jueves, 8 de septiembre de 2011
Aprender a perdonar, perdonando
Comentario al Evangelio del Domingo XXIV Ordinario – Ciclo A (Mateo 18, 21-35):
>Entonces se acercó Pedro y le preguntó:
-Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle? ¿Hasta siete veces?
Le contesta Jesús:
-No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el reino de los cielos se parece a un rey que decidió ajustar cuentas con sus sirvientes. Ni bien comenzó, le presentaron uno que le adeudaba diez mil monedas de oro. Como no tenía con qué pagar, mandó el rey que vendieran a su mujer, sus hijos y todas sus posesiones para pagar la deuda. El sirviente se arrodilló ante él suplicándole: ¡Ten paciencia conmigo que todo te lo pagaré! Compadecido de aquel sirviente, el rey lo dejó ir y le perdonó la deuda.
Al salir, aquel sirviente tropezó con un compañero que le debía cien monedas. Lo agarró del cuello y mientras lo ahogaba le decía: ¿Págame lo que me debes! Cayendo a sus pies, el compañero le suplicaba: ¿Ten paciencia conmigo y te lo pagaré! Pero el otro se negó y lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda.
Al ver lo sucedido, los otros sirvientes se sintieron muy mal y fueron a contarle al rey todo lo sucedido. Entonces el rey lo llamó y le dijo: ¡Sirviente malvado, toda aquella deuda te la perdoné porque me lo suplicaste! ¿No tenías tú que tener compasión de tu compañero como yo la tuve de ti? E indignado, el rey lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
El Papa Juan Pablo II nos dice: “En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: « Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen »” (Lc 23, 34). (Mensaje mundial de la paz 1 de enero de 2002)
Se trata pues de una decisión personal que debemos cultivar en nuestra vida doméstica primeramente. En efecto, en el ámbito restringido de la familia, donde los contactos humanos son más frecuentes y más intensos, es donde especialmente debemos perdonar las ofensas recibidas. Que no se ponga el sol sobre un hogar cristiano, sin que una palabra de perdón venga a suavizar y a borrar los malentendidos y los malos momentos de alguno de los miembros. Perdón entre los esposos. Perdón entre padres e hijos. Perdón entre hermanos.
¡Qué hermoso y qué bello es vivir los hermanos en la unidad!, recita el salmo 133. Esto exige dos actitudes: saber pedir perdón cuando se ofende a alguien, especialmente a alguien querido; y saber ofrecer perdón, sin humillar, a quien se arrepiente y lo solicita. El cristiano que no es capaz de esta doble actitud, aún no llega al pleno conocimiento de Cristo y de su propia vocación.
El perdón puede y debe aplicarse también en el ámbito social y profesional. Debe aplicarse en las relaciones sociales, en los grupos de amigos y en el círculo familiar ampliado. ¡Cuántas penas se podrían evitar si el perdón fuera un hábito en nuestro comportamiento! El perdón tiene también unas razones humanas: cuando uno comete el mal, desea que los otros sean indulgentes con él.
Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso. (Cf. Juan Pablo II, Mensaje por la paz 2002)
Quienes mejor nos hablan del perdón son los mártires. Ellos sufren a manos de sus verdugos, sin embargo, no permiten que la más mínima apariencia de rencor se anide en su alma. Así, san Esteban pide a Dios que perdone el pecado de aquellos que lo están apedreando. Miles de sacerdotes internados en Dachau, en Viet-Nam, en Tirana, en Lituania etc... dieron sus vida por la conversión de sus verdugos. Esto es vida cristiana. El perdón en el mártir autentifica su amor.
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Autor: P. Octavio Ortíz
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miércoles, 31 de agosto de 2011
Esfuerzos de aproximación entre católicos y luteranos
“La Iglesia católica y la Federación Luterana Mundial preparan una declaración común sobre la Reforma de cara al quinto centenario de la publicación de las 95 tesis de Lutero en 2017”, destacó Radio Vaticano este lunes. El Papa ha querido dar una dimensión ecuménica a su próximo viaje a Alemania. El presidente del dicasterio romano para la promoción de la unidad de los cristianos, el cardenal Kurt Koch, anunció la noticia en una entrevista concedida a la agencia católica alemana KNA.
