas profundamente creyentes y seriamente científicos.

Actualidad del desafío ignaciano: Hoy en día las problemáticas del tiempo de Ignacio están aun más exacerbadas que entonces. Aumenta la distancia entre fe y vida. Cada vez hay más personas que se escandalizan y se alejan de la Iglesia. Y pululan sin cesar ideologías mágicas, que atraen a hombres y mujeres de toda condición, ávidos de satisfacer sus frustrados deseos de liberación, de amor y amistad: de sentirse realizados como personas.

El laico actual está fragmentado en mil partes. Su vida transcurre en tratar de compaginar cientos de segmentos para no perder el equilibrio. Se encuentra cuestionado y zarandeado por su vida de pareja, por los hijos, por su lucha laboral y profesional, por su tiempo libre, por su vida ciudadana... En este laberinto, Dios no es sino un segmento más, muy difícil de entender, que sólo complica más nuestra vida fragmentada y tremendamente descentrada. Y esta forma de vivir la vida no es por casualidad, sino una maquiavélica forma de exigir eficacia y competitividad extrema, lo cual nos convierte en personas tremendamente débiles e indefensas frente a las estructuras de poder y decisión de nuestra sociedad.

Por todo esto, no es nada extraño que estemos sufriendo una profunda crisis de fe. Cantidad de gente se encierra en un craso materialismo, consumidor y hedonista. Bastantes profesionales competentes echan por tierra por inservibles enfoques religiosos trasnochados e imágenes de Dios desfasadas. Mucha gente se estaciona en niveles de fe infantiles o juveniles, fe tiesa y seca, que ya no les sirve sino para ciertos actos sociales de tinte romántico. Otros se encierran en cómodas posturas fundamentalistas -todo al pie de la letra-, bálsamo anestésico embriagador, que les aleja de los problemas reales en búsqueda de soluciones ficticias. En este ambiente, entre los materialismos y los espiritualismos reinantes, brotan en la actualidad semillas nuevas, algunas de origen muy antiguo. Una de estas semillas es la espiritualidad ignaciana, que pretende crecer y fructificar en laicos de hoy.

Revitalización de los Ejercicios: Como nunca, cantidad creciente de laicos viven a fondo la experiencia de los Ejercicios Espirituales Ignacianos, aun los personalizados completos, ya sea en forma intensivos o en la vida ordinaria. Y va en aumento también el número de laicos que dan Ejercicios, aportando nuevos enfoques y nuevas metodologías.

La CVX ha plasmado en estos años la espiritualidad de los Ejercicios en dos documentos largamente trabajados en común: Los Principios Generales y Nuestro Carisma CVX. En ellos se afirma: “El carisma de CVX y su espiritualidad son ignacianos. Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio constituyen la fuente específica de este carisma y el instrumento característico de esta espiritualidad” (Nuestro carisma CVX, 18). “A la luz de la experiencia fundante de los Ejercicios, la CVX tiene como objetivo la integración de la fe con la vida en todas sus dimensiones: personales, familiares, sociales, profesionales, políticas y eclesiales” (Id., 22).

Cristocentrismo: Toda la experiencia ignaciana está enraizada y fundada en un amor personal a Jesucristo. La petición insistente de los Ejercicios es conocer mejor a Jesús, para poder amarlo más a fondo y seguirlo así más de cerca. Jesucristo es el centro, el motor, la razón de ser de todo el que ha realizado una experiencia seria de Ejercicios. Vivir este inmenso amor a Cristo-persona es el rasgo fundamental de nuestro modo de proceder. “JESUCRISTO es la gran opción de los Ejercicios y de la CVX”, dice el manual “Nuestro Carisma CVX”. Y los Principios Generales: “Nuestra Comunidad está formada por cristianos -hombres y mujeres, adultos y jóvenes, de todas las condiciones sociales- que desean seguir más de cerca a Jesucristo y trabajar con él en la construcción del Reino” (PG 4).

