jueves, 30 de septiembre de 2010

Es gratis

Evangelio del domingo, 3 de octubre, XXVII del tiempo ordinario (Lucas 17,5-10)

Los apóstoles pidieron al Señor:
-Danos más fe.
El Señor les contestó:
-Si ustedes tuvieran fe, aunque sólo fuera del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a este árbol: "Arráncate de aquí y plántate en el mar", y les haría caso.
Si uno de ustedes tiene un criado que regresa del campo después de haber estado arando o cuidando el ganado, ¿acaso le dice: "Pasa y siéntate a comer"? No, sino que le dice: "Prepárame la cena y disponte a atenderme mientras yo como y bebo. Después podrás tú comer y beber". Y tampoco le da las gracias al criado por haber hecho lo que le mandó. Así también, cuando ya hayan cumplido todo lo que Dios les manda, deberán decir: "Somos servidores inútiles, porque no hemos hecho nada más que cumplir con nuestra obligación".

Están Jesús y los discípulos frente a frente, y se plantea un tema tan básico como el de la fe. Ellos ven la desproporción entre lo que el Maestro propone y lo que de hecho sus vidas dan de sí. Por eso aquella petición con un humilde realismo por parte de aquellos hombres: "auméntanos la fe". Es la experiencia de vértigo ante Alguien grande, ante un maestro diferente en Israel.

Jesús provoca a sus discípulos de frágil fe, utilizando el recurso de la paradoja: creer hasta lo imposible -trasplante de la morera al mar-. Sin duda quedarían completamente descolocados. Porque creer no es una postura fingida, sino la adhesión de toda la persona. La fe que iba derivándose como condición para ser discípulo de Jesús, no era una cuestión periférica para los momentos de apuro y dificultad, sino una fe para todo momento, suceda lo que suceda, pinte lo que pinte: lo que es imposible para vosotros no lo es para Dios.

En segundo lugar, una fe que es un don. La adhesión a Dios que transforma en posibles los imposibles, no es fruto del empeño, ni del noble es fuerzo, sino una gracia que Dios concede a quien la pide y la acoge. De modo que es impropio ponerle un precio a lo que se ha recibido gratis. Es lo que Jesús explica con el ejemplo del criado del campo: "somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer".

Hoy a nosotros también nos provoca Jesús, cuando nos asomamos a tantos imposibles como nuestro mundo tiene planteados: violencias, guerras, corrupciones, hambres, inhumanismos, increencia, desencantos... No es un desafío a nuestra habilidad o estrategia, sino a nuestra fe, porque la solución de nuestros contenciosos no pasa simplemente por nuestras estratagemas o ardides, sino por la realización del proyecto de Dios sobre la historia, es decir, el Reino.

Tener fe es adherirse a Dios y a su proyecto, haciéndolo realidad, sueño cumplido y no pesadilla a olvidar. Apasionarse por ese diseño divino, con todo el corazón y con toda la inteligencia. Al final de todo, no podremos esgrimir ante Dios que le hemos hecho un favor por haber creído en Él y haber colaborado en la realización de su proyecto. Y no podremos pasarle factura ni cobrarle honorarios, por que ser humanos y creyentes es lo que teníamos que ser, para eso nacimos. Sin duda que también nosotros, llegados a este punto de ver cómo es nuestra fe, acabamos diciendo aquello de los discípulos: "Señor, auméntanos la fe".

Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm

Entregó la IBERO Puebla Doctorado Honoris Causa a Pedro Trigo S.J.

En sesión pública del Senado Universitario, la Universidad Iberoamericana Puebla entregó el Doctorado Honoris Causa en Cristología Latinoamericana al Dr. Pedro Trigo S.J. como reconocimiento a su compromiso permanente y decidido a favor del respeto por los seres humanos, especialmente por aquellos que han sido menos favorecidos por nuestra sociedad.

El acto se llevó a cabo en el Auditorio Gimnasio Ignacio Ellacuría, S.J. de nuestra institución; se contó con la presencia de los integrantes del Senado Universitario, autoridades, alumnos y académicos de la IBERO Puebla. También se contó con la presencia de Monseñor Víctor Sánchez Espinoza, Arzobispo de Puebla.