El texto “debería analizar la Reforma a la luz de los 2000 años del cristianismo”, destaca Radio Vaticano, que añade que “la conmemoración común de este aniversario podría ser la ocasión de un mea culpa recíproco. Para el cardenal Koch, es necesaria “una purificación común de la memoria”.
Durante su viaje a Alemania, del 22 al 25 de septiembre, Benedicto XVI visitará Erfurt, donde Lutero realizó una parte de sus estudios. El cardenal Koch reveló que ha sido el mismo Papa quien ha querido que su viaje tenga una fuerte dimensión ecuménica.
El tercer viaje de Benedicto XVI a su país natal tiene como lema Donde hay Dios, allí hay futuro, e incluirá también visitas a Berlín, a Etzelsbach y a Friburgo. La canciller alemana Angela Merkel, hija de un pastor protestante, destacó por su parte que el viaje de Benedicto XVI anima a “la convergencia y la solidaridad entre los cristianos y la sociedad actual”.
Intensa preparación. Precisamente para preparar su viaje a Alemania, el Papa mantuvo el 13 de agosto un encuentro de más de tres horas con una delegación oficial del episcopado alemán formada por el arzobispo de Munich y Freising, el cardenal Reinhard Marx; el presidente de la conferencia episcopal, monseñor Robert Zöllitsch; y los obispos de Osnabrück y de Essen, monseñores Franz-Josef Hermann Bode y Franz-Josef Overbeck, respectivamente.
La entrevista se desarrolló “en un profundo espíritu de fraternidad”, según Radio Vaticano. Se alargó con una comida compartida, de manera que los intercambios duraron en total “más de tres horas”. En un comunicado publicado con motivo de este encuentro, los obispos alemanes explicaron que informaron a Benedicto XVI del proceso de diálogo nacional establecido por la Iglesia en Alemania.
Los obispos han invitado a unos 300 católicos, laicos y religiosos, a reflexionar juntos durante los próximos cuatro años sobre la fe y el futuro de la Iglesia católica. Este proceso de diálogo fue propuesto durante la asamblea plenaria de otoño de 2010 y la primera edición se desarrolló los días 8 y 9 de julio en Mannheim.
El Papa se mostró muy interesado por este proceso que podría, en su opinión, dar un impulso importante para el futuro de la Iglesia. Benedicto XVI destacó que este diálogo es un camino espiritual de renovación y animó a los obispos alemanes a continuar por este camino. Además, el Papa subrayó el vínculo que debería establecerse con el 50º aniversario del Concilio Vaticano II.
Programa. El Papa comenzará su viaje el 22 de septiembre en la capital alemana. Tras la ceremonia de bienvenida en el Castillo de Bellevue, y los encuentros con el presidente Christian Wulff y la canciller Angela Merkel, pronunciará un esperado discurso en el Parlamento del Reichstag. Después, se encontrará con la comunidad judía en una sala del Reichstag, y celebrará la Misa en el Olympiastadion de Berlín.
El viernes 23 por la mañana, el Papa se encontrará con representantes de la comunidad musulmana. Después se trasladará a Erfurt, en Turingia, a los lugares donde vivió Lutero. Tras la visita a la catedral de Santa María, mantendrá un encuentro con los representantes del Consejo de la Iglesia evangélica; después, participará en una celebración ecuménica en la Iglesia del convento de los agustinos de Erfurt. Por la tarde, el Papa acudirá al santuario de la Virgen de Etzelsbach, donde presidirá las Vísperas marianas en la Wallfahrtskapelle. Por la noche volverá a Erfurt.
El sábado 24 de septiembre, a las 9,00, presidirá la Misa en la Domplatz de Erfurt. Por la tarde se trasladará a Friburgo, al Baden-Württemberg: aquí, tras la visita a la catedral y el saludo a los ciudadanos, se encontrará con el ex-canciller Helmut Kohl. Después mantendrá tres encuentros: con los representantes de las Iglesias ortodoxas, con los seminaristas y con el Consejo del comité central de los católicos alemanes. Por la noche, participará en una vigilia con los jóvenes en la Feria de Friburgo.