Conocer, amar y seguir a Jesús, estos tres pasos en ese orden, son fundamentales para poder encontrar esa fuente de agua fresca donde saciar tanta sed de justicia, de libertad, de amor y de amistad como tiene nuestro mundo; ansias justas y genuinas de tanta gente que busca ser feliz, pero que día a día siente el peso de la frustración, el desaliento y la incertidumbre. Es aquí donde la experiencia ignaciana ayuda a descubrir a ese Cristo liberador, vivificante y tierno, único Mesías, fuente de vida, de amor, de libertad y de justicia, que me ama profundamente y cuya única preocupación es mi felicidad y la de mis hermanos.

El ideal cevequiano es amar en comunidad a Jesucristo, para ser así signos de su autodonación, que se traducirá en un servicio humilde y fiel a él en los hermanos, especialmente en la vida familiar y profesional. Los matrimonios cristianos buscan de una forma especial seguir y servir en pareja a Jesús, viviendo su fidelidad como signo de la fidelidad de Dios con su pueblo y de Cristo con su Iglesia, una fidelidad que nace del amor y busca al Amor.

Opción por los pobres: Ese conocer, amar y servir a Jesús se centra de una manera especial en los rostros sufrientes de los “pobres”: campesinos sin tierra, familias sin techo y sin trabajo, niños abandonados, jóvenes desorientados, matrimonios arrastrados por la vorágine de la lucha por la vida, mujeres que se debaten en la angustia por la necesidad de trabajar y de atender a sus hijos, profesionales que viven angustiosamente una desleal competencia laboral... En ellos vemos el rostro de Jesús. Ellos son la concreción de su exigente presencia en esta sociedad neoliberal donde los valores del desarrollo y la justicia son proclamados a los cuatro vientos, pero que sólo sirven para tapar las desigualdades hirientes, la insolidaridad, el desamor y esclavitudes de todo tipo.

Los Ejercicios ignacianos no llevan jamás a dejarnos flotando en un sonrosado mundo idílico. La espiritualidad de Ignacio lleva siempre a enlodarse los pies en búsqueda servicial y fraterna de personas con problemas. Ello se debe a la insistencia de Ignacio en el misterio de la Encarnación. El Verbo se hizo carne para seguir viviendo siempre entre nosotros. Por eso la sensibilidad para con todo lo humano y la solidaridad con el hombre concreto es una característica típica de la espiritualidad ignaciana. “Creer en Jesucristo es seguir a Jesús, vivir una fe que obra la justicia y toma partido al lado de los pobres...” (Nuestro carisma CVX, 94).

La CVX subraya la dimensión de opción profesional por los pobres, contribuyendo a la construcción de una sociedad más justa y solidaria; no se trata de servicios periféricos paternalistas, sino de servicios cualificados profesionales, que busquen ante todo un desarrollo de las personas y un cambio de estructuras. Para nosotros, al igual que para los jesuitas, está íntimamente unido “el servicio de la fe y la promoción de la justicia”, lo cual nos lleva a la búsqueda de nuevas formas de convivencia humana, vivificadas y vivificantes en Cristo resucitado. Optamos a favor de la vida, en contra de todas las formas de muerte. Tenemos un compromiso con un estilo de vida, que podemos ofrecer como camino para los laicos que, desde la política, la empresa, el sindicato o la comunidad regional o local, desean cambiar la realidad en la que vivimos.

Discernimiento: Cuando se quiere vivir sinceramente según Dios, es necesario una actitud constante de búsqueda de su voluntad. Los ignacianos vimos con gozo en el Principio y Fundamento de los Ejercicios que Dios tiene hermosos proyectos para con cada uno de nosotros y para con toda la humanidad. Y para poder ir llevando esos proyectos a la práctica nos esforzamos en discernir qué es lo que él quiere en concreto en cada momento. Lo cual nos obliga a estar muy metidos en la realidad actual y ser al mismo tiempo hombres y mujeres de oración. Contemplativos en la acción”, diría Ignacio.