Para iniciar la ceremonia, la Dra. María Eugenia Sánchez Díaz de Rivera, madrina del doctorando, recordó que Pedro Trigo es uno de los teólogos latinoamericanos más reconocidos en la actualidad y que el Doctorado Honoris Causa se le entrega por su capacidad de comunicar “aspectos complejos de la realidad y de expresar el amor incondicional del padre materno, como él llama a Dios, en la trama de este mundo cada vez más absurdo e incierto. Pedro Trigo ha mostrado una capacidad emocional, entereza y sensibilidad a la vez, digna de los tiempos que vivimos. Esto se manifiesta en su experiencia cotidiana en los barrios populares de Caracas”.

“La Universidad Iberoamericana Puebla, que en medio de numerosas dificultades y contradicciones busca afanosamente ser un espacio que desarrolle en los estudiantes la capacidad analítica y el deseo de hermanarse eficazmente con los humillados de la historia, que intenta ayudar a la sociedad a “pensarse a sí misma”, como decía Ignacio Ellacuría, y que desea que muchos de dentro y de fuera descubran las dimensiones más hondas de lo humano, se honra en entregar a Pedro Trigo el Doctorado Honoris Causa”, enfatizó la Dra. Sánchez Díaz de Rivera.

Posteriormente, el Mtro. Juan Luis Hernández Avendaño leyó el mensaje del Mtro. Fernández Dávalos, presidente del Senado Universitario. “Pedro no requiere de nuestro homenaje, es un hombre sabio y sencillo que si ha aceptado este grado honorifico ha sido en nombre y en apoyo de las causas de los pobres y sufrientes de América Latina, a quienes ha dedicado su vida y su reflexión; es la construcción de sí mismo como ser humano cabal y generoso la que lo enaltece y ensalza, no nuestra distinción. Es la contribución que como cristiano ha hecho a las causa del ser humano la que lo hace brillar, no nuestro reconocimiento”.

En otra parte del mensaje del rector se lee: “En la Universidad Iberoamericana Puebla, con este homenaje, deseamos manifestar que los indígenas, las mujeres, los migrantes, los niños y niñas, los excluidos todos, así como las esperanzas de que son portadores, están en el corazón de los afanes de nuestra universidad. Con esta distinción queremos recordar al pueblo de México y de nuestra región que la satisfacción cabal de las necesidades de los pobres es una asignatura todavía pendiente y parece que ahora olvidada. Pretendemos alzar la voz para denunciar que el dolor de millones de hombres y mujeres sigue clamando al cielo por la justicia y la libertad plenas”.

Posteriormente, en representación del Rector de la IBERO Puebla, el Mtro. Juan Luis Hernández Avendaño concedió el Doctorado Honoris Causa en Cristología Latinoamericana al Dr. Pedro Trigo y le tomó la promesa de fidelidad al nuevo Doctor, quien se comprometió a seguir auspiciando el diálogo entre la fe y la justicia, particularmente en América Latina.

En su oportunidad, el Dr. Pedro Trigo aceptó y agradeció la distinción: “Acepto este título que me otorgan con tanta generosidad, confundido porque soy consciente de lo modesto de mis aportes, agradecido porque me lo otorgan ustedes, la comunidad de la Universidad Iberoamericana Puebla, que desde la primera vez que me invitaron me acogieron con tanta calidez, cercanía e inteligencia como sólo ustedes pueden hacerlo. Agradecido porque los estimo como una comunidad empeñosa, cualificada, dinámica, capaz de trabajar en equipo, consciente de sus responsabilidades con el país y solidaria con los de abajo. Lo acepto, sobre todo, alegre porque es un homenaje a la Teología Latinoamericana. Hoy la Teología Latinoamericana no está de moda. Hoy las élites tienden a mirar al primer mundo y en su caso al norte. Hoy esta teología se ve como una interferencia inoportuna y por eso se busca afanosamente pasar esa página que tanto revuelo causó”, puntualizó.

“Sólo desde abajo puede lograrse el bien de todos, sólo cuando a los pobres les vaya bien les irá bien a todos, hoy más que nunca somos conscientes de que el bien de los de abajo no se logra por el rebosamiento hacia ellos de la abundancia de los de arriba, aunque no es fácil que lo acepten así los de arriba, quienes tienen suficientes elementos para decidir a su provecho”, dijo el nuevo Doctor Honoris Causa.