El domingo 25 de septiembre, el Papa presidirá la Misa y el Ángelus en el Aeropuerto turístico de Friburgo. Después de almorzar con los miembros de la Conferencia episcopal alemana, mantendrá un encuentro con los jueces del Tribunal Constitucional federal y con los católicos comprometidos en la Iglesia y en la sociedad. A las 18,45 tendrá lugar la ceremonia de despedida en el aeropuerto de Lahr y la vuelta a CastelGandolfo por la noche.
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“Si tu hermano te hace algo malo (...)”
Comentario al Evangelio del Domingo XXIII Ordinario – Ciclo A (Mateo 18, 15-20):
Si tu hermano te ofende, ve y corrígelo, tú y él a solas. Si te escucha has ganado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de uno o dos, para que el asunto se resuelva por dos o tres testigos. Si no les hace caso, informa a la comunidad. Y si no hace caso a la comunidad considéralo un pagano o un recaudador de impuestos. Les aseguro que lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo.
Les digo también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, mi Padre del cielo se la concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy allí, en medio de ellos.
Había una señora a la que le tenían mucha envidia. Casi todos los días, cuando salía a la puerta de su casa para barrer, encontraba estiércol que las vecinas le dejaban en señal de desprecio. La señora no protestaba nunca. Hasta que un buen día, sabiendo que sus vecinas eran las que le dejaban porquerías delante de su puerta todas las noches, decidió colocar un arreglo floral delante de la puerta de cada una de ellas. En cada uno de los arreglos, las vecinas encontraron un letrero que decía: “Cada uno da de lo que tiene”.
El Evangelio propone, en distintos momentos, formas diferentes de responder a las ofensas y daños que los otros nos hacen. La más conocida es la invitación de Jesús que dice: “Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra. Si alguien te demanda y te quiere quitar la camisa, déjale que se lleve también tu capa. Si te obligan a llevar carga una milla, llévala dos” (Mateo 5, 39-41).
En otra momento, cuando Jesús respondió a una de las preguntas del interrogatorio del sumo sacerdote, “uno de los guardianes del templo le dio una bofetada, diciéndole: ¿Así contestas al sumo sacerdote?” Esta vez Jesús no ofreció la otra mejilla... Sencillamente le preguntó al agresor: “Si he dicho algo malo, dime en qué ha consistido; y si lo que he dicho está bien, ¿por qué me pegas?” (Juan 18, 22-23). Otras veces Jesús sencillamente guardó silencio ante la agresión y la violencia que otros ejercieron contra él, como queda patente en todo el proceso de la Pasión.
Este domingo el Evangelio nos presenta otra alternativa para responder al mal que los otros nos pueden causar: “Si tu hermano te hace algo malo, habla con él a solas y hazle reconocer su falta. Si te hace caso, ya has ganado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a una o dos personas más, para que toda acusación se base en el testimonio de dos o tres testigos. Si tampoco les hace caso a ellos, díselo a la congregación; y si tampoco hace caso a la congregación, entonces habrás de considerarlo como un pagano o como uno de esos que cobran impuestos para Roma”.
Se trata de todo un plan de acción ante las agresiones que podemos sufrir. La invitación es a conversar con el que nos hace daño y tratar de ayudarlo a caer en la cuenta de su error; si no hiciera caso a nuestro reclamo, Jesús invita a buscar a otros que apoyen nuestra solicitud de cambio... Y si esto tampoco tuviera efecto positivo, pues habría que comentarlo con toda la comunidad. Pero queda aún una última alternativa: “habrás de considerarlo como un pagano o como uno de esos que cobran impuestos para Roma”.
A simple vista, esto podría significar desprecio, rechazo total, renuncia a buscar su transformación; sin embargo, el modo como Jesús trató a los ‘paganos’ y a los ‘publicanos’, hace pensar que la invitación es a tener con ellos una paciencia aún mayor y una delicadeza extrema. ¿Cuál nuestra actitud ante las ofensas o daños que recibimos de los demás? ¿De verdad nos hemos dejado impregnar por las actitudes de Jesús? Tal vez la creatividad de la señora de la historia con la que comenzamos pueda ayudarnos a buscar alternativas más evangélicas ante el dolor que los otros nos pueden causar.
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Hermann Rodríguez Osorio, S.J. Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
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miércoles, 24 de agosto de 2011
“¡Apártate de mi Satanás!”