“El sentido de discernimiento es un distintivo de nuestro modo de proceder. Se trata de llegar a ser personas que educadas mediante una larga y nunca acabada experiencia de Dios, como Ignacio, estén en permanente actitud de búsqueda y escucha del Señor, y adquieran cierta sobrenatural facilidad para percibir dónde está y dónde no está.” Son palabras del P. Arrupe. Es aprender a mirar a la sociedad, a la historia y a nosotros mismos desde los ojos de Dios.

Los miembros de la CVX buscamos a Dios en nuestra familia, en el trabajo profesional, en el compromiso sociopolítico y en la vida en comunidad. Los casados vemos y amamos a Cristo de una manera especial en nuestra pareja. Todos conscientes de que vivir en serio nuestra profunda conexión con Dios es el camino de la autenticidad, y por consiguiente, de nuestra felicidad.
Para ir esclareciendo y poniendo por obra la misión particular que Dios nos pide a cada uno empleamos, como instrumento privilegiado, el “acompañamiento espiritual” personalizado y comunitario.

La libertad ignaciana: Ignacio la llama “indiferencia”. Se trata de abrirse al atractivo de todo lo bueno, sin prejuicios ni apegos, de forma que podamos llegar a ver con claridad qué es lo que Dios quiere de nosotros, y podamos llevarlo a la práctica. Todo es conversable y discutible, pero a la luz del proyecto de Dios. Para ello es necesario “hacernos indiferentes”, es decir, objetivos y valientes, interiormente libres para elegir lo que entra dentro del proyecto de Dios. Para alcanzar la indiferencia ignaciana es necesario creer firmemente que todos los seres humanos somos creados por Dios para ser felices realizándonos como personas. Y para poder lograrlo debemos fiarnos de él, que nos ama y es el único que conoce lo que realmente necesitamos para alcanzar esa felicidad.

El “magis” ignaciano: Los Ejercicios nos ponen en actitud de seguimiento a Jesús, de ese Jesús que es cercano, pero exigente. Él siempre pide más: así es el amor. Jamás nos pedirá por encima de nuestras posibilidades; ni menos aun, algo que no sea para nuestra felicidad. Pero él, que nos conoce a fondo, sabe que con su ayuda somos capaces de realizar mucho más de lo que podríamos pedir o pensar.

Nuestro Papá Dios tiene lindos y magníficos proyectos para con cada uno de nosotros. Por eso Ignacio nos transmite en su espiritualidad un deseo de progresar siempre más y más. El “magis” ignaciano se apoya en el reconocimiento del amor poderoso y exigente de Dios. Esta atrevida confianza en Dios nos tiene que llevar a trabajar por el Reino lo más fielmente posible, con rigor y calidad. Y nos deja abiertos, sin miedos ni prejuicios, para vivir siempre en actitud de búsqueda, detectando las nuevas presencias de Dios en los desafíos de nuestro mundo; dispuestos a crecer y madurar en una fe actual; abiertos a un mayor amor a Dios, una mayor profesionalización, una mayor santidad de vida, personal, familiar y social... El magis lleva a una total disponibilidad para sacrificar todo lo que sea necesario con tal de llegar a la meta que nos pide Dios, a cada uno según su misión.

Sentido de cuerpo: La humildad radical de los Ejercicios, a la luz de la encarnación y la misión, nos lleva a buscar a hermanos con los que trabajar juntos, de forma complementaria, en la construcción del Reino. Experiencias comunes nos han llevado a ideales comunes, a los que queremos llegar en comunidad. Para ello es imprescindible aprender a trabajar en equipo. Lo que somos y tenemos lo ponemos al servicio de los hermanos. Respetamos la diversidad, de forma que nos podamos complementar, justamente porque somos diversos, pero unidos por amor. Así vamos creciendo en nuestra semejanza al Dios Trinitario.