Por último, hizo un llamado a las universidades para que dar prioridad al desarrollo humano sobre el desarrollo científico y técnico. “Si las universidades acaban por adaptarse a los requerimientos de la corporación y se convierten en proveedores de su material humano, perderán parte de su trascendencia y serán parte del problema y no de la solución. Otra problemática particular es sincronizar la hora mundial y la hora latinoamericana. Porque sólo entonces estaremos en condiciones de entrar en la globalización con peso y perfil propios y con capacidad de aportar”, finalizó.

sábado, 25 de septiembre de 2010

El más rico del cementerio



¿De qué sirve ser el más rico del cementerio? Jesús propone esta parábola a unos fariseos celosos de la Ley y los profetas, amigos de Moisés y de Abrahán, pero que vivían con una cierta esquizofrenia moral y espiritual.

Jesús en primer lugar relativiza el valor del dinero apelando a su poderío fugaz y a su gloria caduca. El dinero y todo lo que lo rodea, no tiene la última palabra en esta vida, porque esa palabra postrera la pronunciamos todos por igual, con la misma indigencia y fragilidad con la que igualmente nacimos: Epulón y Lázaro eran iguales ante su origen y ante su destino. El dinero y sus adláteres, no son la moneda para comprar el acceso en la vida perdurable, sino que más bien será una gracia de Dios al alcance de cualquiera que haya tenido corazón de pobre (hayan sido cuales hayan sido sus arcas monetarias).

Lo segundo que destaca Jesús es la infinita diferencia entre el modo de valorar que tiene Dios y aquellos fariseos burlones. Sólo quien entra en la mirada de Dios puede descubrir su secreto, y sólo quien se adentra en su Corazón comprende su riqueza, como el mismo Pablo descubrió (Filp 3,7-8).

No bastaba saberse al dedillo las consejas de la Ley y los Profetas. Hay un modo de ser creyente que es inútil: saber cosas de Dios y no vivir conforme a lo que sabemos, encender una vela a Dios en su día, reservándonos para nosotros y nuestros diablos el resto de la semana. Epulón comprendió ya tarde la inutilidad de la basura de su vida, y quiso enviar a un muerto a los suyos para hacerles ver la engañifa en la que vivían. Pero nadie escarmienta en cabeza ajena. A lo más, queda uno asustado una breve temporada. Curiosamente, Dios desde "sus valores", lejos de ser un rival de los nuestros, es su mejor exponente. Tenemos la experiencia cotidiana de cómo cuando nos alejamos de la visión que Dios tiene de la vida, ésta se deshumaniza.

Por eso no es extraño que quienes aman el dinero y se burlan de los enviados de Dios, no entiendan nada, se irriten e indignen, y hasta decidan matar al mensajero. No, nuestro mundo no necesita que vengan los muertos para darnos un susto incontestable, sino más bien está necesitado de vivos, de cristianos vivos que desde la trama diaria de su existir enseñan a ver las cosas desde los Ojos de Dios, y amar la vida desde y como Él, ritmando nuestros latires con los de su Corazón, valorando aquello que tiene valor para Él, lo que enajena y enfrenta, lo que adormece e inhibe, y relativizando lo que corrompe y deshumaniza.

Comentario al Evangelio del próximo domingo, 26 de septiembre, XXVI del tiempo ordinario (Lucas 16,19-31), redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo

jueves, 23 de septiembre de 2010

FRANQUEAR LAS SITUACIONES INFERNALES

(Lucas 16, 19-31) Domingo 26 del Tiempo Ordinario – Ciclo “C

Había un hombre rico que se vestía con ropa fina y elegante y que todos los días ofrecía espléndidos banquetes. Había también un pobre llamado Lázaro, que estaba lleno de llagas y se sentaba en el suelo a la puerta del rico. Este pobre quería llenarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas. Un día el pobre murió, y los ángeles lo llevaron a sentarse a comer al lado de Abraham. El rico también murió, y fue enterrado.