Comentario al Evangelio del Domingo XXII Ordinario – Ciclo A (Mateo 16, 21-27):
A partir de entonces Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, padecer mucho por causa de los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte y al tercer día resucitar.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo:
-¡Dios no lo permita, Señor! No te sucederá tal cosa.
Él se volvió y dijo a Pedro:
-¡Retírate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas como los hombres, no como Dios.
Entonces Jesús dijo a los discípulos:
-El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda la vida por mi causa la conservará. ¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?, ¿qué precio pagará por su vida?
El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles. Entonces pagará a cada uno según su conducta. Les aseguro: Hay algunos de los que están aquí que no morirán antes de ver al Hijo del Hombre venir en su reino.
¿Quién no quiere realizarse como persona? ¿Quién no busca, por todos los medios, su plenitud? ¿Quién no aspira a ser feliz? El carbón o el estaño, el naranjo o la margarita, la vaca o el ciervo, no necesitan preocuparse por su realización; están programados para cumplir su meta. Si encuentran las condiciones necesarias, serán lo que tienen que ser y ya está...
Pero nosotros... Nosotros somos otro cuento… La realización no nos llega automáticamente, sino que tenemos que construirla paso a paso, escalón tras escalón. El camino de los hombres y las mujeres "se hace al andar", decía el poeta andaluz y cantaba el juglar catalán… no encontramos hecho el camino, lo tenemos que hacer.
Pero, ¿cuál es el camino que nos lleva a desplegar todas nuestras potencialidades? ¿Cómo llegar a ser auténticamente humanos? ¿Cómo llegar a ser plenamente felices? La familia, con muy buenas intenciones, pero no siempre de manera acertada, nos advierte sobre las ventajas y los peligros de una u otra opción profesional, matrimonial, existencial... Los amigos y amigas nos aconsejan, muchas veces de acuerdo a su propia experiencia, por dónde debemos seguir... La sociedad, a través de los medios de comunicación y la publicidad, nos señala senderos de plenitud y felicidad, que terminan siendo sólo realidad de novela o alegrías de cartón... Todos quieren ayudarnos a encontrar el secreto de la felicidad.
Sin embargo, a casi nadie se le ocurre decirnos que para encontrar la vida, tenemos que perderla. ¡Qué locura! ¡Cómo se te ocurre! ¡Estás loco! Como Pedro, cuando escuchó a Jesús diciendo que “tendría que ir a Jerusalén, y que los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley lo harían sufrir mucho”, nuestros seres queridos, nuestros amigos, la sociedad entera nos lleva aparte y nos reprende: “¡Dios no lo quiera (...)! ¡Esto no puede pasar!”
La reacción de Jesús es tal vez la expresión más fuerte que haya dirigido a ningún ser humano; a los fariseos los llamó “raza de víboras”; a los escribas les dijo “sepulcros blanqueados”; a Pedro le dice: “¡Apártate de mí Satanás, pues eres un tropiezo para mí! Tu no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres”. Poco antes Lo había llamado dichoso (...) porque esto no lo conociste por medios humanos, sino porque te lo reveló mi Padre que está en el cielo”.
El camino de la felicidad es el despojo de nosotros mismos y de nuestras seguridades: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida?”
¿En qué dirección va la búsqueda de nuestra plenitud? ¿Hacia dónde caminamos cuando aspiramos a realizarnos en la vida? ¿Dónde buscamos la felicidad? Este camino que nos señala el Señor es el único que nos podrá llevar al desarrollo pleno de todas nuestras potencialidades. A los otros planes y proyectos, habrá que decirles con sencillez, pero con decisión: “¡Apártate de mi Satanás!”
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Hermann Rodríguez Osorio, S.J. Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
lunes, 22 de agosto de 2011
Reglas para comunicar la fe
La comunicación de la fe es una cuestión antigua, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado portadora de un mensaje, mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada. Es una cuestión antigua, pero es también un tema de candente actualidad. Desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, los Papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la forma de comunicar la fe.