Cevequianos y jesuitas, convencidos de que es Dios quien nos llama, estamos en marcha hacia una colaboración cada vez más estrecha entre nosotros, respetándonos y complementándonos mutuamente, como “amigos en el Señor”, dentro de la espiritualidad ignaciana. Ambos buscamos “pensar y sentir una misma cosa en el Señor”.

Comunidad universal: El Vaticano II proclamó que todo cristiano debe ser consciente de la dimensión universal de su fe. Un sentimiento de fraternidad universal, fruto de la fe en un Padre común, rompe toda las barreras de discriminación entre los seres humanos. Jesuitas y cevequianos nos sentimos también cada vez más universales. La Compañía de Jesús es una sola en todo el mundo. Y la Comunidad de Vida Cristiana se siente también una sola comunidad mundial.
El jesuita está dispuesto a vivir y trabajar en cualquier parte del mundo donde sea enviado por la obediencia.

Entre los miembros adultos de la CVX cada vez va cuajando más la disposición de trabajar donde su presencia sea anuncio de una nueva humanidad, una presencia transformadora y santificante, después de un proceso serio de discernimiento comunitario. Los viajes o reuniones internacionales se convierten entre nosotros en experiencias de gozosa fraternidad. Con facilidad afloran ideales y lenguajes comunes, de forma que uno rápidamente se siente en casa. Nos gloriamos de tener amigos íntimos en cualquier parte del mundo, sin importar las distancias.

Enviados en misión: El ofrecimiento que cada uno de nosotros hace a Jesús en los Ejercicios, va cuajando poco a poco en actitudes y actividades concretas. Nos sentimos pecadores perdonados, llamados y enviados por Jesús. Sabemos que él tiene un hermoso proyecto para con cada uno de nosotros, proyecto que poco a poco va tomando cuerpo y convirtiéndose en realidad, a través de diversos pasos de discernimiento. La espiritualidad que vivimos se centra en la fe en un Dios activo, creador, que trabaja sin cesar, y pone el amor en un continuo y mutuo compartir.
Los miembros de la CVX no nos vemos auténticos hasta que no nos sentimos enviados por Jesús a servir, no sólo a la propia familia y profesión, sino más allá de la familia y la profesión, en actitud siempre de búsqueda de nuevos horizontes.

Amor a la Iglesia: San Ignacio insistía en el amor a la Iglesia, un amor realista, que ayude a nuestra Madre a caminar con sinceridad y autenticidad hacia Jesús, su única razón de ser. Amor hecho de apertura y respeto profundo hacia todo creyente. Amor que hace vivir y sufrir los problemas y limitaciones de la Iglesia como propios, ejerciendo con libertad y humildad de hijos el caritativo servicio de la crítica que edifica y es, fundamentalmente, autocrítica. Ignacio quería a los jesuitas como “caballería ligera”, dispuesta a correr con agilidad a donde lo demandaran las necesidades, especialmente en temas de frontera.

CVX siente en la actualidad retos ignacianos, cuyo aporte será muy valioso para la Iglesia: ayudar a cuajar una espiritualidad laical, que lleve a una conversión personal, comunitaria y social de cuño realmente cristiano; desarrollar una teología del matrimonio, a partir de la experiencia de las propias parejas; profundizar en el puesto de la mujer en el mundo y en la Iglesia...

Como algo vivo y en desarrollo, la espiritualidad laical ignaciana se está aun construyendo. Está en marcha ese buscar como laicos a Dios en todas las cosas, ese ser contemplativos en la acción, ese amar y servir en todo, ese unir íntimamente fe y justicia, ese espíritu de superación constante, a partir de la realidad actual, en lugares de frontera, teniendo siempre a Jesús como centro y meta... Con ello responderemos a uno de los vacíos más grandes de la actualidad, el de la falta de sentido de la vida. Éste es nuestro desafío y nuestra esperanza.

José L. Caravias, sj.