Y mientras el rico sufría en el lugar a donde van los muertos, levantó los ojos y vió de lejos a Abraham, y a Lázaro sentado a su lado. Entonces gritó: ¡Padre Abraham, ten lástima de mí! Manda a Lázaro que moje la punta de su dedo en agua y venga a refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo mucho en este fuego. Pero Abraham le contestó: "Hijo, acuérdate que en vida tú recibiste tu parte de bienes, y Lázaro su parte de males. Ahora él recibe consuelo aquí, y tú sufres. Aparte de esto, hay un gran abismo entre nosotros y ustedes; de modo que los que quieren pasar de aquí allá, no pueden, ni de allá tampoco pueden pasar aquí.

El rico dijo: "Te suplico entonces, Padre Abraham, que mandes a Lázaro a la casa de mi Padre, donde tengo cinco hermanos, para que les llame la atención, y así no vengan ellos también a este lugar de tormento." Abraham dijo: "Ellos ya tienen lo escrito por Moisés y los profetas: ¡que les hagan caso!" El rico contestó: " Padre Abraham, eso no basta; pero si un muerto resucita y se les aparece, ellos se convertirán". Pero Abraham le dijo: "Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán aunque algún muerto resucite."

En la Semana 26ª del Tiempo Ordinario, la Liturgia nos invita a reflexionar sobre el tamaño o nivel de sensibilidad y cercanía efectiva que tenemos con las personas y pueblos que padecen necesidades. La conocida parábola del “rico opulento” (Lucas 16,19-31), expresa de forma tan sencilla como cruda, que “la distancia que nos separa del pobre es la misma que nos separa de la felicidad”.

Desentrañando la parábola del rico opulento, podemos captar lo que el evangelista quiere que evitemos de cara a nuestra salvación: 1º) la ceguera y sordera ante la realidad; 2º) la insensibilidad de quien vive en la abundancia; 3º) la mezquindad y egoísmo que imposibilita el encuentro fecundo; 4º) la amargura y soledad fruto de la indolencia ante el mal ajeno. Todos estos aspectos son los que terminan construyendo abismos infranqueables (Lc. 16,26). Es decir, situaciones infernales.

Una pésima interpretación de este evangelio sería afirmar que “el pobre será feliz en el cielo”. Para Lucas, el Rico opulento y Lázaro, son las dos caras de una misma realidad: el exceso de bienes de unos es la causa del exceso de males que otros padecen. Podemos encontrar miles de excusas ante el mal o pobreza de las personas que nos rodean. Sin embargo, sigue en pie el paradigma de Jesús: “la salud y bienestar del pobre e indefenso, es camino obligado para mi salvación”.

El evangelista no se conforma con poner sobre el tapete las consecuencias morales de una vida en la opulencia, que elude o se desentiende del dolor o necesidad del otro, sino que avanza hasta poner la situación del pobre en el mismo terreno de Dios. Es nuestro Padre del cielo el que sale en su defensa. Lo que hagamos a favor o en contra del pobre, lo hacemos a Dios. Eso significa Lázaro (forma abreviada de Eleazar): “Dios en persona me ayuda”.

Para Jesús y para nuestra fe, Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres. No nos toca a nosotros juzgar a nadie. Al contrario, la parábola del “rico opulento” nos ayuda a detectar la insensibilidad en la que vamos cayendo poco a poco, casi sin darnos cuenta, para cambiarla, transformándola en compasión.

De este mismo evangelio se desprende la ruta que franquea las situaciones infernales. Porque quien se muestra hermano del necesitado, del pobre: no sucumbirá a la oscuridad, su luz iluminará toda tiniebla; no lo envolverá la insensibilidad, su misericordia limpiará todo desamor; no quedará atrapado en la mezquindad o egoísmo, su solidaridad lo librará de la muerte; no se hundirá en la soledad ni la amargura, su generosidad le alcanzará la comunión.

Podemos terminar con el texto siguiente:

NO HAY PORQUE ESPERAR MÁS TIEMPO

No hay más tiempo que esperar, si el que pide a tu puerta clama y grita de necesidad. Ni te ocultes ante el que padece desgracias por falta de solidaridad. Nunca cierres la puerta al mendigo, al hambriento o desvalido, porque en ellos comienza, y para siempre, a despertar el amor que hace tiempo habías perdido.