Con frecuencia, la comunicación de la fe se plantea en el contexto de la “nueva evangelización”. Me parece interesante preguntarse por la razón del adjetivo “nueva”, que se usa especialmente para referirse a la evangelización que tiene lugar en Europa. Por una parte, la evangelización es nueva porque se dirige a culturas que ya fueron evangelizadas en el pasado. Volvemos a relatar nuestra historia a alguien que ya la conoce, aunque en muchos lugares de antigua tradición cristiana, se ha “perdido la memoria” de las propias raíces. Se siguen usando palabras cuyo sentido se ha olvidado.
A este propósito, un colega me contó un caso de confusión en ámbito periodístico. Durante la retransmisión de una ceremonia pontificia, el locutor afirmó: "en este momento, el santo Padre se dispone a incinerar a los asistentes”. Lógicamente, quería decir incensar, pero confundió los términos. El cardenal Ratzinger, en el libro-entrevista “La sal de la tierra”, menciona la palabra “tabernáculo”: a muchos les resulta familiar, pero pocos conocen su significado. Esas personas tienen la vaga sensación de estar informadas y, por tanto, no perciben la necesidad de saber más. Ante ese escenario, Ratzinger concluye que la nueva evangelización comienza por suscitar una “nueva curiosidad”, fomentar la demanda antes de presentar la oferta, diríamos en términos comerciales.
La evangelización es novedosa también en otro sentido. Juan Pablo II lo resumía diciendo que la comunicación de la fe ha de ser nueva "en su ardor, en sus métodos, en su expresión". Aquí nos referiremos en particular a la novedad de los métodos. Al tratar estos temas es legítimo plantearse una pregunta preliminar: ¿Es posible comunicar la fe en un contexto plural, democrático, relativista y complejo? ¿Vale la pena esforzarse por difundir el mensaje cristiano en una sociedad que desconoce el léxico necesario para descifrarlo? ¿Puede llegar ese mensaje a culturas construidas desde otras bases, con otros paradigmas, que tienen su propia jerarquía de valores y su propia agenda de intereses?
Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública. Porque así como existen leyes universales de la Física o de la Química, se pueden identificar también leyes de la comunicación, que poseen casi el mismo carácter universal, aunque de otro orden.
Veamos primero los principios relativos al mensaje. Ante todo, el mensaje ha de ser positivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas. Juan Pablo II afirma en la encíclica “Familiaris consortio” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.
Un episodio puede ayudarnos a ilustrar esta idea. Benedicto XVI viajó a Valencia en junio de 2006, con motivo de la Jornada Mundial de la Familia. Durante sus intervenciones, no hizo referencias críticas a la legislación española sobre la familia, que era conocida por su discutible base antropológica. En realidad, el Papa disponía de pocos minutos, sólo dos homilías, dirigidas a una audiencia potencialmente universal. Si se hubiera limitado a exponer los puntos en los que la Iglesia discrepa del Gobierno español, no habría tenido tiempo de exponer todas las luces del Evangelio sobre la familia. No podía dedicar la mayor parte del tiempo a condenar; era preferible invertirlo en proponer. Ya llegaría el momento de denunciar esas leyes.
El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes... Para lograrlo, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo. Es posible que a veces no se comunique con el enfoque adecuado porque el mensajero no termina de percibir la fe en todo su valor positivo. Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”. La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos. Lo contrario de un enfoque positivo es una actitud reactiva, que modela la propia visión del mundo en función del paradigma que critica y no en función de una propuesta constructiva. Lo dice la expresión popular: “enciende una lumbre y deja de maldecir la oscuridad”.
En segundo lugar, el mensaje ha de serrelevante. Significativo para quien escucha, no solamente para quien habla. Al describir el coloquio de los ángeles entre sí, Tomás de Aquino afirma que hay dos tipos de comunicación: la locutio, un fluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan; y la illuminatio, que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta.
Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. No se trata de derrotar a nadie. En el caso del aborto, por ejemplo, el esfuerzo se encamina a intentar que quien hoy está a favor llegue por su propia convicción y con su propia libertad a la conclusión de que lo mejor que puede hacer en este mundo es defender la vida. El deseo de convencer sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas.
Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad, uno de los grandes obstáculos de la auténtica comunicación. Limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo. La comunicación no es principalmente lo que el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Sucede en todos los campos del saber (ciencia, tecnología, economía): para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje. También en materia religiosa conviene buscar palabras sencillas y argumentos claros, que no quiere decir banales.
En este sentido, habría que reivindicar el valor de la retórica, de la literatura, de las metáforas, del cine, de la publicidad, de las imágenes, de los símbolos, para transmitir el mensaje cristiano.
Me viene a la memoria la noticia de un informativo de la televisión que pude ver hace unos años. Un político italiano, cuyo partido estaba atravesando un mal momento, se vio acorralado por varios periodistas que le preguntaban micrófono en mano por la gravedad de la crisis. El político respondió con rapidez: “mi partido es como la torre de Pisa: siempre inclinada, nunca cae”. El poder de una buena metáfora. A veces, cuando la comunicación no funciona, se adopta una actitud equivocada y se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como ignorantes, incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.
La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente.
Aun a riesgo de parecer ingenuo, pienso que conviene desmarcarse de este planteamiento. La claridad no es incompatible con la amabilidad. No es sólo una cuestión de ética y de caridad. Existen también numerosas razones profesionales que confirman que la dialógica es preferible a la dialéctica.
Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano: quien era partidario antes de la discusión, lo seguirá siendo después; y quien era contrario raramente cambiará de postura. Recuerdo un cartel situado a la entrada de un “pub” cercano al Castillo de Windsor, en el Reino Unido. Decía, más o menos: En este local son bienvenidos los caballeros. Y un caballero lo es antes de beber cerveza y también después. Podríamos añadir: un caballero lo es cuando le dan la razón y cuando le llevan la contraria. En definitiva, el principio de la cortesía ayuda a evitar la trampa de la radicalidad y la violencia verbal.
El sociólogo Rodney Stark, dedicó un libro a la extensión del cristianismo en la época de la decadencia del Imperio Romano. Este autor se pregunta: ¿Por qué se abrió paso el cristianismo en aquella época? Se ha dicho que el derrumbamiento del Imperio dejó un vacío que el cristianismo vino a llenar. Stark propone otra explicación. En su opinión, el Imperio Romano había alcanzado increíbles cotas de cultura y de arte, pero a la vez era una sociedad dura y a veces incluso cruel con las personas. En ese ambiente, la Iglesia se extendió porque era una comunidad acogedora, donde era posible vivir una experiencia de amor y libertad. Los católicos trataban al prójimo con caridad, cuidaban de los niños, los pobres, los ancianos, los enfermos. Todo eso se convirtió en un irresistible imán de atracción.
La caridad es el contenido, el método y el estilo de la comunicación de la fe; la caridad convierte el mensaje cristiano en positivo, relevante y atractivo; proporciona credibilidad, empatía y amabilidad a las personas que comunican; y es la fuerza que permite actuar de forma paciente, integradora y abierta. Porque el mundo en que vivimos es también con demasiada frecuencia un mundo duro y frío, donde muchas personas se sienten excluidas y maltratadas y esperan algo de luz y de calor. En este mundo, el gran argumento de los católicos es la caridad. Gracias a la caridad, la evangelización es siempre y verdaderamente, nueva.
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Artículo escrito en “L'Osservatore Romano” por Juan Manuel Mora, vicerrector de la Universidad de Navarra.
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jueves, 18 de agosto de 2011
Los santuarios, espacios fecundos contra la secularización
Los santuarios todavía pueden contribuir eficazmente a frenar la secularización y a incrementar la práctica religiosa, convirtiéndose, cada vez más, en lugares de nueva evangelización. Es lo que se lee en una Carta circular, firmada por el cardenal Mauro Piacenza y por el arzobispo Celso Morga Iruzubieta, presidente y secretario de la Congregación para el Clero respectivamente, que ha sido dirigida, a través de los obispos, a los rectores de los santuarios de todo el mundo.
“En un clima de secularización difundida- se lee en el texto-, el santuario continúa representando, hoy en día, un lugar privilegiado en el que el hombre, peregrino en esta tierra, experimenta la presencia amorosa y salvífica de Dios”. En el santuario, escribe la Congregación para el Clero, se “encuentra un espacio fecundo, lejano de los asuntos cotidianos, donde poderse recoger y recibir vigor espiritual para retomar el camino de fe con mayor ardor y buscar, encontrar y amar a Cristo en la vida ordinaria, en medio del mundo”.
Además, se lee, “la piedad popular es de gran importancia para la fe, la cultura y la identidad cristiana de muchos pueblos". "Esta es la expresión de la fe de un pueblo, verdadero tesoro del pueblo de Dios en la Iglesia y por la Iglesia: para entenderlo, basta imaginar la pobreza que resultaría para la historia de la espiritualidad cristiana de Occidente la ausencia del Rosario o del Vía Crucis, o de las procesiones. Son sólo ejemplos, pero suficientemente evidentes para destacar su condición imprescindible”.
Esta es la razón por la que se afirma que los responsables de la pastoral en los santuarios tienen el deber de “instruir a los peregrinos sobre el carácter absolutamente preeminente que la celebración litúrgica debe asumir en la vida de todo creyente". "La práctica personal de formas de piedad popular no es obstaculizada o rechazada, sino que es favorecida, pero no puede sustituir la participación en el culto litúrgico”.
En la carta se insiste, además, en la confesión, porque “el santuario es también el lugar de la permanente actualización de la misericordia de Dios”. Para este propósito es necesario “favorecer, y donde sea posible, intensificar la presencia constante de sacerdotes que, con ánimo humilde y acogedor, se dediquen generosamente a la escucha de las confesiones sacramentales”. La carta destaca “el vínculo estrecho que liga la confesión sacramental a una existencia nueva, orientada a una decidida conversión”. Y señala como oportuno que estén “en lugares adecuados (por ejemplo, la capilla de la Reconciliación) que tengan confesionarios provistos de un red fija”.
En la carta se destaca la necesidad de potenciar “la formación de los confesores para el cuidado pastoral de quien no ha respetado la vida humana desde la concepción hasta su término natural”. Se pide que los sacerdotes “estén bien formados en la doctrina y no dejen de actualizarse periódicamente en cuestiones relativas al ámbito moral y bioético". También "que en el campo matrimonial respeten lo que con autoridad enseña el magisterio eclesial". Y "que eviten manifestar en la sede sacramental las doctrinas privadas, opiniones personales o valoraciones arbitrarias no conformes a lo que la Iglesia cree o enseña”.
En cuanto a las misas celebradas en los santuarios, la Congregación para el Clero recuerda la dignidad necesaria. En este sentido, destaca la importancia del canto gregoriano, polifónico o popular y de la selección adecuada de "los instrumentos musicales más nobles (órganos de tubos y similares) así como las vestiduras que visten los ministros junto con los ornamentos utilizados en la liturgia". "Un estilo de celebración que introduzca innovaciones litúrgicas arbitrarias, además de generar confusión y división entre los fieles, afectan a la venerada tradición y a la autoridad de la Iglesia además de la unidad eclesial”, señala.
Después de invitar a promover la adoración eucarística, la carta exhorta a dar “una notable importancia al sitio del tabernáculo en el santuario (o también una capilla destinada exclusivamente a la adoración del Santísimo), ya que es en sí mismo un "imán", invitación y estímulo a la oración, a la adoración, a la meditación, a la intimidad con el Señor”. Finalmente, continua la carta, “que los santuarios, en la fidelidad a su gloriosa tradición, no se olviden de su compromiso con las obras caritativas y con el servicio de asistencia, con la promoción humana, con la salvaguarda de los derechos de la persona, con el compromiso con la justicia, siguiendo la doctrina social de la Iglesia”.
En una entrevista a Radio Vaticano, el cardenal Mauro Piacenza explicó que “esta carta a los santuarios tiene, principalmente, el objetivo de insertarse en el movimiento de la nueva evangelización que une, un poco, a todos en la Iglesia”. “Se quiere concentrar la atención sobre estos lugares que Pablo VI llamaba 'las clínicas del espíritu' -añadió el purpurado-, porque en un periodo de vasta secularización, los santuarios tienen una misión más que nunca, porque quizás las personas que no frecuentan regularmente la Iglesia o que no la frecuentan en absoluto, al encontrarse en un viaje o de vacaciones, por un interés artístico o diversas razones deciden entrar en un santuario”.
“Entonces -explicó-, se podrían unificar de alguna manera todos estos elementos para propiciar el encuentro con el Señor, la revisión de la propia vida, a través de todos los elementos que el santuario lleva consigo”.
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