Mantén tu mirada atenta, al que pide, al que busca, al que llama, porque la vida sólo va, nunca regresa, y así sentirás la dicha excelsa de una entrega y un servicio que se curte en la entereza. Estrecha tu mano al que sufre, al dolorido, al indefenso, recuerda que la gracia es gracia, cuando acoge, cuando alivia, cuando sana, cuando devuelve la vida a los muertos.

(CEP- Gustavo Albarrán)

domingo, 19 de septiembre de 2010

El Papa presenta el ejemplo de John Henry Newman

La vida del cardenal John Henry Newman (1801-1890) muestra que "la pasión por la verdad, la honestidad intelectual y la auténtica conversión son costosas", dijo en la noche de este sábado el Papa Benedicto XVI durante la vigilia de oración por la beatificación de ese purpurado británico. El acto de oración que tuvo lugar en el Hyde Park, ubicado en el sector Westminster, en pleno corazón Londres, reunió a 80 mil personas, en buena parte jóvenes.

Tras la lectura de las Bienaventuranzas, Benedicto XVI en su homilía compartió con los asistentes la influencia que Newman ha ejercido en su vida y su pensamiento: este anglicano que pasó a formar parte de la Iglesia católica "nos invita a examinar nuestras vidas, para verlas en el amplio horizonte del plan de Dios y crecer en comunión con la Iglesia de todo tiempo y lugar".

El Papa destacó la lucha constante que afrontó el venerable siervo de Dios contra la tendencia de reducir la fe a la esfera privada y a una percepción meramente subjetiva. Una lucha que ofrece grandes enseñanzas para el tiempo presente, "cuando un relativismo intelectual y moral amenaza con minar la base misma de nuestra sociedad".
Newman, siguió diciendo, recuerda que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, tiene un llamado especial: "conocer la verdad, y encontrar en esta verdad nuestra libertad última y el cumplimiento de nuestras aspiraciones humanas más profundas".

"No podemos guardar para nosotros mismos la verdad que nos hace libres", exhortó el Papa, quien dijo que a ejemplo de Newman "hay que dar testimonio de ella", porque la verdad "pide ser escuchada". De hecho, el poder de convicción que tiene la verdad "proviene de sí misma y no de la elocuencia humana o de los argumentos que la expongan".

Señaló que "el precio que hay que pagar por la fidelidad al Evangelio ya no es ser ahorcado, descoyuntado y descuartizado", no obstante, quienes proclaman la fe con fidelidad en los tiempos actuales, no pocas veces deben pagar otro precio: "ser excluido, ridiculizado o parodiado". Pero advirtió que no por eso la Iglesia "puede sustraerse a la misión de anunciar a Cristo y su Evangelio como verdad salvadora, fuente de nuestra felicidad definitiva como individuos y fundamento de una sociedad justa y humana".

Benedicto XVI invitó a los presentes a vivir con coherencia su fe, a ejemplo de Newman, pues la verdad se transmite "no sólo por la enseñanza formal", sino sobre todo "por el testimonio de una vida íntegra, fiel y santa". Asimismo, el señaló que ante la crisis de fe de la sociedad actual, los cristianos no pueden "permitirse el lujo de continuar como si no pasara nada".

Advirtió que tampoco está bien confiar solamente "en que el patrimonio de valores transmitido durante siglos de cristianismo seguirá inspirando y configurando el futuro de nuestra sociedad". "Sabemos que en tiempos de crisis y turbación Dios ha suscitado grandes santos y profetas para la renovación de la Iglesia y la sociedad cristiana", recordó el Papa. "Confiamos en su providencia y pedimos que nos guíe constantemente".

viernes, 17 de septiembre de 2010

La fidelidad de lo pequeño

Evangelio del domingo XXV del tiempo ordinario (Lucas 16,1-13)

Jesús contó también esto a sus discípulos: "Había un hombre rico que tenía un mayordomo; y fueron a decirle que este le estaba malgastando sus bienes. El amo lo llamó y le dijo: ¿Qué es esto que me dicen de tí? Dame cuenta de tu trabajo, porque ya no puedes seguir siendo mi mayordomo. El mayordomo se puso a pensar: ¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me deja sin trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra, y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener quienes me reciban en sus casas cuando me quede sin trabajo. Llamó entonces uno por uno a los que le debían algo a su amo. Al primero le preguntó: ¿Cuánto le debes a mi amo? Le contestó: Le debo cien barriles de aceite. El mayordomo le dijo: Aquí está tu vale; siéntate en seguida y haz otro por cincuenta solamente. Después preguntó a otro: Y tú, ¿cuánto le debes? Este le contestó: cien medidas de trigo. Le dijo: Aquí está tu vale; haz otro por ochenta solamente. El amo reconoció que el mal mayordomo había sido listo en su manera de hacer las cosas. Y es que cuando se trata de sus propios negocios, los que pertenecen al mundo son más listos que los que pertenecen a la luz. 

Les aconsejo que usen las falsas riquezas de este mundo para ganarse amigos, para que cuando las riquezas se acaben, haya quien los reciba a ustedes en las viviendas eternas.

El que se porta honradamente en lo poco, también se porta honradamente en lo mucho; y el que no tiene honradez en lo poco, tampoco la tiene en lo mucho. De manera que, si con las falsas riquezas de este mundo ustedes no se portan honradamente, ¿quién les confiará las verdaderas riquezas? Y si no se portan honradamente con lo ajeno, ¿quién les dará lo que les pertenece?

Ningún sirviente puede servir a dos amos; porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y a las riquezas."

Aparentemente Jesús ensalza la habilidad de un administrador infiel. Pero hay que ser cautos y afinar en aquello que viene ensalzado: no es la infidelidad, la corrupción, sino la habilidad, la astucia de aquel administrador avispado. El que es fiel en lo poco, lo será también en lo mucho. Que viene a decir: todo aquello que te gustaría cambiar de un mundo demasiado cruel, empieza por cambiarlo en tu propia casa, en tu corazón.

Y en verdad, ¿quién no se ha quejado alguna vez de cómo va nuestro mundo a tantos niveles? La política, la economía, la paz, la justicia, la familia, los ancianos, los jóvenes, y un largo etcétera en donde ponemos contra las cuerdas a nuestra sociedad bastante inmoralizada y desmoralizada. En todo lo cual no falta razón: se ha perdido el rumbo de muchas cosas, se han abandonado impunemente muchos principios básicos, se han destruido tantos valores que no eran negociables, se ha deshumanizado tanto nuestra humanidad.

Pero caben dos salidas: caer tanto en pesimismos deprimentes (todo es malo, "y cualquier tiempo pasado fue mejor" que decía el poeta en su elegía) como en optimismos irresponsables (lo importante es cambiar, arrasar, que no quede nada de lo anterior), o más bien, tener una mirada serena sobre el mundo, sobre la vida, sobre el dolor, sobre el amor, sobre tantas cosas que no van, y empezar a arreglarlas en uno mismo. El mundo nuevo, la tierra nueva, empieza por mi casa, por mi propio corazón. Empecemos por lo poco, por lo pequeño, por lo cotidiano, por lo nuestro. No es el gobierno de turno, ni los organismos mundiales de vanguardia, ni el vaticano, ni los banqueros, ni los periodistas, ni los sindicatos... quienes tienen que dar el pistoletazo de salida. El mundo nuevo empieza más cerca de mí, en mis actitudes, en mis opciones, en mi modo de escuchar, de atender, de proponer, de vivir.

La llamada de Jesús es clara: no podemos tener dos patrones, dos amos. O nos adherimos al diseño de Dios, a su proyecto de humanidad, de civilización del Amor, o nos apuntamos a la barbarie en la que termina siempre toda pretensión que censura algún aspecto del corazón del hombre. Sin Dios, sin este "amo" tan especial que nos hace libres, es muy difícil hacer un mundo que sepa a justicia, a limpieza, a paz, a respeto, a libertad, a felicidad. Metamos al Señor en nuestras cosas y en nuestras casas, sin fanatismos pero sin complejos. Porque sólo quien ama de verdad a Dios llega a no despreciar al hombre hermano.
 
Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm